'Saint Maud': terror católico para celebrar la Navidad
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'Saint Maud': terror católico para celebrar la Navidad

El prometedor debut de Rose Glass traza la caída a los infiernos de una devota enfermera empeñada en salvar almas

Foto: 'Saint Maud'.
'Saint Maud'.

Estigmas, martirios de todo tipo, cadáveres incorruptos, reliquias, asunciones, dolorosas, apariciones, verónicas, la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo, nazarenos, resurrecciones, exvotos... Más que en cualquier otro culto religioso, en el imaginario católico la espiritualidad se revela y certifica a través de una fetichización de lo corpóreo y de las manifestaciones físicas del sufrimiento. Un territorio abonado para la práctica del llamado “body horror”, el subgénero en que el terror se expresa a través de la alteración violenta de los cuerpos. En este contexto se sitúa 'Saint Maud', el debut como directora de la británica Rose Glass, en que una joven enfermera, Maud (Morfydd Clark), recibe el encargo de cuidar de Amanda (Jennifer Ehle), una bailarina estadounidense retirada con una enfermedad terminal que se ha instalado en una localidad de la costa inglesa, Scarborough. Recién convertida al catolicismo por razones que iremos intuyendo a lo largo del metraje, la devota y tímida Maud establece una relación compleja con la descreída Amanda. Hasta que llega el momento en que se convence de que su misión no consiste tanto en cuidar del cuerpo de Amanda como en salvar su alma.

Resulta curioso comprobar cómo, en una película en que la iconografía católica (sumada a la estética visionaria de William Blake) cobra especial relevancia, los primeros referentes de Rose Glass que saltan a la vista son Paul Schrader e Ingmar Bergman, dos directores que llevaron a cabo un corpus de cine espiritual sin recurrir en muchos casos a las vestiduras de la religión. Como tantos personajes en la obra del guionista de 'Taxi Driver' (1976), Maud es una alma perdida que emprende una bajada a los infiernos en su intento de recuperar la gracia. En el tramo central de la película, se explicita la conexión con el film de Martin Scorsese escrito por Schrader cuando, en sus paseos nocturnos por Scarborough, la experiencia de Maud se acerca a la de Travis Bickle moviéndose por una Nueva York que siente como una ciudad hostil y pecadora. Y el vínculo entre Maud y Amanda remite de forma inevitable al de las dos protagonistas de 'Persona' (1966) de Bergman en su naturaleza de dependencia sadomasoquista y en esa pulsión erótica que palpita bajo la intimidad de los cuidados y de la fascinación mutua entre estas dos mujeres tan diferentes.

Tráiler de 'Saint Maud'.

'Saint Maud' brilla con fuerza en esta primera parte en que desarrolla a fuego lento y con un estimable control de los recursos narrativos una relación donde la conciencia sobre el propio cuerpo de las dos protagonistas cobra una especial significación. Al fin y al cabo, Amanda es una bailarina retirada por circunstancias ajenas a su voluntad. Una mujer que había convertido en arte su propia expresión física y ahora contempla cómo es también su cuerpo el que ha decidido traicionarla. Una extraordinaria Jennifer Ehle modula los matices psicológicos de este personaje que se mueve entre la amargura de quien se ha visto expulsada del Olimpo de la vida antes de tiempo y las ansias de abrazar hasta el último destello posible de goce, también del sexual. Maud, una no menos admirable Morfydd Clark, en cambio se ha entregado a una pulsión mística por la que parece canalizar su libido: ella se comunica con Dios desde una entrega cuasi orgásmica. Y, a pesar de todo, entre Maud y Amanda nace un lazo que tiene mucho que ver con la proximidad de los cuerpos, la intimidad de los cuidados y la sensualidad de los gestos.

'Saint Maud' brilla con fuerza en una primera parte que se desarrolla a fuego lento

El análisis de la representación de la mujer en el cine ha estado monopolizada por una hermenéutica de lo visual: la identidad femenina vendría condicionada ante todo por cómo una mujer se muestra al mundo, por la manera en que se adapta a complacer la mirada masculina y cómo interioriza esa conciencia de ser mirada. En una película como 'Saint Maud', en que entran en comunión dos géneros ligados al exceso corporal como el melodrama y el 'body horror', resulta patente cómo existe también una representación de la identidad de las mujeres a través de una experiencia más táctil y física, que no visual, del propio cuerpo y del ajeno. Cuando la posible sintonía entre Amanda y Maud se frustra, porque al fin y al cabo ambas buscan satisfacciones diferentes una de la otra, la joven enfermera entra en una espiral de autoinflicción del dolor como forma de purgar su alma e intentar salvar la de Amanada. “Nunca malgastes tu sufrimiento” proclama una protagonista que arrastra su propio rosario de penas y traumas mal gestionados. Y así, Maud acaba convencida de que su misión entre tanta podredumbre moral consiste en salvar, aunque sea por las malas, a la esquiva Amanda.

En su tramo final, 'Saint Maud' discurre por un camino un tanto previsible, o al menos mucho menos sorprendente de lo que se empeña en anunciar la prensa británica, menos acostumbrada, supongo, a la exploración del lado oscuro del imaginario católico. También es inevitable plantearse por qué grandes debuts por parte de directoras como este y 'Beginning' (2020) de Dea Kulumbegashvili, no consiguen finalmente trascender o al menos cuestionar el estereotipo de la mujer religiosa como personaje doblemente alienado que acaba cometiendo actos terribles. Eso sí, en un film repleto de un dolor físico que traduce un calvario interior, Rose Glass se reserva para el final el plano más acongojante, esa imagen 'shock' fugaz pero certera, ese destello de lucidez que pone en evidencia la escisión en la mente de la protagonista y las ya inevitables consecuencias que le ha acarreado.

Foto: 'Soul'.
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