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'American Pastoral': una novela muy buena... y una película muy mala

Ewan McGregor dirige y protagoniza esta torpe adaptación del premio Pulitzer, una versión de la historia no solo simplista sino reaccionaria

Foto: Fotograma de 'American Pastoral'.
Fotograma de 'American Pastoral'.

Suele decirse que es más fácil hacer una buena película a partir de una mala novela que a partir de una buena, y tiene sentido. Lo que el cine suele buscar en la literatura son argumentos laberínticos e impredecibles giros argumentales; el lenguaje exquisito es algo que no suele salir bien parado del traslado de la página a la pantalla. Es una forma de explicar que 'American Pastoral', una novela muy buena —quizá la más aclamada de Philip Roth, y decir eso es decir mucho—, ahora es también una película muy mala.

Reconózcase que era de esperar. Quien más quien menos asume que Roth es un autor prácticamente inadaptable, por la dificultad que entraña comprimir sus grandes ideas y porque su prosa punzante y densa y a la vez fluida es imposible de reproducir. Pese a ello, curiosamente, los guionistas y directores se empeñan en seguir intentándolo. En ese sentido, la osadía exhibida por Ewan McGregor al escoger precisamente 'American Pastoral' para debutar tras la cámara es casi admirable. Dicho esto, son tantas las cosas que hace mal en el intento que resulta difícil saber por dónde empezar a enumerarlas.

Ewan McGregor y Jenniffer Connelly, en 'American Pastoral'.
Ewan McGregor y Jenniffer Connelly, en 'American Pastoral'.

Lo que Roth cuenta en el libro que le dio el Pulitzer es, esencialmente, la destrucción del sueño americano. Su protagonista, Seymour Levov —alias 'el Sueco'—, es un emblema del patriotismo y la rectitud moral a quien el destino parece reservar una vida perfecta junto a una esposa perfecta y una hija perfecta. Pero la niña, Merry, desarrolla primero un tartamudeo y después una inapropiada atracción por su padre, y poco a poco se convierte en una adolescente furiosa. Cuando Vietnam estalla, Merry va radicalizándose. Se enfrenta a sus progenitores, que aseguran oponerse a la guerra pero no dejan que nada altere su cómoda existencia suburbana. Y un día, tras hacer estallar una bomba en un edificio de Correos que mata a una persona inocente, desaparece. A partir de ese momento, mientras mueve cielo y tierra tratando de encontrar a su hija, la sonrisa vacua del Sueco se vuelve del revés, y su perfecta vida de postal queda completamente destruida.

A partir de ese momento, la perfecta vida de postal del Sueco queda completamente destruida

El más visible traspiés de la nueva película es que omite un detalle crucial: la historia que 'American Pastoral' cuenta no es estrictamente lo sucedido; parte de ella es producto de la imaginación de Nathan Zuckerman, álter ego del propio Roth que en realidad es quien se la cuenta al lector. McGregor presenta a Zuckerman como un narrador convencional y la historia del Sueco como la verdad objetiva. El cambio no solo elimina la ironía del relato y apisona sus matices, en realidad altera el sentido por completo. 'American Pastoral' es una reflexión sobre la nostalgia y el proceso mitificador que conlleva, pero tras la cámara McGregor no parece darse cuenta de ello.

McGregor y Connelly, en otro fotograma de 'American Pastoral'.
McGregor y Connelly, en otro fotograma de 'American Pastoral'.

En sus torpes manos, esta historia se convierte en un retrato más de los convulsos años sesenta, rutinariamente aderezado con escenas de disturbios callejeros, alusiones a la liberación sexual y montajes de imágenes al ritmo de 'For What It’s Worth', de Buffalo Springfield —a estas alturas, debería estar prohibido usar esa canción en las películas—, y que se las arregla para ofrecer una versión de la historia no solo simplista sino reaccionaria. En los buenos tiempos todo eran paisajes verdes y soleados, hasta que llegó la contracultura para arruinarlo todo, y América se convirtió en una sucesión de callejones oscuros.

Tampoco delante de la cámara sale McGregor bien parado. En su piel, Levov no es más que una pulcra fachada, alguien cuyo presunto carisma es constantemente desmentido a base de movimientos y diálogos agarrotados y que, como la película que protagoniza, carece de la personalidad suficiente como para dejarse llevar por la obsesión y adentrarse en la locura, pese a que eso precisamente es lo que sus circunstancias requieren. Y, al fin y al cabo, así es como Roth concibió la historia. ¿Qué necesidad había de echarla a perder? ¿Qué sentido tiene adaptar una novela —especialmente una como esa— si la intención es descartar todo lo que la hace interesante?

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