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'John Wick': Keanu Reeves, en el Club Bilderberg de los matones

Nueva entrega de la saga de culto sobre un asesino a sueldo

Foto: Fotograma del filme.
Fotograma del filme.

Por estos lares, el culto expandido a John Wick despegó con la segunda entrega, 'John Wick: pacto de sangre' (2017), que nos llegó con el prestigio acumulado del primer filme, inédito aquí en las salas comerciales. De repente, lo que podría haberse quedado en una muestra más o menos digna de cine de acción de serie B al servicio de una estrella de Hollwyood en declive se desvelaba como una más que gozosa y explosiva revisión del género en que Keanu Reeves encarna con algo más que convicción un arquetipo tan desgastado como el del asesino a sueldo implacable en su oficio, parco en palabras y código moral propio.

A rebufo del éxito de las dos primeras partes, se estrena 'John Wick: capítulo 3 – Parabellum', como las anteriores dirigida por Chad Stahelski y con Derek Kolstad como principal creador de la historia. La película marca una continuación directa con la segunda parte y se sitúa justo una hora después de cuando acabó aquella, con el protagonista que da título a la saga huyendo por las calles de Nueva York tras haber asesinado a Santino D'Antonio (Riccardo Scamarcio), miembro de la Alta Mesa, la cúpula de la organización de élite de asesinos a sueldo para la que trabajaba. En este Club Bilderberg de los matones, eliminar a uno de los dirigentes está penado con el peor de los castigos. A John Wick lo 'excomulgan' y queda abierto su contrato, lo que significa que ha perdido el derecho a ser protegido por sus antiguos colegas. Su cabeza empieza pujar alto, muy alto, en este mercado clandestino de homicidas.

'John Wick: capítulo 3 – Parabellum' se mueve en ese arco narrativo en que un héroe se ve obligado a enfrentarse a aquellos para los que antes trabajaba. Además, la persona encargada de arbitrar su expulsión, una figura de poder de presencia andrógina que se identifica como no binaria, al igual que su intérprete Asia Kate Dillon, se asegura que también sean castigados aquellos que colaboraron con Wick en el asesinato de D'Antonio, el responsable del Hotel Continental en Nueva York, Winston (Ian McShane), y el rey del Bowery al que da vida Laurence Fishburne. Sin apenas aliados en Nueva York, Wick emprende la huida de la ciudad y busca ayuda y refugio en Marruecos...

El arranque de esta tercera entrega se antoja tanto un homenaje al imaginario 'neonoir' del 'Blade Runner' de Ridley Scott, con John Wick moviéndose bajo la lluvia persistente y nocturna de una metrópolis, en este caso Nueva York, abigarrada, multicultural y llena de luces de neón, como al de 'Matrix', donde coincidieron por primera vez Reeves y su director. Uno de los principales atractivos de esta saga reside en la construcción de un universo con personalidad propia a partir de múltiples referentes anteriores, de los seriales 'pulp' al cine de acción oriental. Parte de esta arquitectura de ficción se nutre de un imaginario muy ligado a la ciudad de los rascacielos. En 'John Wick', Nueva York deviene un escenario neobarroco capaz de albergar fascinantes e inesperados universos en los túneles del metro, tras los portalones de sus edificios art-déco o en las azoteas de los edificios.

La saga lo sigue dando todo como exponente de un cine de acción que toca con impresionante virtuosismo casi todos los palos del género

Estos ambientes pueden ser perfectamente reales, como es el caso de la Biblioteca Municipal, donde sucede una de las primeras escenas del filme, ligada a un libro de cuentos rusos. O recreaciones posmodernas de estéticas varias, como el despacho de pujas gestionado por una serie de oficinistas con aspecto de 'pin-ups' de los años cincuenta, o ese microcosmos ruso comandado por Anjelica Huston en que conviven primorosas bailarinas clásicas sometiéndose a la férrea disciplina de este arte con matones sin escrúpulos. Por cierto, es un gran detalle que el momento más doloroso de toda la película esté asociado a la uña rota de un pie de una de estas muchachas a causa de bailar siempre de puntillas y no a cualquiera de los miles de golpes entre grandullones que se dispensan a lo largo de más de dos horas de metraje.

Esta Nueva York que encierra tantos otros mundos (que en algunos casos se suceden como pantallas de un videojuego) resulta tan poderosa que la película se deshincha un tanto en su escapada marroquí. En la segunda entrega, la subtrama italiana quedaba integrada dentro de toda una filosofía propia de la saga que reivindica un gusto por la exquisitez artesanal. Aquí, dentro de un despliegue narrativo mucho más rutinario, la huida a Marruecos no parece tener más justificación que la de recurrir a un escenario exótico como llevan a cabo tantos otros 'blockbusters' de acción que recalan en destinos internacionales para disponer de más localizaciones atractivas.

Si la película no resulta tan sólida en la construcción de este imaginario de fondo como sus antecesoras, en cambio lo sigue dando todo como exponente de un cine de acción que toca con impresionante virtuosismo casi todos los palos del género y donde el cuerpo (y no las máquinas, los elementos naturales, las grandes explosiones y/o los efectos especiales) se mantiene como el centro de gravedad de un espectáculo apabullante. 'John Wick: capítulo 3 – Parabellum' deja al menos dos secuencias para los anales del género. La conclusiva que enfrenta en una suerte de sala de cristal al protagonista con su némesis en esta entrega, Zero, un Marc Dacascos en modo 'sushiman' samurái que rinde homenaje a las tradiciones de las cinematografías orientales en estas artes. Y sobre todo la del inicio del filme, que tiene lugar en una habitación llena de cuchillos y donde se orquesta una coreografía al servicio de armas blancas al vuelo.

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