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'El viaje': dos enemigos fanáticos entran juntos en un coche

¿Cómo demonios hicieron las paces el incendiario reverendo protestante Ian Paisley, líder del Partido Unionista Democrático, y el exmiembro del IRA convertido en viceprimer ministro Martin McGuinness?

Foto: 'El viaje'.
'El viaje'.

Cualquier película cuya razón de ser es imaginar los detalles de un acontecimiento que sucedió en el pasado es inevitablemente sospechosa de intentar manipular al espectador, usando la coartada histórica para hacerle asumir como hechos lo que en realidad son construcciones ficticias. En ese sentido, 'El viaje' es todo un ejercicio de transparencia: esta película es puro amaño, y ni una sola de escenas se toma excesivas molestias para ocultar ese hecho.

La cuestión que plantea es: ¿qué sucedió para que el conflicto en Irlanda del Norte llegara a su fin? ¿Cómo demonios hicieron las paces el incendiario reverendo protestante Ian Paisley, líder del Partido Unionista Democrático, y el exmiembro del IRA convertido en viceprimer ministro Martin McGuinness? Para hacerlo, el director Nick Hamm parte de una certeza: en octubre de 2006 los entonces enemigos acérrimos se reunieron en St. Andrews (Escocia) para discutir un acuerdo de paz. Todo el resto de 'El viaje' es fantasía: apenas llegado al encuentro, Paisley anuncia que debe volver a Irlanda del Norte para celebrar sus bodas de oro, y por motivos protocolarios y de seguridad McGuinness insiste en compartir con él el trayecto por carretera hasta el aeropuerto. Dicho de otro modo, la película propone que uno de los conflictos más sangrientos de la historia se resolvió a través de uno de los recursos narrativos más trillados: encerrar a dos personalidades opuestas en un espacio reducido.

La premisa es aún más improbable de lo que parece. El coche está monitorizado por el jefe del servicio secreto británico (John Hurt), que contempla todo cuanto sucede en su interior gracias a una cámara oculta y a través de un auricular se dedica a comunicarse con el chófer tanto para darle instrucciones sobre cómo incitar a los dos hombres a que se pongan de acuerdo como para dar sermones –tanto al chófer como a nosotros— sobre la naturaleza del conflicto y lo importante que es su resolución.

Derroche de idealismo

Si dos hombres atrincherados en ideologías enfrentadas entre sí pueden hablar de fútbol y de sus respectivas mujeres y sus hijos y verse el uno al otro como los seres humanos que son, sugiere la película, entonces católicos y protestantes –o israelíes y palestinos, o independentistas catalanes y españolistas—podrán convivir en paz y armonía. Tal derroche de idealismo resultaría menos ingenuo si cada una de las escenas de 'El viaje' no estuviera tan increíblemente mal escrita.

Todo lo que Paisley y McGuinness debaten son obviedades sobre si el fin justifica los medios, y si la violencia contra inocentes es legítima

De entrada, la charla resulta inconfundiblemente plomiza a pesar de ir a menudo acompañada de una banda sonora propia de intriga de espionaje. Todo lo que Paisley y McGuinness debaten son obviedades sobre si el fin justifica los medios, y si la violencia contra inocentes puede ser legitimada, y dónde está la línea que separa al luchador por la libertad del terrorista, y demás cosas que ellos y nosotros ya sabemos. Y las verbalizan como si en lugar de conversar estuvieran leyendo extractos de la Wikipedia de un teleprónter. Similarmente artificiosos resultan los obstáculos que el coche se encuentra en el camino, como una rueda pinchada, un depósito de combustible vacío o una visita inexplicable a una iglesia.

'El viaje'.
'El viaje'.

Por último, ni siquiera entendida como duelo interpretativo entre los actores Timothy Spall y Colm Meaney resulta la película efectiva. Porque si Meaney se sitúa en un registro naturalista que nos permite empatizar con los dilemas morales que McGuinness sufre por el daño infligido en la lucha por su causa, Spall aprovecha la oportunidad que Paisley le proporciona para ofrecernos un festival de muecas, mohínes, aspavientos y demás excesos histriónicos que, al rato, dejan de ser involuntariamente risibles para empezar a resultar irritantes. Lo mismo, de hecho, puede decirse de la película en su conjunto.

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