ESTRENOS DE CINE

'Múltiple': la resurrección de un Shyamalan al borde de la locura

Shyamalan resurge de sus cenizas con un 'thriller' protagonizado por James McAvoy y Anya Taylon-Joy

Foto: James McAvoy protagoniza 'Múltiple'.
James McAvoy protagoniza 'Múltiple'.

A todos los sucesos sorprendentes que han tenido lugar recientemente —el Brexit, la victoria de Trump, la subida del precio de la luz—, ahora hay que añadir uno más: M. Night Shyamalan ha hecho una película decente. 'Múltiple', conste, representa un logro solo moderado, pero suficiente para ser considerada como un resurgir después del bache creativo que el director ha atravesado a lo largo de la última década y de títulos como 'El bosque' (2004), 'La joven del agua' (2006), 'El incidente' (2008), 'Airbender, el último guerrero' (2010) y 'After Earth' (2013). 'La visita' (2015) era menos horrible que sus predecesoras y eso explica que muchos la confundieran con una película buena.

'Múltiple': la resurrección de un Shyamalan al borde de la locura

Para volver a la vida, Shyamalan ha optado por el tipo de premisa que nutre a la serie B. Tres muchachas son drogadas por un rapado (James McAvoy) y despiertan en un cuartucho húmedo y sin ventanas. Su captor se llama Kevin, aunque esa es solo una de sus 23 personalidades. También está Dennis, que es un obsesivo-compulsivo; Patricia, una intimidante beata; Barry, aspirante a diseñador de moda, y Hedwig, un niño de nueve años que es aficionado al rap y se encapricha con Casey (Anya Taylor-Joy), la más destacable de las cautivas. Los diversos McAvoys no plantean una amenaza inmediata, pero no dejan de hablar de la inminente llegada de una nueva y aterradora personalidad, La Bestia.

En buena medida, por supuesto, 'Múltiple' se apoya en la habilidad de McAvoy para alternar continuamente personalidades y convertir su rostro en un lienzo en blanco en el que todas ellas se van proyectando. Sin duda, habrá quienes pongan pegas por las descaradas libertades que Shyamalan se toma a la hora de retratar los efectos del transtorno de identidad disociativo. Por un lado, eso es algo de lo que se podría acusar hasta a una obra maestra como 'Psicosis', a la que 'Múltiple' cita sin reparos.

Cuando traspasa los límites del sentido común y el buen gusto —o precisamente cuando lo hace—, la película resulta del todo convincente

Por otro, insistamos en que 'Múltiple' lleva su condición de cine 'trash' tatuada en la frente y, como tal, es lógico que se tome la libertad de explotar los miedos y la ignorancia que rodean a las enfermedades mentales en pos del susto —no es la única que se toma: también insiste en quitarles la ropa a sus actrices y pasear la cámara por sus carnes prietas—. E incluso cuando traspasa los límites del sentido común y el buen gusto —o precisamente cuando lo hace—, resulta del todo convincente.

James McAvoy y Anya Taylor-Joy, en 'Múltiple'.
James McAvoy y Anya Taylor-Joy, en 'Múltiple'.

La gran baza de Shyamalan es que siempre ha sido un narrador lleno de empatía y proclive a explorar con honestidad los traumas de sus personajes, que son muchos. Casi todos los habitantes de sus películas son gente que sufre muchísimo, y que del sufrimiento a menudo obtienen poderes excepcionales de percepción y resistencia.

La conexión hace que la eventual batalla entre ambos resulte no solo cada vez más tensa sino también genuinamente conmovedora En 'Múltiple', esa descripción no solo alude a Kevin/Dennis/Patricia/Barry/Hedwig sino también a Casey. La película nos ofrece 'flashbacks' del pasado de la muchacha que nos explican de dónde proviene su instinto de supervivencia y la delatan como una persona tan profundamente dañada como su captor por una infancia problemática. Esa conexión hace que la eventual batalla entre ambos resulte no solo cada vez más tensa sino también genuinamente conmovedora.

Cartel de 'Múltiple'.
Cartel de 'Múltiple'.

Durante más o menos sus dos primeros tercios —en el tercero, los personajes dejan de avanzar, y empiezan a hacerse patentes problemas de ritmo y cierto exceso de metraje—, 'Múltiple' exhibe una energía y una capacidad atmosférica admirables, convenciéndonos de que en cualquier momento podría haber un estallido de violencia brutal; Shyamalan siempre ha sabido cómo agarrarnos por el cuello. También vuelve a demostrar lo bien que se le da jugar con las expectativas que estar viendo una película suya nos provoca. Pasamos la película preguntándonos si lo que vemos en pantalla es de fiar y si, como a menudo en el cine de Shyamalan, va a haber giro final.

En ese sentido, catalogar de giro lo que el director nos ofrece en 30 segundos de película no sería exacto: es más bien un golpe de efecto dedicado a los más acérrimos fans y que hará a más de uno escupir un sonoro 'watafak!' a la pantalla. Y que confirma que, a estas alturas, quizá Shyamalan ya no sea capaz de recuperar la elegancia y el control narrativo que exhibió al principio de su carrera, pero tiene más ganas de divertirse que nunca.

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