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'Maudie': la pintora que enamoró a Norteamérica sin salir de su casa

El filme recupera la figura de Maud Lewis, una pintora naíf que se hizo un hueco en el panorama artístico de su país a pesar de vivir y trabajar en los márgenes

Foto: Ethan Hawke y Sally Jenkins en 'Maudie:el color de la vida'. (Karma Films)
Ethan Hawke y Sally Jenkins en 'Maudie:el color de la vida'. (Karma Films)

"No soy una lisiada, solo camino diferente", afirma la protagonista de 'Maudie' ante el que será su marido. Nacida en 1903, la artista canadiense Maud Lewis padeció de joven una artritis reumatoide que afectó a su movilidad y al aspecto de su cuerpo. Sin embargo, la enfermedad no le impidió aficionarse a la pintura. Ya de pequeña confeccionaba, a instancias de su madre, coloridas tarjetas para felicitar las Navidades. De adulta empezó a trabajar para un pescador local, Everett Lewis, con el que se acabó casando. Maude decoraba el diminuto hogar de ambos con alegres motivos de la naturaleza. Su estilo naíf obtuvo cierta popularidad y consiguió ganarse la vida gracias a sus cuadros de colores llanos repletos de tulipanes, gatos, bueyes, ciervos y los paisajes marinos de su zona.

Tan famosa en Norteamérica como prácticamente desconocida en Europa, la figura de Maud Lewis era sin duda carne de biopic. Resulta toda una singularidad como artista, en tanto se escapa de las corrientes más en boga a lo largo del siglo XX y de los tópicos con que se asocia a los pintores. Ni bohemia, ni atormentada, ni estrella ni postmoderna, sino todo lo contrario, Lewis sin embargo sí responde a otro lugar común que se adora en las narrativas en torno al mundo del arte: la del genio anónimo que alguien descubre por azar. Además, la pintora consiguió notoriedad a pesar de desarrollar toda su obra sin moverse del lugar donde residía. Para más inri, las dificultades y dolores físicos con los que convivió toda su vida y el hecho de haber salido adelante a pesar de la poca confianza que le mostraron sus allegados convierten su vida en un ejemplo perfecto de historia de superación personal.

Sally Jenkins en 'Maudie: el color de la vida'. (Karma Films)
Sally Jenkins en 'Maudie: el color de la vida'. (Karma Films)

La película que le dedica la directora irlandesa Aisling Walsh 'Maudie, el color de la vida' capea con tantos aciertos como errores los tics de este tipo de drama biográfico. Arranca con la protagonista ya adulta, cuando se ve obligada a vivir con su tía porque sus padres han muerto y su hermano se vende la casa familiar para cubrir unas deudas. Walsh huye de la victimización del personaje y, sin tampoco apelar a la épica del optimismo, nos presenta a una Maud que intenta ser feliz a pesar de un entorno que la minusvalora y la margina por su condición física.

Maud intenta ser feliz a pesar de un entorno que la minusvalora y la margina por su condición física

Determinada a vivir su vida a pesar de los pesares, la mujer responde a una oferta de empleo de un cuarentón soltero que requiere a una criada. Así conoce a Everett, que la aloja en su minúscula casa de madera en medio de la nada. El hombre vive en unas condiciones más propias del siglo XIX, sin electricidad ni agua corriente. Para embellecer un hogar tan austero, Maude pinta motivos alegres en las paredes, las escaleras, las puertas... Una clienta de Everett proveniente de Nueva York descubre su talento y empieza a promocionarla. El relativo éxito de la pintora no cambia su estilo de vida. Se mantiene al lado del gruñón de su marido, en su casita de madera sin comodidades pintado cada día al menos una nueva obra.

Otro fotograma de 'Maudie: el color de la vida'. (Karma Films)
Otro fotograma de 'Maudie: el color de la vida'. (Karma Films)

Walsh construye su película a la medida del personaje. Como la pintora, el film no abandona el marco de los paisajes límpidos, abiertos y ventosos de Nueva Escocia donde Maude residió hasta su muerte y que le sirvió de inspiración para todos sus cuadros. Así también calibra su éxito desde su punto de vista. No hay ninguna escena que nos muestre al mundillo del arte hablando sobre su obra, a Richard Nixon (su cliente más famoso) descubriendo sus cuadros o a docenas de aficionados interesándose de repente por sus pinturas.

La película abusa de la idealización de la supuesta sencilla felicidad en la que viven sumergidos los dos protagonistas

La directora rehuye así un triunfalismo que no se correspondería tampoco con la discreción de Maude. En contrapartida, 'Maudie' apela al recurso más fácil y sentimentaloide la primera vez que la pintora aparece en un reportaje televisivo al ofrecer como contraplano los rostros sorprendidos de los familiares que no la apoyaron. Aunque la casita pintada de Maude y Everett se ha considerado una obra artística en sí misma hasta el punto de que se conserva en la Galería de Arte de Nueva Escocia, la película también abusa de la idealización de la supuesta sencilla felicidad en la que viven sumergidos los dos protagonistas.

Cartel de 'Maudie'
Cartel de 'Maudie'

Porque lo más insólito del film es la pareja que forman Maude y Everett, un par de seres solitarios que acaban juntos más por roce que por cariño. Esta relación entre un tipo huraño, casi analfabeto y rudo con una mujer afectada de reumatismo que se destapa como sensible artista no encaja con las historias románticas al uso. El film parece apuntar a situaciones duras y directamente sórdidas entre ambos, pero no se atreve a ahondar en ello y prefiere refugiarse en la reconfortante idea de que fueron felices a pesar de todo. Ver a Ethan Hawke en el papel de un hombre soltero sin ningún atractivo aparente también resta cierta credibilidad al personaje. Esta cierta edulcoración de la historia juega en contra de 'Maudie'. Al fin y al cabo se trata de reivindicar sin paternalismos a una mujer excepcional como pintora y como persona. Por lo que resulta innecesario suavizar los aspectos menos complacientes de la vida de Maude para rescatar su figura.

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