'La Sra. Lowry e hijo': el pintor ilustre y su madre castradora
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'La Sra. Lowry e hijo': el pintor ilustre y su madre castradora

La tercera película de Adrian Noble retrata al pintor —encarnado por Timothy Spall— cuando todavía era un artista ignorado

placeholder Foto: Timothy Spall y Vanessa Redgrave, en el 'biopic' del pintor L. S. Lowry. (Vercine)
Timothy Spall y Vanessa Redgrave, en el 'biopic' del pintor L. S. Lowry. (Vercine)

Laurence Stephen Lowry llegó a convertirse en uno de los pintores británicos más relevantes del siglo XX, pero el éxito se le resistió durante años. Especializado en paisajes urbanos e industriales, poseía un estilo primario y cercano al arte naíf que no encajaba con los modos y los gustos del ‘establishment’, y que inicialmente lo abocó al rechazo de la crítica. La tercera película de Adrian Noble retrata al pintor —encarnado por Timothy Spall— cuando todavía era un artista ignorado y despreciado, y en concreto se centra en su tormentosa relación con la persona que, para bien o para mal, más importancia tuvo en su vida y su psicología: Elizabeth (Vanessa Redgrave), su madre.

Tráiler de 'La Sra. Lowry e hijo'

La pareja lleva décadas instalada en un área humilde del norte de Inglaterra. En el pasado, Elizabeth era una mujer con posibles, que vivía en un barrio acomodado de Londres y tenía sueños de convertirse en pianista; pero perdió todo eso por culpa de las deudas en las que incurrió su difunto marido, el padre de L. S., y eso la ha llenado de un rencor y un resentimiento que proyecta sobre su hijo. El pintor se gana la vida como cobrador de alquileres, y se dedica a pintar de noche, forzando la vista, mientras la madre enferma yace en la cama. Él le prepara la cena, la acuesta, la peina, le sirve el té. Ella, a cambio, lo trata a patadas y lo humilla, haciéndole saber una y otra vez qué pueriles, vulgares y desagradables le parecen sus pinturas, y leyéndole con deleite las mordaces críticas que su arte recibe. Desde el principio, queda claro que esa asfixiante influencia fue una losa en la carrera de Lowry, y resulta fácil imaginar esa relación como base de un complejo estudio de personaje sobre la obsesión por crear en las circunstancias más adversas. La película no ofrece nada parecido a eso.

placeholder Spall, en un momento de la película. (Vercine)
Spall, en un momento de la película. (Vercine)

De cualquier ‘biopic’ centrado en un artista, y sobre todo en uno no especialmente célebre, es razonable esperar que justifique su propia existencia arrojando cierta luz tanto sobre el personaje como sobre su filosofía, y por eso resulta insólito el escaso interés que ‘La Sra. Lowry e hijo’ demuestra tener por su propio protagonista. Cierto que retratar en una película el proceso de creación artística no debe de ser fácil, pero Noble ni lo intenta; se limita a mostrárnoslo aplicando colores sobre el lienzo en un par de ocasiones, y pronunciando frases genéricas como “pinto lo que veo, pinto lo que siento”. En ningún momento explora, por ejemplo, qué le resultaba tan inspirador al pintor acerca tanto de las fábricas que lo rodeaban como del tipo de hombre corriente que su madre tanto despreciaba.

Lo único que parece importarle es capturar de forma inconfundiblemente teatral el constante flujo de miseria que circula por la habitación de la anciana, a través de una inacabable sucesión de conversaciones y discusiones en las que absolutamente todo queda verbalizado, y que se contentan con repetir la misma situación —ella se ensaña con él acusándolo de ser un perdedor carente de talento, él resiste en silencio— hasta que llega el inevitable clímax dramático. Y considerando que la tóxica dinámica no vehicula más que las más obvias observaciones sobre las relaciones entre padres e hijos y el conflicto entre los anhelos personales y las expectativas heredadas, el melodramatismo de la situación —subrayado por una banda sonora empeñada en informarnos de cómo debemos sentirnos en todo momento— llega a resultar sofocante.

placeholder Redgrave y Spall. (Vercine)
Redgrave y Spall. (Vercine)

Seguramente la película ofrezca un atractivo adicional a los fans del trabajo de Lowry, pero, para el resto de espectadores, el único motivo para sentarse frente a ella es la posibilidad de contemplar a sus dos actores principales. En todo caso, ¿qué sentido tiene emparejar a dos intérpretes tan probadamente capaces de proporcionar retratos humanos complejos y contradictorios con el único fin de que encarnen a personajes trazados de forma meramente esquemática? Redgrave, al menos, matiza la amargura de su personaje con destellos puntuales de simpatía, pero Spall permanece encorvado y con la mirada inyectada del elixir de la inspiración, pero también del veneno del tormento —el actor, recordemos, ya interpretó a un pintor británico, J.M.W. Turner, en el biopic ‘Mr. Turner’ (2014)—, y ni su lenguaje corporal ni las acartonadas palabras que el guionista Martyn Hesford pone en su boca nos proporcionan acceso suficiente a la hermética vida interior de Lowry. El andamiaje de su psicología, la recámara de sus emociones y los mecanismos de su inspiración permanecen tan insondables para nosotros como parece ser que lo eran para la arpía de su madre.

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