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'El hotel a orillas del río': audacia y melancolía de un gran director

En la última película de Hong Sang-soo, encontramos casi todo aquello por lo que la obra de su autor es generalmente aclamada

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Las películas de Hong Sang-soo podrían dividirse en dos categorías. Por un lado, están sus ficciones más prosaicas y claramente estructuradas —como 'Ahora sí, antes no' (2015), 'Hill of Freedom' (2014) y 'The Day After' (2017)—; por otro, obras más abiertamente surrealistas y proclives a la asociación libre de ideas, como 'Lo tuyo y tú' (2016), 'Haewon, hija de nadie' (2013) y 'En la playa sola de noche' (2017). La última en llegar a España, 'El hotel a orillas del río', más bien podría situarse en un punto intermedio entre ambos grupos.

Buena parte de su acción transcurre en el establecimiento del título, situado en un nevado valle junto al río Han. Allí convergen dos historias, aunque solo de forma tangencial. La principal de ellas la protagoniza Ko Young-wan (Ki Joo-bong), un poeta célebre que aprovecha la oferta de un admirador para quedarse gratis en el hotel. Ha llamado a sus hijos, Byung-soo (Yu Jan-sang) y Kyung-soo (Kwon Hae-hyo), para que se reúnan con él allí porque, sin verdadero motivo aparente, presiente que va a morir. Para cuando aparecen, no queda nada claro si esos vástagos se sienten felices de estar en compañía el uno del otro, y si Young-wan en realidad quiere que estén allí. La relación de los hermanos no tarda en revelarse como una prolongada competencia por la aprobación del padre; ninguno de ellos lo ha visto en años, y ambos están llenos de resentimientos hacia él que no pueden articular o confrontar. Y, haciendo gala de su sutileza habitual, Hong va desvelando los miedos que los azotan: que se parezcan al hombre que los abandonó a ellos y a su madre, y que sus propios problemas con las mujeres estén causados por una maldición heredada de él.

Mientras tanto, a tan solo unas habitaciones de distancia, Sang-hee (Kim Min-hee) también está utilizando el hotel para superar una depresión, la suya causada mayormente por una ruptura reciente. También ella, asimismo, ha llamado a alguien para que le haga compañía, en su caso una mujer (Song Seon-mi) que quizá sea su hermana o quizá simplemente una amiga íntima. Las dos pasan la mayor parte del tiempo echándose a dormir la siesta o despertando de ella. Y, a lo largo de un periodo de 24 horas, las existencias de estos cinco personajes se rozan entre sí, ocasionalmente se cruzan y a veces transcurren en paralelo, envueltas de un paisaje helado que las coloca en una especie de vacío.

Parece una obra imprevista y sin pretensiones, cuando en realidad está dotada de gran perspicacia psicológica y un férreo dominio formal

Gran parte de 'El hotel a orillas del río' debería resultar familiar a todo aquel que tenga cierto conocimiento de la filmografía de Hong: ahí están las mesas salpicadas de botellas vacías de alcohol, el clima gélido, los personajes cineastas, los largos planos puntuados por repentinos 'zooms' y los apuntes autobiográficos velados, entre otros elementos. Asimismo, como de costumbre cuando hablamos del cine del coreano —especialmente desde que empezó a hacer ficciones de bajo presupuesto con tanta rapidez que la mayoría de los espectadores somos incapaces de seguirle el ritmo—, la película da la impresión de ser una obra imprevista y sin pretensiones, casi improvisada, cuando en realidad está dotada de gran perspicacia psicológica y evidencias de un férreo dominio formal. Y, en última instancia, en ella encontramos casi todo aquello por lo que la obra de su autor es generalmente aclamada: sus audaces reflexiones sobre la confusión y la falta de comunicación; los desencuentros y las situaciones incómodas que se disimulan a través de pequeños gestos aparentemente cordiales; los personajes imperfectos que nunca se sienten completamente cómodos los unos con los otros o en su propia piel...

'El hotel a orillas del río'.
'El hotel a orillas del río'.

Y, sin embargo, varias cosas distinguen 'El hotel a orillas del río' de esas obras predecesoras. Estructuralmente menos compleja que ellas —en parte porque toda la acción aparece comprimida en unas pocas horas—, la película asimismo no es representativa del gusto habitual de Hong por los huecos narrativos y las elipsis. Y, quizá como nunca antes en su carrera, aquí las risas van de la mano —a menudo generando ambigüedad y hasta conflicto— de una invocación a la muerte. Sí, el relato está impregnado de la ironía presente en la mayor parte de la creciente filmografía de Hong, pero en esta ocasión se mezcla con un regusto trágico que aporta a las situaciones algo turbador.

'El hotel a orillas del río'.
'El hotel a orillas del río'.

Podrá argumentarse que los temas sombríos han estado frecuentemente presentes en el cine del coreano; que en sus películas los personajes a menudo se enfrentan a la soledad, las traiciones y el fracaso, y mientras lo hacen llenan la pantalla de angustia existencial y una atmósfera inconfundiblemente melancólica. Y es cierto pero, en todo caso, 'El hotel a orillas del río' lleva esa angustia un paso más allá —posiblemente porque se centra en un personaje que siente su propio final inquietantemente cerca—; tanto que, incluso en esos momentos típicos de Hong en los que el cineasta parece usar a sus personajes para reírse de sí mismo, es la sensación de tristeza lo que prevalece.

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