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'La cordillera': Ricardo Darín sube a la cumbre de la política

El tercer largometraje de Santiago Mitre sitúa al presidente de Argentina en un 'thriller' político de altos vuelos que sienta al poder en el diván

Foto: 'La cordillera'.
'La cordillera'.

En el arranque de 'Paulina', la anterior película de Santiago Mitre, la abogada que daba nombre a la película mantenía una larga conversación con su padre juez, en una confrontación dialéctica de dos formas casi opuestas de entender la práctica política desde la izquierda. La hija defendía la labor a pie de calle mientras su progenitor reclamaba que sin el trabajo en las instituciones no se podían garantizar los derechos. El resto del filme se podía considerar un desarrollo de cómo la protagonista se mantenía fiel a su ideología incluso en una situación extrema. Si 'Paulina' exploraba las contradicciones y retos de la política desde abajo, 'La cordillera' se adentra en el universo de la alta política a través de la figura ni más ni menos que del presidente de Argentina, un tal Hernán Blanco al que da vida el ubicuo Ricardo Darín, y su participación en una cumbre iberoamericana donde se debe cerrar un pacto comercial en torno al comercio del petróleo al margen de posibles injerencias por parte de Estados Unidos.

A partir del seguimiento de un mensajero a punto de entregar un paquete, la cámara se adentra al principio del filme en la Casa Rosada a través de la puerta de servicio. No resulta fácil llegar al corazón del poder, parece decirnos Mitre. Pero a partir de aquí ya no se mueve apenas del lado del presidente. Blanco es un político de perfil gris que hizo su carrera en provincias, algo que todavía se le reprocha con cierta arrogancia en la prensa. En su primera parte, la película aparenta centrarse en cómo se las arreglará este dirigente al que se considera 'un hombre normal' en una cumbre internacional de este tipo, proclive a las carambolas maquiavélicas, las conversaciones de doble filo y los pactos bajo mano.

Al contrario de lo que sucedía en 'Paulina', aquí el director no está interesado en la ideología de base del presidente. Blanco no encarna de forma explícita la doctrina de ningún partido en concreto, tampoco pretende emular a ninguna figura del panorama político actual en Argentina. En este caso, a Mitre le interesa diseccionar al político como hombre de poder más que analizar la coherencia entre teoría y práctica ideológica.

Mal de altura

La aparición en la cumbre de la hija de Blanco, Marina (Dolores Fonzi, colaboradora habitual de Mitre), da un vuelco al registro del filme. Su presencia se justifica porque su exmarido está poniendo en jaque al presidente con una demanda. Pero no tarda en quedar claro que Marina arrastra un trauma psicológico y este estalla en el peor momento. Blanco solicita la ayuda de un psiquiatra que somete a la mujer a hipnosis. En la sesión afloran una serie de inquietantes recuerdos ligados al pasado familiar de los Blanco. Así, el filme se adentra en un terreno más propio del 'thriller' psicológico o de misterio, en una forma tangencial de tumbar al poder en el diván e insinuar que Blanco quizá no resulta tan corriente y gris como aparenta. Marina encarna así a la mujer víctima indirecta de la onda expansiva que entraña la autoridad del padre o el marido, arquetipo trágico que representarían desde la 'Ofelia' de Hamlet a la hija de Michael Corleone en 'El Padrino: parte III'.

Se adecua a lo que en jerga se denomina 'elefante blanco', ese tipo de película que se da a sí misma mucha más importancia de la que tieneResulta curioso cómo 'La cordillera' se relaciona con cierta ficción televisiva interesada también en desvelar los entresijos del poder político. En su primer tercio, parece emular incluso las rutinas de 'El ala oeste de la Casa Blanca' o 'House of Cards'. Al mismo tiempo, marca distancias con las narrativas más explícitas y evidentes de las series, al mantener un punto de ambigüedad en torno al personaje protagonista. Pero, como esas ficciones, 'La cordillera' también acumula tics ligados a la idea de prestigio. Por ejemplo, todas esas metáforas y símbolos que redundan en las dobles lecturas del filme, empezando por el título (tanto en español como en inglés, 'The Summit'), y pasando por el apellido del presidente, las imágenes recurrentes de caballos o la localización en ese hotel aislado en la cumbre de la cordillera de los Andes, entre otras. Además, el personaje de la periodista que encarna Elena Anaya acaba resultando un tanto ridículo en su afán de otorgar un plus de supuesta profundidad al retrato político.

La factura visual así como la magnificente banda sonora de Alberto Iglesias redundan en la idea de que 'La cordillera' se adecua a lo que en jerga cinematográfica se denomina 'elefante blanco', ese tipo de película que se da a sí misma mucha más importancia de la que tiene. Porque bajo su sofisticada puesta en escena de 'thriller' político de altos vuelos que no quiere dárselo todo mascado al espectador, 'La cordillera' acaba desplegando una lectura harto convencional en torno a lo que supone el ejercicio del poder. En ese mismo sentido, la ópera prima de Santiago Mitre, 'El estudiante', ofrecía una visión mucho más fresca, atípica e inesperada.

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