ESTRENOS DE CINE

'Blanco en blanco': un western gélido, jóvenes sexualizadas y exterminio

Un 'neo western' ambientado en el siglo XIX cuyo protagonista llega a una casa a retratar a la futura esposa de un latifundista y acaba arrastrado hacia la degradación absoluta

Foto: Esther Vega Pérez Torres es Sara, la obsesión del protagonista de 'Blanco en blanco'. (Elamedia)
Esther Vega Pérez Torres es Sara, la obsesión del protagonista de 'Blanco en blanco'. (Elamedia)

Desde el momento en el que la cámara de Théo Court se adentra en la casa de 'Blanco en blanco', la existencia de una presencia asfixiante e inquietante se hace presente. La suntuosidad de los materiales y del mobiliario se desdibuja bajo una oscuridad impuesta. La madera del suelo suena casi furtiva. Y el vacío, casi lastimero, se hace grande gracias a un trabajo de sonido que encapsula la desazón detrás de las apariencias. Lo que allí se encuentra el fotógrafo protagonista, Pedro, (Alfredo Castro, grande del cine chileno y actor habitual del cine de Pablo Larraín) es una mansión lujosa en la estepa nevada de Tierra de Fuego tan fría por dentro como por fuera. El retratista ha recibido el encargo de fotografiar a la futura esposa del dueño de la casa, un rico latifundista, y, cuando se prepara para tomar la imagen descubre que la novia (Esther Vega Pérez Torres) es todavía una niña. Una menor a la que hace posar en posturas seductoras y sensuales.

Para su segundo largometraje, Court ha reconstruido los confines del Chile decimonónico, y lo ha hecho con una estética pegada al Romanticismo de Friedrich, con unos interiores oscuros y azulados que contrastan con el blanco deslavado y desdibujado, como revelado tras un velo fantasmagórico. Una propuesta fotográfica a cargo de José Ángel Alayón (el genio detrás de la luz de 'La ciudad oculta', 2018) tan arriesgada como elegante: cada uno de los cuadros responde a un trabajo de luz y una composición trabajada a conciencia, con atención al detalle y más centrada en lo que se esconde que en lo que se muestra.

Alfredo Castro es el retratista protagonista de 'Blanco en blanco'. (Elamedia)
Alfredo Castro es el retratista protagonista de 'Blanco en blanco'. (Elamedia)

El susurro del viento, el sonido turbador de un violín irritado. Durante la mayor parte de la película, el ojo del espectador busca las formas, los movimientos, en una penumbra solo rota por algún candil o alguna antorcha. La presencia inquietante no se acaba de materializar en la figura del dueño de la casa, el señor Porter, "que siempre está ocupado, cuidando de sus otros negocios". La imagen de Porter se va construyendo a través de los intermediarios, en particular de uno de sus trabajadores (Lars Rudolph). "Mr Porter es todo esto que hay aquí", lo define.

El director chileno dilata el tiempo, llena el sonido de ruido blanco, lo ensucia, y desatura los colores para diseñar el estado mental de un film en el que la perversión y la degradación humana crecen lentamente hasta llenarlo todo. La ambigüedad y el misterio dejan paso al crimen desnudo. Establos, llanuras panorámicas, armas de fuego, naturaleza violenta: 'Blanco en blanco' es un 'neowestern' de latitud sureña, con personajes parcos en palabras que viven hacia dentro y, hacia fuera se comunican solo a través de la sangre. La sangre del himen, la sangre del indígena, la sangre de la tierra.

Otro momento del segundo film de Théo Court. (Elamedia)
Otro momento del segundo film de Théo Court. (Elamedia)

El guion, escrito a cuatro manos entre el director y el guionista Samuel M. Delgado (quien coescribió 'Slimane' (2012), dirigida por Alayón junto a Mauro Herce, director de fotografía de 'O que arde'), y toma como punto de partida la historia real de Julius Porter, un ingeniero y explorador rumano que emigró a Argentina en busca de oro a finales del siglo XIX y quien se convirtió en uno de los principales responsables del exterminio de la tribu de los selknam, indígenas de Tierra de Fuego. A través de los ojos de Pedro, quien se obsesiona con la novia de Mr. Porter, a la que acaba retratando de manera similar a como hacía Lewis Carroll con "sus niñas", a camino entre la fotografía erótica y la post mortem.

Cartel de 'Blanco en blanco'
Cartel de 'Blanco en blanco'

Y con la entrada de la luz se revelan las fotos y los secretos. El director coloca al espectador detrás de la cámara fotográfica, en el punto de vista del fotógrafo –con cambio de formato incluido–, para reflexionar sobre la memoria y la construcción de la historia a través de lo que entra dentro de campo, no de lo que se queda fuera de él. 'Blanco en blanco' es una narración delicada y pausada que cuando más luminosa se vuelve más salvaje y seca se presenta. Una reflexión sobre el arte, que no es humanista de por sí si no son humanos los ojos que lo hacen y los ojos que lo miran.

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