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'El reino': la España corrupta y hortera

Rodrigo Sorogoyen firma en su tercera película como director en solitario un 'thriller' coescrito junto a Isabel Peña sobre la caída en desgracia de un político corrupto

Foto: Antonio de la Torre y Sonia Almarcha, en 'El reino'. (Warner)
Antonio de la Torre y Sonia Almarcha, en 'El reino'. (Warner)

Ese instante previo a la demolición de un edificio, vivido desde la azotea. Pequeñas cargas explosivas detonadas escaladamente. Implosión y derrumbe. El suelo desaparece. Y entonces, la caída, ineludible. La imputación en un caso de corrupción política tiene mucho de voladura controlada. Controlada por todos menos por el edificio. Y en 'El reino', de Rodrigo Sorogoyen, el espectador asiste desde un lugar privilegiado al hundimiento de Manuel López Vidal (Antonio de la Torre), un político autonómico de la Comunidad Valenciana con aspiraciones nacionales que, tras una llamada telefónica que lo avisa de un proceso judicial en su contra por corrupción, ve cómo su carrera y su vida desaparecen bajo sus pies. Y el espectador es testigo de su intento desesperado de asirse a la nada en esa transformación de Manuel López Vidal a 'ese señor del que usted me habla'.

Para todos los minutos que ha ocupado la corrupción política en los medios de comunicación en la última decada, el cine de ficción ha desatendido un sustrato con muchas posibilidades para contar esta España nuestra. Si en 'B, la película' (2015) la magia reside en seguir a pies juntillas una declaración judicial real (la de Bárcenas) tan demencial que parece inventada, en 'El reino' la narración hiperbólica (en fondo y en forma) convierte una trama judicial ficticia, más representativa que verídica, en un 'thriller' de espías. De espías zafios, horteras y torpes.

Bárbara Lennie y Antonio de la Torre, en 'El reino', de Rodrigo Sorogoyen. (Warner)
Bárbara Lennie y Antonio de la Torre, en 'El reino', de Rodrigo Sorogoyen. (Warner)

La película es un paseo, primero, por ese reino ilusorio y perecedero donde los reyes del sarao hacen y deshacen según el capricho y el resto de los mortales paga la fiesta. Sorogoyen empieza templado, preparando el terreno para la dinamita, y acaba metido en una pesadilla enfebrecida y delirante de persecuciones, amenazas y tramperos. A pesar de la ficción, es inevitable ver la materia prima real del artefacto. Y así resulta todavía más sucio e irritante reconocer lo factible de muchas de las situaciones que se presentan en la pantalla: juergas impúdicas y excesivas en la cubierta de un yate, comilonas de bocado desbordante y churretoso y la connivencia del no nos pisemos las mangueras. Eso sí, devotos envueltos en la bandera. Mientras la desangran.

'El reino' se convierte en un 'thriller' de espías horteras, zafios y torpes

Y delante de la cámara va pasando el organigrama, todos con el cetro de presidente de tal o secretario de cual, que al final es lo que importa. Sorogoyen e Isabel Peña, ambos autores del guion, imaginan la cara oculta de los políticos cuando no hay cámaras delante, esa que se revela fugazmente en los micrófonos abiertos o las grabaciones ocultas. Esas que desvelan un lenguaje chabacano y macarra en las antípodas de las teorías de los expertos en comunicación política y prácticas más propias de una banda de mafiosos que de representantes electos del pueblo.

Antonio de la Torre es Manuel en 'El reino', de Rodrigo Sorogoyen. (Warner)
Antonio de la Torre es Manuel en 'El reino', de Rodrigo Sorogoyen. (Warner)

Porque una vez caído en desgracia, Manuel López-Vidal tiene que recurrir a 'las cloacas' para asegurarse la supervivencia. Pero, como un fantasma de 'El sexto sentido', al protagonista le cuesta asumir que está muerto políticamente. A medida que avanza la película y que su reino se desmorona, Manuel se acerca al frenesí de la demolición. Aquí nadie se inmola para salvar los ideales del partido porque, primero, no hay ideales. La cámara persigue, cada vez más enajenada y cerrada en el personaje, la huida desorientada ya no del político sino del hombre.

Sorogoyen consigue que el espectador empatice con un villano al que desde el principio muestra como un tipo despreciable

Lo que empieza como un asunto a nivel local acaba desplegando sus tentáculos fuera, incluso, de las fronteras de España. Sorogoyen pinta un retrato tremendo y desolador de una clase política sin ningún tipo de escrúpulos ni brújula moral. ¿Ese que usted piensa que a lo mejor se salva? Ese también es un hijo de puta. El reto más difícil que se propone la película, que el espectador empatice con un villano al que desde el principio muestra como un tipo despreciable, queda plenamente conseguido al presentar al protagonista como un delincuente, sí, pero también como un cabeza de turco, un engranaje más de un sistema corrupto perfectamente engrasado al que exigen el martirio. Se olvidan de que es difícil reclamarle algo a quien no lo tiene, sobre todo cuando se trata de principios.

Antonio de la Torre y Ana Wagener, en 'El reino'. (Warner)
Antonio de la Torre y Ana Wagener, en 'El reino'. (Warner)

El problema se acentúa cuando la demolición se descontrola. Sorogoyen juega al despiste de enemigos y aliados sacando a todos los personajes al 'ring' de la pantalla para que se líen a machetazos. Y si en La Ceballos (Ana Wagener) se pueden entrever ademanes de exvicepresidentas y ex secretarias generales, en Amaia Marín (Bárbara Lennie) se reconocen bocetos de famosas periodistas de garra y entrevista agresiva. Memorable Luis Zahera en su papel de Cabrera, echando espumarajos por la boca mientras despotrica contra 'la gitana' (refiriéndose a un compañero de partido) y relata las tropelías que ha consentido.

Cartel de 'El reino'.
Cartel de 'El reino'.

'El reino' funciona más en su parte de 'thriller' que como análisis de las estructuras corrompidas del poder. En un monólogo final panfletario que rompe la cuarta pared y en el que el político reparte culpas, la película dispara contra los políticos, sí, pero también contra los medios de comunicación y las grandes empresas que encubren y mantienen en los gobiernos a criminales por intereses ilegítimos y contrarios al bien común. ¿Y en qué lugar queda el ciudadano? En la anécdota del tipo del bar que calla cuando el camarero le devuelve de más, que suena a ese lugar común tan dañino de "en España roba el que puede" y que tanto consuela a los ladrones, sobre todo a los que llevan traje y corbata.

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