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'A 47 metros 2': ningún verano sin su ataque de tiburón cinematográfico

La nueva entrega de esta película de supervivencia submarina con escualos está dirigida a aficionados de este subgénero sin demasiadas exigencias

Foto: Brianne Tju, Corinne Foxx y Sistine Rose Stallone, en un momento de la película. (Tripictures)
Brianne Tju, Corinne Foxx y Sistine Rose Stallone, en un momento de la película. (Tripictures)

La primera entrega de 'A 47 metros' (2017), un drama de supervivencia y terror que seguía los esfuerzos de dos hermanas atrapadas sin querer en una jaula submarina para escapar de su encierro sin ser devoradas por los tiburones que las acechaban, resultó uno de esos éxitos inesperados en que a veces se convierten estas propuestas de bajo presupuesto con el único objetivo de ofrecer un producto de entretenimiento veraniego para los fans del terror originado por criaturas marinas.

Nunca está de más recordar que 'Tiburón', la obra maestra de Steven Spielberg, estrenada en 1975, no dejaba de ser la apropiación por parte de un joven cineasta a las órdenes de un gran estudio de un tipo de cine de terror de bajo presupuesto que practicaban desde hacía años jefazos como Roger Corman entroncando con las ideas locas (animales gigantes o criaturas provenientes de otras dimensiones provocando el terror entre la población estadounidense) que ya se cultivaban en el fantástico de serie B de los años cincuenta.

Como ya ha fijado la historia del cine, el filme de Spielberg contribuyó a forjar el concepto de 'blockbuster' hollywoodiense que ha imperado desde entonces, sobre todo el de aventuras y/o terror, con una idea muy simple y al mismo tiempo muy llamativa como base argumental, que desembarca en las salas de cine durante la temporada de verano. 'Tiburón' no tardó en generar múltiples copias, variantes e imitaciones en el mismo ámbito en que se había inspirado: la serie B.

El éxito de 'A 47 metros' demuestra una vez más que el atractivo del cine con escualos no decae, y para enésima muestra, esta secuela. En esta nueva entrega, repiten los responsables creativos de la anterior, el director británico Johannes Roberts y el guionista mallorquín establecido en el Reino Unido Ernest Riera, que vuelven a desarrollar una aventura de supervivencia (un contexto tan práctico para la serie B, al necesitar escaso número de localizaciones y personajes) bajo un mar lleno de tiburones. El protagonismo vuelve a ser femenino. Esta vez, las submarinistas son tres amigas —y la hermana pequeña de una de ellas— que se dedican a bucear en un rincón casi secreto de la costa mexicana para acabar atrapadas en una necrópolis maya bajo el mar donde mora un tiburón blanco ciego.

En el tramo final, director y guionista abusan más de los giros de guion inesperados, del susto fácil e incluso de algún truco excesivamente tramposo

Como suele suceder ante este tipo de películas, la primera recomendación para poder disfrutarla es extremar la habitual suspensión de la credulidad. En su vocación de franquicia internacional sin 'localismos' que puedan molestar a una audiencia global, la película se sitúa en un escenario mexicano en que no solo no se habla español sino donde no parecen residir demasiados oriundos de este país. La protagonista, Mia (Sophie Nélisse), se ha trasladado allí junto a su padre, Grant (John Corbett), arqueólogo de profesión, la nueva esposa de este y la hija de ella, Sasha (Corinne Foxx). Grant ha descubierto una ciudad maya oculta durante siglos (!?) bajo el mar. Un rincón secreto al que se escapan a bucear Sasha, sus amigas Alexa (Brianne Tju) y Nicole (Sistine Stallone, hija de Sylvester), y Mia, que no acaba de verlo claro. Las chicas se introducen en la cueva sin permiso y por tanto sin contar a nadie su paradero. Su excitante aventura se convierte en una pesadilla cuando quedan atrapadas en la cueva junto a un tiburón blanco...

El hecho de contar con un grupo de cuatro protagonistas en lugar de las dos de la primera película permite a Roberts y Riera jugar con uno de los recursos típicos del cine de terror contemporáneo, el de la 'final girl'. El personaje de Mia, que se nos introduce en la primera escena sobreviviendo a una zambullida indeseada en el agua después de que sus compañeras la tiren a la piscina, se presenta con todas las características para cumplir con este rol. Al fin y al cabo, es la muchacha tímida pero buena chica a la que acosan las repelentes de la escuela, y que muestra sus reservas ante una propuesta que se sale de la norma. El proceso de supervivencia de Mia es una forma de reafirmación frente al resto de muchachas que la marginan. Así que parte de la tensión de la película reside en contemplar hasta qué punto Mia cumple como 'final girl' y a qué otros personajes les tocará morir por el camino. En este juego que mantiene 'A 47 metros 2' con las expectativas frente a los roles de género en el cine de terror, tiene su gracia cómo se resuelve la aparición de algún que otro personaje masculino en momentos clave de peligro.

Cartel de 'A 47 metros 2'. (Tripictures)
Cartel de 'A 47 metros 2'. (Tripictures)

Para otorgar un mayor atractivo a un contexto, el fondo marino, que puede agotarse muy pronto, los responsables del filme han imaginado como escenario esta necrópolis maya que ha pasado desapercibida durante siglos a los ciudadanos mexicanos hasta que un estadounidense recién llegado la descubre. Las ruinas precolombinas les permiten explotar el potencial expresionista de semejantes estructuras y trabajar con un juego de luces y sombras más propio del terror clásico.

'A 47 metros 2' cumple con aquello que promete durante buena parte de su metraje, sobre todo a la hora de mantener la tensión y la angustia claustrofóbica de un filme que tiene lugar casi todo él bajo el agua. En su tramo final, director y guionista abusan más de los giros de guion inesperados, del susto fácil e incluso de algún truco excesivamente tramposo, recursos que ponen en evidencia cierta desesperación para mantener la película a flote. Pero para ellos ya es un triunfo estrenar en cines una secuela de un filme cuya distribución se preveía mucho más limitada y en formatos de consumo casero.

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