'Van Gogh, a las puertas de la eternidad': nada nuevo bajo el sol de Montmajour
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'Van Gogh, a las puertas de la eternidad': nada nuevo bajo el sol de Montmajour

La película de Julian Schnabel es reiterativa, superficial y no intenta comprender el arte del pintor posimpresionista ni desmentir los clichés en torno a su figura

placeholder Foto: Willem Dafoe es Van Gogh en la película de Julian Schnabel. (Diamond)
Willem Dafoe es Van Gogh en la película de Julian Schnabel. (Diamond)

'Van Gogh, a las puertas de la eternidad' incluye una escena en la que el genio del título, casi al final de su estancia en un hospital psiquiátrico, discute su arte con un sacerdote. El religioso tiene en sus manos uno de los cuadros de Van Gogh, e intenta una y otra vez que este último se dé cuenta de lo horrible que la pintura es. El extenso diálogo que mantienen es una sucesión de variaciones mínimas de lo mismo: el uno dice que sus obras son una extensión de su manera de ver el mundo, y el otro insiste en que eso no las convierte en arte porque, de nuevo, son horribles. El peloteo verbal es tan monótono que, al rato de contemplarlo, resulta inevitable dejar de prestarle nuestra atención y dirigirla al hecho de que, aunque se supone que ya ha sido mutilada, la oreja izquierda del pintor sigue ahí, intacta.

Tráiler de 'Van Gogh, a las puertas de la eternidad'

La escena ilustra a la perfección la película en su conjunto, que constantemente repite los mismos temas y los mismos montajes de imágenes —vemos al genio pintando, al genio caminando, al genio enfadado— a lo largo de una historia que ya ha sido ficcionada tantas veces que, a estas alturas, las películas de Van Gogh ya pueden ser consideradas un género. En otras palabras, 'A las puertas de la eternidad' no tiene nada nuevo que decir del que quizá sea el pintor más famoso y documentado de la historia. Cierto que cuenta con el gran Willem Dafoe para encarnarlo aunque, por otra parte, es algo ridículo ver a un actor de 63 años en la piel de un hombre que murió a los 37.

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Otro fotograma de 'Van Gogh, a las puertas de la eternidad'. (Diamond)

Julian Schnabel —que, recordemos, antes que director es uno de los pintores vivos más cotizados del mundo— ha elegido centrarse casi por completo en los últimos años de la vida de Van Gogh, que pasó en Francia creando furiosamente una obra maestra a pesar de permanecer ingresado en un psiquiátrico buena parte del tiempo. El relato incorpora buena parte de los 'highlights' de su biografía: su relación con su hermano Theo, su único fan; su amistad y rivalidad con Paul Gauguin; su creciente desequilibrio psicológico, que culmina en la ya citada autolesión —la película no la recrea, quizá porque hacerlo sería demasiado interesante—, y la pobreza y la soledad que sufrió al final de su vida. En cualquier caso, sin embargo, lo que Schnabel sobre todo quiere transmitir es el aura beatífica que a su juicio envolvía al pintor.

La historia culmina en la ya citada autolesión, pero la película no la recrea, quizá porque hacerlo sería demasiado interesante

La película, en efecto, está compuesta principalmente de escenas en las que Van Gogh sufre los abusos de personas insensatas y crueles, alternadas con momentos serenos en los que el héroe cruza con solemnidad mesiánica los hermosos campos franceses. "No veo nada más que eternidad", afirma el del pelo rojo para referirse al misterio y la belleza infinitos que es capaz de identificar hasta en el más anodino de los paisajes. No hay una sola escena que no contribuya a que esta versión del holandés encaje de forma perfecta en el cliché del artista visionario e incomprendido.

placeholder Oscar Isaac y Emmanuelle Seigner, en un momento de la película. (Diamond)
Oscar Isaac y Emmanuelle Seigner, en un momento de la película. (Diamond)

Quizá sea por eso que, aunque le oímos mencionar repetidamente su enfermedad mental a través de la voz en 'off', por lo general se muestre como un hombre afable, razonable y extremadamente lúcido que usa su arte para lidiar con los enigmas de la existencia. Por lo demás, en cualquier caso, la película ofrece una asombrosa falta de curiosidad respecto a la persona real que se oculta tras el mito, y esa actitud es lo último que a estas alturas se requiere de una película de Van Gogh.

No se ahonda en las particularidades de su estilo ni, en última instancia, se detecta un intento serio de entender su arte

Para distinguir la suya de las demás, eso sí, Schnabel llena el metraje de escenas que retratan el proceso creativo de su protagonista, y en las que se presta especial detalle a su manera de mezclar los colores y al placer febril que parece obtener con cada pincelada. Pero lo cierto es que no se ahonda en las particularidades de su estilo ni, en última instancia, se detecta un intento serio de entender su arte. En ese sentido, además, resulta desafortunado que Schnabel dé por buena la hipótesis de que Van Gogh sufría un desorden médico que le provocaba xantopsia, una alteración en la percepción de los colores que hace al que la padece verlo todo con un tono amarillento.

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Cartel de 'Van Gogh, a las puertas de la eternidad'.
Foto: Steve Carell y Merrit Weber, en 'Bienvenidos a Marwen'. (Universal)

A lo largo de la película vemos algunas imágenes que tratan de reflejar el punto de vista subjetivo del holandés y a las que Schnabel aplica un filtro agresivamente dorado; también desenfoca la parte inferior de la pantalla, aunque luego no se toma la molestia de sugerir cómo esa distorsión visual se manifiesta en los cuadros de Van Gogh. Sea como sea, intentar explicar el sorprendente uso del color o la perspectiva por parte del artista a través de una enfermedad hipotética o una anomalía física es una forma de menospreciar su creatividad, de dar a entender que los principales significantes de su talento fueron fruto de un error.

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