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'Trinta lumes': la poderosa fuerza del cine gallego

El largometraje revelación de Diana Toucedo se adentra en una zona interior de Galicia para convertir un paisaje natural y humano en un escenario propicio para el misterio

Foto: Un fotograma de 'Trinta lumes'.
Un fotograma de 'Trinta lumes'.
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“Los muertos están a nuestro alrededor. Los siento. Pero ya no me dan miedo...”, afirma sobre el paisaje nebuloso de un valle la voz de la protagonista de 'Trinta lumes', la adolescente Alba, en el primer largometraje “autoral” (según sus propias palabras) de Diana Toucedo. La explicación de la narradora no se refiere a un contexto propio del cine de terror ni tampoco equivale a la constatación similar a la que llega el protagonista de 'Los muertos', el cuento de James Joyce que cierra 'Dublineses', más centrado en los fallecidos que pueblan nuestras vidas o las de nuestros seres cercanos. En 'Trinta lumes', los difuntos son los propios de todo un paisaje, unos habitantes invisibles en un territorio cada vez más carente de seres humanos vivos.

El título en gallego de la película alude al número de habitantes en la sierra de O Courel, donde la población se contabilizaba a partir de las lumbres de los respectivos hogares. El hogar también representa la esencia de la familia y, en buen parte, la presencia de niños. Esta zona montañosa de la provincia de Lugo sufre del mismo problema que la llamada España vacía. La marcha de los jóvenes hacia zonas urbanas que les ofrecen mayores incentivos laborales o vitales provoca una progresiva despoblación y el inevitable envejecimiento de sus habitantes. La idea de abandono y de repoblación atraviesa toda una película en la que vemos a una única niña, fruto de una pareja que se ha trasladado a la zona para poder llevar a cabo un estilo de vida en mayor contacto con la naturaleza, y apenas a un par de adolescentes, Alba y Samuel, que cargan con el mayor peso narrativo del filme.

Toucedo filma el poderoso entorno natural donde se enmarca su película desde una perspectiva naturalista que poco a poco se va cargando de misterio. Lo que 'a priori' podría parecer una aproximación casi antropológica a una zona remota de Galicia cobra una significación especial. La convivencia con la muerte deviene un punto común de los diferentes personajes que habitan 'Trinta lumes'. La sierra de O Courel representa uno de esos lugares en que, a partir de cierto momento, sus habitantes tienen más conocidos en el cementerio que en las casas vecinas. Esta experiencia se manifiesta de maneras diversas, desde las visitas asiduas al camposanto a las misas de Todos los Santos pasando por el hábito de matar de propia mano (en una cacería, en la granja...) y dejar listos para la cazuela a los animales que van a servir de alimento. O incluso en la existencia de la mujer que aprendió a 'preparar' muertos ya desde jovencita de la mano de su abuela.

La película también deja claro que lo que parece una tradición importada de los Estados Unidos, la de vaciar calabazas (antiguamente, eran las calaveras de los enemigos) para convertirlas en receptáculos para velas que ahuyenten a los malos espíritus, ya se hacía de antiguo por la zona. Las llamas, que como fuegos fatuos aparecen en medio de la oscuridad del lugar, son una imagen recurrente en la película desde el inicio, un símbolo a la vez de la vida y de las ánimas de los difuntos. Sobre este tejido natural y humano, levanta la directora el relato en torno a Alba y su progresiva concienciación de que los sitios por donde se mueve son un espacio también habitado por los muertos.

'Trinta lumes' se inscribe en esta nueva ola de cine gallego de proyección internacional, en la que se incluyen desde 'Arraianos', de Eloy Enciso, a 'Costa da morte', de Lois Patiño, pasando por 'Trote', de Xacio Baño, que parte de la mirada hacia el paisaje natural y humano del propio territorio para construir una narración donde la naturaleza no funciona como mero escenario y cobra un protagonismo concreto en relación con los personajes. 'Trinta Lumes' subraya la idiosincrasia propiamente gallega de cierta convivencia con lo sobrenatural que se enraiza en el pasado celta y resuena en su entorno.

Cartel de 'Trinta lumes'.
Cartel de 'Trinta lumes'.

En un momento del filme, la fuerza que cobra la naturaleza no como bella postal realista sino como generadora de misterio recuerda a 'Picnic en Hanging Rock', uno de los mejores filmes de otra cinematografía, la australiana, que como pocas ha convertido el propio hábitat en un escenario propicio para el fantástico. Como en la película de Peter Weir, aquí también el medio natural, además de los restos abandonados de construcciones humanas, parece engullir a la protagonista adolescente. Pero lo que allí quedaba como enigma ligado al despertar a la sexualidad de las jóvenes en una sociedad puritana, aquí funciona como una revelación transfiguradora en el intersticio entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

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