ESTRENOS DE CINE

'La camarista': así son las que limpian tu mierda en el hotel de lujo

El espléndido primer largometraje de Lilian Avilés describe la situación de la protagonista a través de su vínculo con el espacio y el tiempo del lugar de trabajo

Foto: Gabriela Cartol, en 'La camarista'. (El Sur Films)
Gabriela Cartol, en 'La camarista'. (El Sur Films)

En el proyecto ''97 empleadas domésticas', la artista Daniela Ortiz reúne una serie de fotografías de familias peruanas de clase alta tomadas de Facebook en que se pone en evidencia la dialéctica entre visibilización e invisibilización propia de las trabajadoras del hogar: las mujeres están siempre presentes en el espacio de la fotografía pero nunca se las acaba de ver. Quedan en un difuminado segundo plano o el encuadre recorta buena parte de sus cuerpos. En 'La camarista', primer largometraje de ficción de la mexicana Lila Avilés, el encuadre también es clave a la hora de definir la forma en que habita el mundo la protagonista, Eve (Gabriela Cartol), encargada de arreglar habitaciones en un hotel de lujo en México DF.

Avilés se inspiró para su película en la obra de otra artista, Sophie Calle, y en concreto en uno de sus proyectos más fascinantes, 'The Hotel. Room 47' (1981), para el que la fotógrafa consiguió un empleo como limpiadora en un hotel veneciano. Calle se dedicó a tomar fotos del interior de las habitaciones y a escudriñar los enseres personales allí depositados aprovechando su acceso privilegiado a la intimidad de los huéspedes. Así subvertía esa frontera invisible que marcamos respecto a las camareras de hotel. Dejamos nuestra privacidad a merced de las personas responsables de la limpieza no por una cuestión de confianza sino por su condición subalterna: es su tarea arreglar nuestro desorden, limpiar nuestra mierda y asumir nuestros excesos. Y de paso damos por entendido que las trabajadoras no se van a relacionar con estos signos de nuestra vida privada más allá de lo que marca su empleo. Aparte de la referencia a la obra de Calle, Avilés entronca además con otra tradición, la que arranca con la piedra angular del cine feminista, 'Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles', de Chantal Akerman, filme clave en la visibilización de todas esas tareas domésticas ejecutadas por mujeres y tradicionalmente ignoradas por el cine, que mostraba cómo los tempos monótonos y reiterativos de esos trabajos conducían a la alienación del ama de casa protagonista.

Gabriela Cartol protagoniza 'La camarista'. (El Sur Films)
Gabriela Cartol protagoniza 'La camarista'. (El Sur Films)

En la primera secuencia de 'La camarista', la directora subvierte las lógicas tradicionales de esas dinámicas de visibilización. Aquí será Eve quien presida siempre el encuadre, mientras comprobamos ya desde el principio que aquellos que pasan desapercibidos son, a veces, los huéspedes y, casi siempre, los jefes. Eve se vincula de maneras diversas con las diferentes habitaciones de las que se encarga. En la que ocupa un fotógrafo profesional, se entrega a esa misma curiosidad que embargaba a Calle, aunque más contenida, y fisgonea un poco entre sus utensilios de trabajo. En cambio, en la estancia en que se ha instalado un locutor de documentales que acapara botellitas y toallas para el baño, la directora filma a Eve respecto al huésped como figuras que habitan espacios diferentes aunque estén juntas en la misma habitación. Cuando una clienta argentina le pide a la camarista que vigile durante unos escasos minutos a su bebé para ducharse con tranquilidad, Avilés también pone de manifiesto la imposible reconciliación entre estos dos mundos, aislando con el ruido del agua el intento de conversación sobre experiencias de la maternidad que establece la turista rica.

La directora, por tanto, se escapa de ciertas rutinas del cine social para plasmar la situación de Eve a partir de la relación con su entorno. Como sucede en la primera secuencia, la directora se encomienda por momentos al Jacques Tati de 'Playtime' para esbozar algunos gags visuales de baja intensidad a través de la situación de los personajes en el espacio. Ahí está la protagonista frustrando los primeros intentos de flirteo por parte del limpiaventanas con quien coincide en alguna habitación. Y en una de las mejores escenas de la película, también explora la idea de intimidad, distancia y exhibición por parte de la protagonista respecto a ese pretendiente, jugando una vez más con el encuadre de los ventanales de la habitación.

Cartel de 'La camarista'.
Cartel de 'La camarista'.

Para Eve, no hay más espacio exterior que el que se vislumbra a través de las cristaleras del hotel. La explotación en el filme no está personificada en una persona sino en un sistema de resortes invisibles. Avilés muestra hasta qué punto la precariedad laboral condena a una persona como Eve, mujer, madre soltera y racializada, a un escenario en que los límites espaciales y temporales de su trabajo se confunden con los de su vida. Excepto los encargados más directos, la película deja fuera de campo a los superiores y máximos responsables del hotel. La dinámica de (auto)explotación laboral de Eve se despliega a través del seguimiento de su rutina cotidiana y de la relación que establece con su lugar de trabajo. Eve aspira a ascender dentro de esa misma estructura profesional (el hotel ofrece unas clases en ese sentido) y acepta tareas 'extra' y sacrificios varios. Del tono un tanto distendido del inicio vamos pasando progresivamente a un clima de mayor agobio generado por el cúmulo de tensiones y un desencanto creciente... Y Avilés acaba conformando con 'La camarista' un espléndido retrato de la situación laboral y vital de una mujer explotada sin necesidad de explicitar grandes enunciados.

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