ESTRENOS DE CINE

'Infiltrado en el KKKlan': el cateto fascista ya no es un chiste

En ningún momento del metraje se menciona la época; y es una omisión deliberada, el modo que Lee tiene de recordarnos que la América de 'Infiltrado en el KKKlan' se parece mucho a la de hoy

Foto: 'Infiltrado en el KKKlan'.
'Infiltrado en el KKKlan'.

En un momento de 'Infiltrado en el KKKlan', que en su mayoría transcurre en la década de los setenta, un policía blanco le explica al único policía negro del Departamento de Policía de Colorado Springs que la forma de inocular ideologías xenófobas en aquellos ciudadanos que no se consideran racistas es suministrarlas diluidas en otros temas, como los problemas de inmigración o los impuestos. Y de ese modo, añade, algún día los estadounidenses acabarán aupando a la Casa Blanca a alguien que personifique esos ideales. El policía negro expresa su escepticismo, pero su colega insiste. Va a pasar.

Vivimos tiempos extraños. Los supremacistas blancos, y en concreto los miembros del Ku Klux Klan, fueron tradicionalmente considerados por el cine como objeto de chiste fácil; lo demuestran títulos como 'Sillas de montar calientes' (1974), 'Porky’s' (1982) y 'O Brother!' (2000). Pero, hoy, esos catetos fascistas se han convertido en una verdadera amenaza, y es como respuesta a esa inexplicable realidad que llega a los cines la nueva película de Spike Lee. En ella se cuenta la historia real —aunque de forma ligeramente ficcionada— de Ron Stallworth, un detective negro que en 1978 logró incorporarse a las filas del KKK para demostrar que aquella organización era más peligrosa de lo que se creía. Lee, recordemos, ha pasado su carrera haciendo sátira sobre el racismo institucionalizado y la injusticia social y por tanto, de entrada, es el director idóneo para rememorar el caso.

Sobre el papel, 'Infiltrado en el KKKlan' es un amasijo de contradicciones: una historia real que parece demasiado rocambolesca para ser cierta, un relato de época que en realidad habla de nuestra actualidad, y una comedia sobre algo tan poco gracioso como los fachas. En la práctica es, además, la película más accesible del neoyorquino en más de una década. En ella, se muestra más preocupado por contar la historia que por lucirse exhibiendo ángulos de cámara y montajes visuales virgueros o rompiendo la cuarta pared. Eso, ojo, no significa que se cuente entre sus mejores películas; carece, por ejemplo, del poderío creativo de 'Haz lo que debas' y de la indignación de 'Bamboozled'. Particularmente en el tramo final de la película, queda en evidencia que la peripecia argumental es solo levemente más elaborada que un episodio de 'Starksky & Hutch', y está igual de llena de problemas de lógica.

La película, decimos, transcurre hace cuatro décadas, y eso es algo que queda claro tanto en ese título, que evoca parodias 'blaxploitation' como 'Sweet Sweetback’s Baadasssss Song', como en el vestuario de los personajes, esa banda sonora llena de música de la Motown y el peinado a lo afro que su protagonista luce al tiempo que se hace pasar por defensor de la raza aria —Stallworth, claro está, no trabajó solo; él se encargaba de hablar con los miembros del Klan por teléfono, y a uno de sus compañeros blancos en el departamento le correspondía asistir a las reuniones de la organización—. Pero el caso es que en ningún momento del metraje se menciona la época; y es una omisión deliberada, el modo que Lee tiene de recordarnos que la América de 'Infiltrado en el KKKlan', en la que los policías blancos acosan y asesinan a ciudadanos negros y los grupos de odio tienen vínculos con las altas esferas políticas, se parece mucho a la de hoy.

Adam Driver y John David Washington, en 'Infiltrado en el KKKlan'.
Adam Driver y John David Washington, en 'Infiltrado en el KKKlan'.

Y, como es costumbre en él, por momentos se le va la mano a la hora de dejar claras las analogías, como si el espectador no fuera a pillar el mensaje a menos que se le ofrezca señalizado con luces de neón. A lo largo del metraje, los personajes insisten en la necesidad de hacer América grande de nuevo, y en general utilizan sus diálogos para invocar el espíritu de Donald Trump. Y al final de la película, a través de imágenes de archivo de los disturbios de Charlottesville y sus repercusiones políticas, el presidente aparece de cuerpo presente.

Cartel de 'Infiltrado'.
Cartel de 'Infiltrado'.

Cierto que no es justo pedirle sutileza a Lee cuando el mundo del que habla no tiene nada de sutil. Pero, por otra parte, no tiene sentido insistir tanto en que el supremacismo blanco es malo considerando que, por un lado, cualquiera que vaya a ver esta película ya tiene eso claro y, por otro, que la preocupación de la película por comunicar el mensaje acaba interfiriendo en su capacidad para proporcionarnos una experiencia dramática satisfactoria; y al mismo tiempo su esfuerzo por mantener un tono jovial le impide dotar ese reiterativo mensaje de verdadera fuerza: en su intento de recordarnos los peligros que entraña tomarse a los fascistas en broma, los acaba caracterizando de forma tan gruesa que resulta imposible tomárselos en serio.

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