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'Una vida a lo grande': ¿podemos salvar al mundo reduciendo nuestro cuerpo?

En la nueva película de Alexander Payne, un grupo de científicos inventa una tecnología capaz de hacer que el cuerpo de un adulto tenga una altura de apenas 12 centímetros

Foto: 'Una vida a lo grande', de Alexander Payne, con Matt Damon como protagonista. (Paramount)
'Una vida a lo grande', de Alexander Payne, con Matt Damon como protagonista. (Paramount)

La nueva película de Alexander Payne habla del fin del mundo. Y del cambio climático. Y de inmigración. Y de tráfico de personas. Y de lucha de clases, y superpoblación, y relaciones de clase, y consumismo exacerbado, y sectas apocalípticas, y crisis maritales y existenciales, y del peligro de fomentar el progreso tecnológico sin tener en cuenta consideraciones morales. Y, sobre todo, habla de gente que es reducida al tamaño de un Huesito. Son demasiadas cosas.

Conste que, de entrada, es de justicia celebrar la voluntad mostrada por un autor tradicionalmente dedicado a dirigir tragicomedias íntimas como 'Entre copas' o 'Nebraska' de salir de su zona de confort; por otra parte, es lo más amable que puede decirse de una comedia, metáfora de lo lejos que quien más quien menos estaría dispuesto a llegar para mejorar materialmente de vida, cuyo mejor chiste está en la premisa.

El mundo de 'Una vida a lo grande' es una versión exagerada del nuestro; un lugar superpoblado y contaminado, y lastrado por la escasez de recursos y las desigualdades. Ante eso, un grupo de científicos de Noruega —¿de dónde si no?— inventa una tecnología capaz de hacer que el cuerpo de un adulto tenga una altura de apenas 12 centímetros. Una década después, un 3% de la población se ha sometido a la miniaturización pero, eso sí, con fines no precisamente altruistas. Algunos lo hacen para explotar a los demás, otros para migrar ilegalmente; otros, los más, para vivir como reyes: convertido en un ser pequeño, cualquier ciudadano medio puede permitirse vivir en una mansión del tamaño de una casa de muñecas y hasta en el típico barco con el que los niños juegan cuando se meten en la bañera.

Una premisa prometedora

Durante su primera hora de metraje, 'Una vida a lo grande' explota con gran eficacia cómica las posibilidades visuales que esa premisa le ofrece, y se muestra igualmente afilada explorando los aspectos prácticos que integrar a los miniaturizados en la estructura social conllevaría: ¿qué contribución harían al entramado social?, ¿de qué derechos deberían gozar?, ¿qué impacto tendría su aumento en, por ejemplo, la recaudación de impuestos?

Imagen de 'Una vida a lo grande'.
Imagen de 'Una vida a lo grande'.

Sin embargo, tras plantear todas esas posibilidades visuales y conceptuales, Payne se muestra reacio a desarrollarlas, y en lugar de eso pone el foco en otro de los tipos mediocres e infelices a los que, a menudo con gran finura, ha retratado a lo largo de su carrera: Paul Safranek (Matt Damon). Paul y su esposa (Kristen Wiig) deciden cambiar de tamaño para cumplir sus sueños materialistas pero en el último minuto, cuando él ya se ha sometido a la intervención, ella se echa atrás. Y a partir de entonces la ciencia reductora que da a la primera mitad de 'Una vida a lo grande' su razón de ser gradualmente se revela como una perífrasis especialmente drástica a través de la que hablar de ansiedades posmatrimoniales y crisis de mediana edad.

Cartel de 'Una vida a lo grande'.
Cartel de 'Una vida a lo grande'.

En el proceso, decíamos, Payne también intenta meditar sobre quiénes somos y cómo vivimos: la sociedad en miniatura no tarda en ser exactamente igual de defectuosa que la nuestra, en tanto que reproduce a pequeña escala jerarquías existentes de clase y raza. El problema es que para ello la película adopta una mirada turista a la miseria según la que los más desfavorecidos existen únicamente en calidad de accesorios en la odisea personal del privilegiado protagonista. En concreto, Paul conoce a una disidente vietnamita con una sola pierna y problemas con el idioma —un detalle del que Payne extrae generosas dosis de humor racista— que acaba funcionando como máquina expendedora de discursos humanistas.

Y, en cualquier caso, la conciencia social resulta no ser más que una pose: Payne solo parece tener interés en contar la monótona historia de un hombre testarudamente gris que busca un sentido a su vida. Y mientras lo hace intenta ser irónico y a la vez completamente sincero, y engarzar sermones y alardes sensibleros y humor chusco, y todo eso a menudo en la misma escena. Como decíamos, son demasiadas cosas.

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