ESTRENOS DE CINE

'Los muertos no mueren': en los zombis de Jarmusch no hay sangre sino horchata

A pesar de un reparto plagado de estrellas (Bill Murray, Adam Driver, Iggy Pop, Selena Gomez), Jim Jarmusz no logra levantar esta comedia a medio gas

Foto: Adam Driver, Chloë Sevigny y Bill Murray, en 'Los muertos no mueren'. (Universal)
Adam Driver, Chloë Sevigny y Bill Murray, en 'Los muertos no mueren'. (Universal)

En la última edición de Cannes, Bertrand Bonello presentó 'Zombi Child', una mirada hacia el mito zombi fresca y sorprendente, un hallazgo inhabitual en un subgénero tan esquilmado —sobre todo en la última década— que resulta difícil encontrar una veta de originalidad. La película de Bonello, además, se aproxima a la figura del zombi desde un punto de vista antropológico, en clave de drama seco, cuando en la última década los títulos que han actuado como revulsivo de la metáfora cien mil veces contada sobre la alienación de la sociedad han aparecido en clave de comedia: la supervivencia casi involuntaria de los dos tolais de 'Shaun of the Dead', la búsqueda del bollito Twinky de 'Bienvenidos a Zombieland' o los zombis en 'Gran Hermano' de 'Dead Set'. Y el cóctel Jarmusch-zombis-comedia parecía aspirar a entrar en esta última lista. Por eso, la decepción es mayor.

En 'Los muertos no mueren', Jim Jarmusch no encuentra el porqué. La razón de volver a dar otra vuelta alrededor de lo mismo es porque, de pronto, algo que hasta ahora ha pasado desapercibido se desvela. Pero aquí no hay nada nuevo ni nada revelador. Jarmusch hace trucos de magia autorreferencial para crear una ilusión que enseguida se desvanece. Ni siquiera un reparto galáctico ayuda a salvar los muebles. Ni Bill Murray en el uniforme de un agente de policía local de vuelta de todo, ni Adam Driver como su compañero estulto, ni Tilda Swinton en su sempiterno papel de persona rara ni Steve Buscemi como un entrañable 'redneck' xenófobo. Ni los cameos largos de Iggy Pop, Selena Gomez y Tom Waits. Porque los créditos de la película son una fiesta de gente 'cool' en la que muchos apuñalarían por entrar.

Iggy Pop de merendola en 'Los muertos no mueren'. (Universal)
Iggy Pop de merendola en 'Los muertos no mueren'. (Universal)

Después de la lírica y simétrica 'Paterson', el director visita Centersville, que podría traducirse como 'Ciudad del centro', la localidad más insulsa y encerrada en sí misma de Estados Unidos. Un pueblo de la América profunda, con su 'diner', sus casitas bajas y su intersección principal adornada con el cableado visto. Policías que patrullan recolocándose la cintura del pantalón y renqueando cadera. Alienación sin hambre de cerebros.

La propuesta de Jarmusch arranca cuando un extraño fenómeno astronómico provoca el día perpetuo. El 'fraking' masivo ha provocado que la Tierra altere su eje de rotación causando, además de que nunca caiga la noche, comportamientos erráticos en los animales y, ¿por qué no?, que los muertos se levanten de sus tumbas con hambre de carne humana, lo que servirá para que los aldeanos salgan por fin del letargo. Por allí pululan también un trío de 'millennials' urbanitas perdidos ante tanto ruralismo, unos adolescentes encerrados en un centro de menores, el dueño de una tienda de cómics y un ermitaño greñudo, entre otros.

Luka Sabbat, Selena Gomez y Austin Butler en 'Los muertos no mueren'. (Universal)
Luka Sabbat, Selena Gomez y Austin Butler en 'Los muertos no mueren'. (Universal)

El director propone una sátira sociopolítica con mensaje ecologista sobre la cultura de consumo y de las masas. Nada nuevo. Ni siquiera una vuelta de tuerca. Como mucho, el hecho de que los zombis resuciten no solo en busca de carne fresca sino de ansiolíticos, conexión wifi y vino de supermercado. Porque por más que uno busque, no hay nada subversivo en 'Los muertos no mueren'. Ni las gracias son especialmente hilarantes, por mucho que Adam Driver repita una y otra vez "esto va a acabar mal" en forma de 'running gag'. Si en 'Solo los amantes sobreviven' Jarmusch consiguió darle la vuelta al mito vampírico añadiéndole existencialismo explícito y rock 'underground', en esta ocasión se limita a seguir las convenciones del subgénero: correr, matar y morir y correr más lento y matar y morir otra vez.

Cartel de 'Los muertos no mueren'.
Cartel de 'Los muertos no mueren'.

Es más, el director añade salpicaduras de metahumor —los diálogos hacen alusión al guion como artefacto—, pero se perciben como un intento desesperado de desviar la atención de una historia deslavada que se arrastra hacia un final desbarrado y gratuito: personajes que desaparecen sin que su trama se cierre o que actúan de forma irracional y, sobre todo, un giro final que es difícil de interpretar más allá de la 'boutade'. Una película menor dentro de la filmografía de un Jarmusch que puede entreverse en el tempo y la clase de la puesta en escena y en esa extrañeza poética que delata su firma personal. Quienes sobrevivan al holocausto en Centersville siempre podrán encontrar refugio y consuelo en 'Paterson'.

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