'Salvaje': Russell Crowe quiere partirte la cara
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'Salvaje': Russell Crowe quiere partirte la cara

Una película que empieza observando a un individuo que mata gente con un martillo no puede pretender usar luego a ese individuo como metáfora de nuestro tiempo

Foto: 'Salvaje'.
'Salvaje'.

Tanto dentro como fuera de la pantalla, Russell Crowe a menudo da la sensación de bullir por dentro o, para entendernos, de estar a punto de partirle a alguien la cara, y es en parte a causa de ello —y en parte por haber protagonizado públicamente algún que otro estallido de ira— que con el tiempo se ha ganado cierta fama de colérico. Y aunque en el pasado ha encarnado a personajes airados, y ha usado su imponencia física como instrumento dramático de amenaza o agresión, el que interpreta en su nueva película es el primero de sus papeles que se sustenta deliberadamente sobre esa reputación. De hecho, todo cuanto ‘Salvaje’ tiene que ofrecer es la posibilidad de contemplar cómo el actor y a su gigantesca barriga rompen cosas de forma espectacular. Su personaje es un hombre sin nombre sumido en un estado de rencor psicópata a causa de su divorcio —su mujer lo engañaba— que, al principio de la película, decide canalizar su ira hacia una madre soltera que le toca el claxon de forma poco ceremoniosa en medio del tráfico; durante el resto del metraje lo vemos tratando de convertir la vida de la mujer en un infierno, en parte matando a todos sus seres queridos, y así castigarla no solo a ella sino a todas las mujeres.

‘Salvaje’ inevitablemente trae a la mente tanto a ‘Carretera al infierno’ (1986) como al debut tras la cámara de Steven Spielberg, ‘El diablo sobre ruedas’ (1971), aunque a diferencia de esos títulos se muestra del todo incapaz de generar suspense. También se parece a ‘Un día de furia’ (1993), pero lo haría mucho más si su perturbado villano exhibiera un mínimo de humanidad creíble. Al final de la película el personaje aparece acreditado simplemente como ‘el hombre’, aunque sería más preciso describirlo como un martillo pilón hecho carne.

Tráiler de 'Salvaje'

Y, a decir verdad, mientras —y únicamente mientras— abraza la naturaleza ‘trash’ tanto de su argumento como de sus personajes y se centra en ser cine ‘exploitation’, ‘Salvaje’ tiene cierto sentido. Su problema es que es el tipo de película estúpida convencida de ser inteligente, y de tener grandes cosas que decir sobre la sociedad. Lo deja claro recién empezada, a través de una sucesión de imágenes de archivo de agresiones en la carretera que intenta señalar la violencia vial como una de las grandes lacras de nuestro tiempo, como el cambio climático o la desigualdad económica —o el covid—, y, a partir de entonces, el director Derrick Borte parece intentar convencernos de cómo el ritmo frenético de la vida moderna es capaz de empujar a la locura a los psicológicamente frágiles, y especialmente a aquellos intoxicados de egocentrismo masculino.

'Salvaje' es el tipo de película estúpida convencida de ser inteligente

Es un intento condenado al fracaso desde el principio mismo de la película por culpa de su primerísima secuencia, en la que vemos a El Hombre tragándose sus medicamentos y quitándose el anillo de bodas antes de entrar en la casa donde su exesposa vive con su nueva pareja, matarlos a ambos a martillazos y prender fuego al edificio. En primer lugar, gracias a semejante acto de brutalidad el personaje ya se nos presenta como una mala bestia, y por tanto ya no nos queda nada que descubrir sobre él; lo que sucede después no son más que variaciones del mismo tipo de fiereza animal, que al cabo de un rato resulta francamente tediosa. En segundo lugar, una película que empieza observando a un individuo que mata gente con un martillo no puede pretender usar luego a ese individuo como metáfora de nuestro tiempo.

En cualquier caso, lo peor de todo es que, aunque ‘Salvaje’ por un lado deja claros los problemas mentales de El Hombre, por el otro se deja seducir por sus actos. Borte no solo renuncia a explorar las implicaciones políticas del personaje, un tipo convencido de estar desvalido frente al sistema por el mero hecho de ser un hombre blanco —parte del trumpismo, después de todo, se basa en ese sentimiento—, sino que se esfuerza por sugerir que sus terribles actos podrían haberse evitado si la loca del claxon hubiera sido un poco más respetuosa y pedido perdón a tiempo.

A pesar de todo ello, Crowe está a punto de poner remedio a la película pese a que, decimos, pasar 90 minutos viéndolo sacar espuma por la boca o escupir parrafadas lloricas sobre su hombría herida puede llegar a cansar. El actor no solo luce de forma deslumbrante el aspecto propio de quien podría sufrir un infarto de miocardio en cualquier momento —la espesa capa de sudor, la cara roja e hinchada, los ojos llorosos, la barrigaza—, sino que hasta exhibe un visible deleite al sumergirse en la maldad y el odio incontenible de su personaje. No es razón suficiente para recomendar la película, pero sí un razonable consuelo por si alguien, por algún motivo, se ve en la obligación de verla.

Foto: 'Fragmentos de una mujer'.
Foto: 'Las mil y una'.
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