ESTRENOS DE CINE

'Sin piedad': dejad de dar la lata con Pat Garret y Billy el Niño

El actor Vincent D'Onofrio dirige en su segundo largometraje a Ethan Hawke y Chris Pratt en un 'western' falto de ritmo sobre estos dos grandes iconos de la historia de Estados Unidos

Foto: Chris Pratt y Ethan Hawke son Grant Cutler y Pat Garrett en 'Sin piedad'. (DeAPlaneta)
Chris Pratt y Ethan Hawke son Grant Cutler y Pat Garrett en 'Sin piedad'. (DeAPlaneta)

La fascinación que la cultura popular siente por William Bonney —también conocido como Billy el Niño— es ilimitada, o al menos así lo parece a juzgar por la cantidad de películas que se han dedicado desde los albores del cine a su corta y violenta vida. Y, entre ellas, una parte considerable son recreaciones de la persecución que desde finales de 1880 mantuvo con Pat Garrett y que resultó en su muerte en extrañas circunstancias en julio de 1881. Prácticamente desde entonces, la figura de Bonney es considerada el arquetipo del antihéroe que vive rápido y deja un cadáver bonito, y Garrett ha pasado a la historia como un rígido hombre de ley que, muy a su pesar, creó la leyenda.

La segunda película como director del actor Vincent D’Onofrio presenta su rivalidad desde el punto de vista completamente ficticio de Rio Cutler (Jake Schur), un chaval de 15 años que entra en contacto de forma fortuita con ellos mientras el uno urde su huida y el otro refuerza su empeño en hacer justicia, y que llegado el momento aprenderá qué tipo de vida quiere llevar en el futuro. Ambos hombres ofrecen amistad al chico y lo proveen de sendos ejemplos que emular de mayor; él admira esas figuras paternas y por un lado anhela la libertad y la autoridad que transmiten, aunque por otro teme el mundo adulto.

Chris Pratt y Jake Schur, en 'Sin piedad'. (DeAPlaneta)
Chris Pratt y Jake Schur, en 'Sin piedad'. (DeAPlaneta)

D’Onofrio intenta posicionar a Pat y Billy como opuestos éticos. ¿Seguirá Rio el camino recto y angosto marcado por el 'sheriff' o sucumbirá a la seductora amoralidad del fugitivo? El dilema es potencialmente intrigante, pero 'Sin piedad' es una película demasiado aturullada como para sacarle jugo y, como resultado, el proceso de maduración del muchacho en ningún momento llega a ser especialmente interesante.

El proceso de maduración del muchacho en ningún momento llega a ser especialmente interesante

Por un lado, establece los paralelismos entre los dos antagonistas de forma excesivamente tosca, pero por otro no parece tener del todo clara la oposición que trata de establecer entre ambos —más allá del obvio contraste entre el orden social y la libertad individual—. En ese sentido, quizás el gran problema sea que la película no logra que veamos a los personajes como gente de carne y hueso y no como meros estereotipos. Una y otra vez hace referencia a sus respectivas leyendas, pero se olvida de proporcionarnos suficientes detalles que ilustren esa supuesta grandeza, más allá de alguna que otra conversación pomposa y llena de largas pausas que no proporciona profundidad pero sí bastante tedio.

Otro momento de 'Sin piedad'. (DeAPlaneta)
Otro momento de 'Sin piedad'. (DeAPlaneta)

Tanto en esas como en el resto de situaciones, asimismo, 'Sin piedad' aqueja una grave falta de sentido del ritmo. Buena parte de sus escenas alcanzan su clímax de forma rápida y repentina, sin haber tenido antes tiempo de justificar su propia existencia, y casi siempre se resuelven con violencia abrupta. De hecho, D’Onofrio parece usar la violencia con el fin de epatar el espectador y así distraerlo de la falta de verdadera sustancia. Y eso queda claro desde la primera secuencia de la película, en la que Rio y su hermana contemplan horrorizados cómo el padre golpea brutalmente a la madre. Entonces se oye un disparo, y vemos que el niño ha acabado con el agresor, aunque demasiado tarde como para salvar a la mujer. Pero eso no es todo: después aparece su tío, que es un psicópata, y en un ataque de ira la emprende a golpes con el cadáver de la madre.

Sus escenas alcanzan su clímax de forma rápida, y casi siempre se resuelven con violencia abrupta

A partir de entonces, todo cuanto los personajes femeninos tienen ocasión de hacer en 'Sin piedad' es quedarse en segundo plano siendo víctimas de abusos por parte de los hombres. Y a buen seguro es así precisamente como funcionaba la vida para ellas en el Lejano Oeste, pero lo cierto es que nada en esta película transmite realismo. En cambio, su metraje toma todos los clichés y los usa para no hacer nada mínimamente original. A un lado está el criminal azotado por la culpa, y que se aferra a su último atisbo de humanidad mientras se empeña en racionalizar sus propios actos; al otro está el rígido defensor de la ley, que gradualmente se da cuenta de que en un mundo forajido las cosas no son solo blancas o negras; alrededor de unos y otros hay secuaces sin identidad cuya única función es hacer bulto y parar las balas y, en medio de todos, un mocoso ingenuo que absorbe las lecciones de ambos bandos.

Cartel de 'Sin piedad'.
Cartel de 'Sin piedad'.

Sobre el papel, es cierto, no debe de ser fácil adoptar un enfoque original respecto a una historia que ha sido contada mil veces ya y que, además, está basada en hechos históricos. Por otra parte, pocas figuras se prestan tanto a la fabulación, el simbolismo y la metáfora como la de William Bonney, y sorprende que 'Sin piedad' no se haya aprovechado de ello. "La verdad no importa", afirma Garrett en un momento de la película. "Lo que importa es lo que digan de ti cuando ya no estás". Es una pena que D’Onofrio no haya tenido eso en cuenta.

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