ESTRENOS DE CINE

'Muñeco diabólico': robots, gore sin sentido y sustos fáciles

El director noruego Lars Klevberg 'mata' a Don Mancini con un 'reboot' que no rinde pleitesía a la saga original y que cambia el fantasma de un asesino por una inteligencia artificial

Foto: El nuevo Chuky, que se ha olvidado de sus orígenes con Don Mancini. (Vértigo)
El nuevo Chuky, que se ha olvidado de sus orígenes con Don Mancini. (Vértigo)

Para cabreo monumental de Don Mancini, padre del mítico Chucky, este 'reboot' no se toma la más mínima molestia en reconocer que 'Muñeco diabólico' (1988) y sus seis secuelas —cada una más meta que la anterior pero no necesariamente más divertida— realmente existieron. Y eso es aún más grave considerando que, al menos sobre el papel, esta es la típica película diseñada exclusivamente para ganar dinero a costa de su modelo, y que encima se atreve a echar más sal en la herida del tal Mancini haciendo chistes a costa de la saga que, no lo olvidemos, él tenía previsto continuar. Y aunque esa ingratitud y esa falta de imaginación invitan a que nos pongamos en su contra, lo cierto es que, al menos durante un rato, resulta francamente divertida a pesar de que —o precisamente porque— es tontísima y está llena de personajes de saldo y una aproximación de lo más vaga a los peligros de la tecnología.

En ella, Chucky ha sido rediseñado para la generación 'app'. Si en la película original el pedazo de plástico humanoide era poseído por el alma de un asesino en serie, aquí es un dispositivo domótico; en otras palabras, una versión antropomórfica de Alexa que no solo es capaz de controlar todos los aparatos conectados a internet de la casa sino también de dar abrazos y cantar canciones sobre la amistad. Lo que le otorga su falta de límite en aspectos como la educación o la capacidad para la violencia es culpa de un empleado descontento de la fábrica vietnamita de donde salió, que lo reprogramó antes de suicidarse.

Así es el nuevo Chucky. (Vértigo)
Así es el nuevo Chucky. (Vértigo)

La actualización argumental ayuda a explicar por qué el preadolescente protagonista de la película, notablemente mayor que el niño que aparecía en la de 1988, querría pasar el tiempo con un muñeco. El defectuoso artilugio, en efecto, se convierte en el primer amigo del pequeño Andy (Gabriel Bateman) en la ciudad a la que acaba de mudarse con su madre. Cuando los otros chavales del complejo de apartamentos en el que viven descubren que el muñeco es capaz de aprender tacos y hacer otras cosas prohibidas, eso sí, Andy empieza a hacer amigos. Cualquiera que haya visto al menos una película en la que un robot con la habilidad de aprender es corrompido por los humanos que lo rodean se hará una idea de cómo avanza la acción a partir de esa premisa.

Cualquier atisbo de reflexión sobre nuestra dependencia de las máquinas es abandonada

En todo caso, que nadie espere conexiones con 'Black Mirror'. Cualquier atisbo de reflexión sobre nuestra dependencia de las máquinas es abandonada en cuanto Chucky empieza a tomar medidas drásticas contra todo aquel que se atreve a maltratar a Andy o intenta ser su amigo. No tardamos en ver al muñeco torturando y matando al gato familiar. Pero que quede claro que, al menos durante la primera parte de la película, lo único que quiere es jugar con Andy, y simplemente aprende que a veces es necesario derramar algo de sangre para conseguir ese objetivo.

Audrey Plaza y Gabriel Bateman, en 'Muñeco diabólico'. (Vértigo)
Audrey Plaza y Gabriel Bateman, en 'Muñeco diabólico'. (Vértigo)

El problema es que en cuanto el juguete se convierte en un absoluto psicópata, la película decide abandonar su mirada irónica al terror, y la pintoresca interacción entre Chucky y su querido dueño es dejada de lado en pos de una gran cantidad de gore sin sentido y sustos fáciles. Pese a que ese tercer acto permite al director debutante Lars Klevberg sacar más partido a las propiedades tecnológicas de su personaje titular, la falta de sentido del humor que aqueja a estas alturas transforma la película precisamente en aquello de lo que inicialmente se reía: un 'slasher' más en el que, eso sí, el asesino es un muñeco de aspecto ridículo y las escenas de muertes son sensiblemente más creativas y gamberramente espantosas de lo habitual.

Uno de los grandes problemas de 'Muñeco diabólico' es la indecisión, además de la falta de interés por los personajes y el argumento

Así pues, uno de los grandes problemas de la nueva película —además de su claro desinterés en los personajes y el argumento— es la indecisión que evidencia, también de otra manera: si algunas de sus escenas parecen tener una voluntad aterradora genuina, otras parecen pertenecer a una de esas ficciones producidas durante los años ochenta por la factoría Amblin Entertainment, como 'Gremlins' (1984) o 'Los Goonies' (1985). Klevberg trata de aunar el espíritu de Steven Spielberg con el de Wes Craven, pero no llega a salirle.

Cartel de 'Muñeco diabólico'.
Cartel de 'Muñeco diabólico'.

El otro gran problema tiene que ver con eso que suele decirse de las comparaciones. El Chucky de 1988 tenía actitud, personalidad y, si se permite el sentido figurado, sangre caliente. Era, para entendernos, un muñeco con alma. El de 2019 no es más que un autómata cuyo diálogo se limita a reproducir frases ajenas, y eso lo convierte en metáfora adecuada de una película que usa la repetición para revivir éxitos pasados. Cuando era recipiente de una mente enferma, el muñeco diabólico era un villano único; ahora, convertido en una máquina de 'software' corrupto, es uno de tantos.

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