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'Ocean's 8': un refrito que se apunta a la ley del mínimo esfuerzo

Igual que no es posible hacer pasar una circonita por un diamante, la nueva película carece de la personalidad y energía que hizo de 'Ocean’s Eleven' un entretenimiento memorable

Foto: 'Ocean's 8'.
'Ocean's 8'.

El motivo de la elección de Gary Ross como guionista y director de 'Ocean’s 8' es un misterio similar al del sudario de Turín o al porqué de la forma cuadrada del pan de molde. Considerando tanto los esfuerzos que sus productores dedicaron a componer un lujoso reparto de actrices —y compatibilizar sus apretadas agendas— como las expectativas que pusieron en el proyecto tanto de cara a la taquilla como a la representación de la mujer en el cine, ¿qué estaban pensando exactamente cuando pusieron al frente de la película a uno de los cineastas más anodinos de Hollywood? No se entiende.

'Ocean’s 8' se contenta con ajustarse estrictamente al patrón diseñado por la saga en cuya existencia se basa, pero, del mismo modo que no es posible hacer pasar una circonita por un diamante, la nueva película queda en evidencia como un mero refrito, aunque carente de la personalidad y la energía que hicieron de 'Ocean’s Eleven' (2001) —y, por contagio, de sus dos mediocres secuelas— un entretenimiento memorable.

Su primera escena, en la que Debbie Ocean asegura a la junta de tratamiento de su libertad condicional que es una mujer reformada, se limita a repetir el inicio de aquella película, y por tanto queda mucho más en evidencia que, si entonces Steven Soderbergh derrochó estilización visual, aquí Ross usa la cámara como si estuviera rodando un episodio de 'La ley de Los Ángeles'. Y, a partir de allí, Ross sigue conformándose con reciclar momentos estelares de su modelo —en una escena, Bullock se reúne con su vieja socia, encarnada por Cate Blanchett; en otra, Blanchett recrimina a Bullock que ponga todo el plan en peligro a causa de sus venganzas personales— de forma tan torpe como perezosa.

Por supuesto, que una película se inspire en sus predecesoras no tiene necesariamente nada de malo; el cine de atracos, después de todo, en parte se basa en la repetición de arquetipos. Pero viendo 'Ocean’s 8' se hace difícil detectar el más mínimo esfuerzo adicional. La película no posee sentido del humor alguno, ni un ápice de intensidad dramática, ni más suspense que una tarde en el parque.

'Ocean's 8'.
'Ocean's 8'.

Sus personajes, además, carecen por completo de personalidad. Considerando las intenciones reivindicativas del proyecto, tiene delito que la presencia más memorable la aporte el investigador que encarna James Corden, y que aparece en la última hora de metraje; podría decirse que roba la película de no ser porque aquí no hay nada que robar. Por lo que respecta a Bullock, uno la contempla escena a escena esperando que de un momento a otro empiece a hacer uso de su vis cómica; pero en lugar de eso se limita a mantener una mueca levemente maliciosa, como si supiera dónde se esconde toda la gracia de esta historia.

Tecnología y drogas

La falta de carácter se prolonga durante el tercer acto, en el que asistimos a la escenificación del atraco. Como el cine lleva años y años enseñándonos, los robos cinematográficos son por definición sucesos de gran complejidad, en los que las posibilidades de que todo salga mal son increíblemente elevadas. Pero a Ross, está claro, eso le da igual. Llegado el momento, las protagonistas de 'Ocean’s 8' son capaces de hacer cualquier cosa sin esfuerzo; cualquiera de ellas podría ponerse de repente a volar y ninguna de sus compañeras se sorprendería. En todo caso, el golpe se basa menos en habilidades humanas que en la tecnología y las drogas. Por lo demás, la secuencia durante la que transcurre es confusa y repetitiva, e incluye hasta tres visitas de los personajes al cuarto de baño.

'Ocean’s 8', decíamos, ha sido promocionada como un producto del 'zeitgeist', una necesaria demostración de los cambios que movimientos como el MeToo están trayendo a Hollywood, y sus propios responsables parecen ser consciente de lo ridículo que resulta adjudicar tanto valor simbólico a una película tan intrascendente como esta —“En algún lugar ahí afuera, hay una niña de ocho años que sueña con ser una criminal; haced esto por ella”, sentencia Bullock en una escena—. Sea como sea, queda raro que en el clímax de la historia ('spoiler') un miembro —masculino— de las películas de Soderbergh aparezca para ejecutar una de las partes más importantes del robo.

'Ocean's 8'.
'Ocean's 8'.

Y, en última instancia, para poner en duda las ínfulas feministas de esta película no hay más que hacerse una pregunta: ¿por qué decidieron Ross y el resto de guionistas que el atraco debía tener lugar en la Gala del Met, uno de los acontecimientos esenciales en el mundo de la moda? Probablemente porque asumen que el público femenino irá más fácilmente a ver una película modelada a imagen de 'Sexo en Nueva York'. La intención, en otras palabras, ha sido darle a las mujeres su propia película de atracos pero, eso sí, no sin antes llenarla de diamantes gigantes, y bonitos vestidos, y cameos de Heidi Klum y Kim Kardashian.

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