ESTRENOS DE CINE

'Ventajas de viajar en tren': una marcianada perversa y deliciosa

En el desfile que propone esta adaptación de la novela homónima de Antonio Orejudo, hay basureros mancos conspiranoicos, mujeres-perro, suplantadores y mucho enajenado mental

Foto: Luis Tosar vuelve de la guerra en 'Ventajas de viajar en tren'. (Filmax)
Luis Tosar vuelve de la guerra en 'Ventajas de viajar en tren'. (Filmax)

Si damos por cierto que la ficción es la remezcla de dos o más realidades, también podemos acordar que la realidad es un constructo hecho a base de ficciones —validadas por un mínimo común múltiplo—. De ahí lo habitual de su travestismo. Y de ahí que al final, como todo en la vida, lo que importe sea la intención. Belén Esteban hizo un mantra de aquello de "yo vengo a contar mi verdad" y, como ella, el narrador de 'Ventajas de viajar en tren' viene a contar la suya que, resulta, es además un laberinto en el que el espectador o bien se deja perder por sus circunloquios o bien se deja morir de inanición en un callejón sin salida. Porque la ópera prima de Aritz Moreno es un viaje tan sibarítico como febril y perverso. Una marcianada delirante, excesiva y provocadora.

El poder del relato es infinito. Alabemos al relato. Porque en 'Ventajas de viajar en tren', lo que se cuenta es importante, pero cómo se cuenta es fundamental. Porque la tradición oral nunca se ha nutrido del BOE y, salvo en la intimidad del retrete, son más disfrutables las promesas de un crecepelos que las etiquetas del champú. En su primer largometraje, el director vasco se ha atrevido a adaptar la novela homónima de Antonio Orejudo, un trampantojo en el que las voces de los narradores se superponen en un juego en el que la victoria es dejarse ganar. El placer de este viaje es perderse.

Otro momento de 'Ventajas de viajar en tren'. (Filmax)
Otro momento de 'Ventajas de viajar en tren'. (Filmax)

La apuesta de Orejudo fue arriesgada, pero la de Moreno y su guionista, Javier Gullón, es kamikaze. Porque engañar a los ojos siempre es más difícil. El director, por eso, se ase a la conducción enfebrecida de un Jeunet de 'Foutaises' o de un Fesser de 'P. Tinto'. Porque hacia el delirio se viaja a volantazos. Aunque por tren también se llega. Todo acaba, no comienza —porque para empezar por el tejado, hay que ser un buen equilibrista—, con la atípica conversación de vagón en la que dos viajeros consienten.

Todo acaba, no comienza —porque para empezar por el tejado, hay que ser un buen equilibrista—, con la atípica conversación de vagón de tren

Helga Pato es, además de la necesaria reivindicación de la genialidad de Pilar Castro como actriz, una editora de libros que vuelve de encerrar a su marido coprófago en un manicomio y una escuchadora devota. Ángel Sanagustín es, además de un Ernesto Alterio de una ambigüedad maestra, un psiquiatra locuaz con una prodigiosa habilidad para el cuento y el compañero de asiento de Helga Pato. El segundo, mientras repasa algunos de sus casos clínicos más pintorescos, advierte a la primera de que desconfíe del relato de los fabuladores, que hay mucho loco suelto.

Javier Botet y Macarena García, otra de las extrañas parejas de 'Ventajas de viajar en tren'. (Filmax)
Javier Botet y Macarena García, otra de las extrañas parejas de 'Ventajas de viajar en tren'. (Filmax)

Locos de remate que, además, podrían pasar por cuerdos. Aunque uno siempre tiene el pálpito. Locos como Martín Urales de Úbeda, también paciente de frenopático —como el marido de Helga Pato— y del propio Sanagustín, que un día se fue a la guerra —Urales de Úbeda, no el psiquiatra— y volvió manco y tarado y contando la historia de una enfermera a la que había conocido en el frente, que le había revelado un secreto atroz que había llegado a sus oídos a través de un diplomático arrepentido. Sí, en el lío anda el juego, porque al final da igual quién dijo qué cuando el relato envuelve. Y el narrador último, que es el propio Moreno, maneja al espectador como un malabarista, congelando carcajadas a latigazos y retorciendo un gag aparentemente inocente en la destilación del más terrible de los abusos. Y el cuerpo tiembla porque, volviendo al principio, la ficción es retales de realidad.

Cartel de 'Ventajas de viajar en tren'. (Filmax)
Cartel de 'Ventajas de viajar en tren'. (Filmax)

Y por la boca de Ángel Sanagustín y de la de Helga Pato —es decir, por la de Moreno— van pasando historias de amor tullidas emocional y físicamente, y basura orgánica, andante, pensante y poderosa e inorgánica, que se acaba acumulando en la trastienda si nadie alrededor se da cuenta o, peor, si no interesa. Y Macarena García se viste de Amélie lisiada en el antirromance de un antipríncipe (Javier Botet, hilarante) y una antiprincesa. Y Luis Tosar juega al despiste con Belén Cuesta en una escena digna del Cortázar más retorcido, en el beso más surrealista de la historia del cine español reciente. Y en el desfile hay basureros mancos conspiranoicos, mujeres-perro, suplantadores, mucho enajenado mental y, sobre todo, una transgresión tan agradable como habitualmente desagradecida —por incomprendida—, una maravillosa reivindicación de la fantasía y de la locura que, como la realidad y la ficción, vienen a ser lo mismo, porque, como dijo Paracelso, el quid está en la dosis.

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