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'El oficial y el espía': Polanski, Dreyfus y la posverdad

Roman Polanski reconstruye la investigación que desveló la verdad del caso Dreyfus en un 'thriller' histórico con pulso detectivesco

Foto: Louis Garrel protagoniza la última película de Roman Polanski, 'El oficial y el espía'. (Caramel)
Louis Garrel protagoniza la última película de Roman Polanski, 'El oficial y el espía'. (Caramel)

El título en español de la nueva película de Roman Polanski opta por traducir el inglés, 'An Officer And A Spy', que corresponde también al del libro del guionista Robert Harris que la ha inspirado, y no por adaptar el original francés, 'J'accuse', que remite de forma explícita al caso Dreyfus a partir del famoso escrito condenatorio de Émile Zola en el periódico 'L'Aurore'. El cambio anticipa la principal modificación respecto a lo que 'a priori' se espera de un filme sobre uno de los episodios más famosos de la historia de Francia y Europa de finales del siglo XIX y principios del XX. A sugerencia del propio Harris, que también firmó el libreto de 'El escritor', la mejor película de Polanski en los últimos años, 'El oficial y el espía' no se centra en Alfred Dreyfus, ese falso culpable que malvivió durante varios años prisionero en la Isla del Diablo, en la Guayana francesa. Si no en una figura mucho menos conocida, Marie-Georges Picquart, el coronel que, convencido primero de la culpabilidad de Dreyfus, siguió sin embargo investigando su caso para acabar demostrando su inocencia.

Así se lleva a cabo un giro crucial en el punto de vista. La historia no se nos explica desde la experiencia de la víctima inocente, Dreyfus, que sobrevive a pesar de todo a una conjura del odio y a la deshumanización, perspectiva que Polanski ya había adoptado en filmes como 'El pianista', y que en cierta manera también se puede rastrear en algunas de sus películas anteriores, en que, desde unos contextos menos vinculados a las realidades históricas y más surgidos de las percepciones paranoicas (o no), transmitía igualmente la vivencia subjetiva de quien se siente perseguido y hostigado injustamente por su prójimo. Aquí, en cambio, seguimos el caso desde la visión de Picquart, el detective improvisado que acaba enfrentándose a un sistema corrupto, un tipo de figura que había aparecido igualmente en 'thrillers' polanskianos como 'Chinatown' o 'Frenético'. Con la salvedad de que aquí Picquart no se perfila tanto a imagen de los antihéroes del 'noir' o de las películas de Hitchcock sino a la manera de los últimos filmes de Steven Spielberg o incluso de Clint Eastwood.

Así, este protagonista que interpreta Jean Dujardin encarna una tipología de héroe típica de cierto cine estadounidense. Por un lado, es un militar que no destaca por sus acciones en el frente de guerra sino por su gesta en un ámbito más propio del trabajo civil, la búsqueda de la verdad. Y la lleva a cabo de una manera que pone de manifiesto su adscripción a cierta forma de concebir la democracia moderna (metodología y rigor científicos, la verdad por encima del patriotismo y las simpatías personales...) en un contexto todavía sumido en inercias obscurantistas del Antiguo Régimen. Polanski transmite esta dialéctica entre los valores surgidos de la Revolución y los privilegios autoritarios y patrióticos del Ejército, la principal pugna que se dirimió en el caso Dreyfus, a través de una intriga propia de un 'thriller' procedimental. Picquart investiga el espionaje del que se acusó a Dreyfus paso a paso, desde un posicionamiento que pretende renovar las costumbres laxas y prejuiciosas en el seno del Servicio de Inteligencia Militar. Como los héroes de ese cine estadounidense, el protagonista destaca por ejercer su responsabilidad con rigor dentro de un sistema que se le vuelve en contra y que él pretende regenerar.

En su primera parte, la película avanza a un ritmo impecable al tiempo que el protagonista hace progresos en su investigación en una Francia donde la 'grandeur' se mezcla con la podredumbre. En su reconstrucción del París de la Belle Époque, Polanski rehúye las imágenes más tópicas y esplendorosas para moverse en espacios cerrados que dan fe por momentos de esa decadencia moral, como el caso del gabinete de Alphonse Bertillon, el practicante de grafología y frenología al que da vida Mathieu Amalric. El filme también se escapa de las rutinas académicas de cierto cine de época en su utilización dosificada de la banda sonora del ubicuo Alexandre Desplat, centrada sobre todo en acompañar las escasas apariciones de Dreyfus, cuya estancia en la Isla del Diablo se evoca de forma harto original.

'El oficial y el espía'.
'El oficial y el espía'.


El cambio de protagonismo también acaba evitando en buena parte esa lectura que ha sobrevolado a 'El oficial y el espía' desde el anuncio de su rodaje y que convertiría al propio Polanski en un trasunto de Dreyfus. Por fortuna, el filme no se pliega tan fácilmente a esta proyección personalista y desvergonzada por parte del director (Dreyfus pasó años encarcelado y exiliado por una calumnia, Polanski huyó de Estados Unidos para evitar la cárcel tras mantener relaciones sexuales ilícitas con una menor a la que había drogado, como él mismo ha reconocido), aunque se pueda intuir entre líneas cierta conexión del cineasta con la situación que recrea el filme. Así es como cobra más sentido el personaje de Pauline Monier, la amante de Picquart a quien da vida Emmanuelle Seigner, que representa a la mujer que permanece al lado del hombre al que ama a pesar de los pesares cuando este se convierte en un apestado en su entorno. La desfachatez que supone que alguien tan autoindulgente con su propia actitud de depredador sexual como Polanski se identifique con Dreyfus daría para otro artículo...

La desfachatez de que alguien tan autoindulgente con su propia actitud de depredador sexual como Polanski se identifique con Dreyfus daría para otro artículo

'El oficial y el espía' sí que acaba construyendo un discurso más general y ejemplificador en torno a la idea de posverdad y a cómo las cloacas del Estado pueden generar falsos relatos acusatorios que condenan a rivales políticos u hombres de paja por intereses corruptos. En la segunda parte, cuando las pruebas a favor de Dreyfus ya son irrefutables y el 'thriller' detectivesco deja paso al drama histórico trufado de secundarios de prestigio, el filme adquiere un tono más solemne y al tiempo convencional. El plano final, que recuerda una vez más al cine del último Spielberg en el reconocimiento mutuo de dos hombres en un primer momento enfrentados, sin embargo mantiene de fondo ese cielo gris y brumoso que ya se ceñía sobre Francia desde la secuencia inicial.

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