Festival de San Sebastián: ¿A quién puede matar un niño? Sangre en el patio de recreo
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¿A quién puede matar un niño? Sangre en el patio de recreo

El director polaco Bartosz M. Kowalski se estrena en el largometraje con 'Plac Zabaw', una película sobre la violencia juvenil que compite por la Concha de Oro

Foto: Przemek Balinski y Nicolas Przygoda, en un fotograma de 'Playground' ('Plac Zabaw').
Przemek Balinski y Nicolas Przygoda, en un fotograma de 'Playground' ('Plac Zabaw').

Erik Smith. Robert Thompson y Jon Venables. Joshua Philips. Craig Price. Brenda Spencer. George Stinney. Mary Bell. Nombres y apellidos, todos ellos, de menores de edad. Protagonistas de la crónica negra, de sucesos que conmocionaron a la sociedad y que permanecen en la memoria colectiva. Porque, ¿qué narices le pasa a la sociedad cuando los que matan son los niñosnbsp;Porque el ser humano es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe. Porque, si todavía no ha tenido tiempo de ser corrompido, ¿cómo es posible que un niño sea capaz de mancharse las manos de sangre?

Con el recuerdo de Robert Thompson y Jon Venables en la recámara, el director polaco Bartosz M. Kowalski indaga en los motivos que unen a un niño con la crueldad en 'Playground' ('Plac Zabaw'), su debut en el largometraje, que compite en la Sección Oficial de la 64ª edición del Festival de San Sebastián. La mojigatería es detestable, es cierto. Pero más detestable aún es la pornografía subversiva gratuita, que se divierte abriendo bocas y alardea de haberse atrevido a cruzar la línea, sin darse cuenta de que no había línea que cruzar sin quedarse en la obviedad. Y ese es el problema de 'Playground' ('Plac Zabaw').

¿A quién puede matar un niño? Sangre en el patio de recreo

Porque los cuentos siempre han enseñado que los niños son buenos. Que los malos son los lobos, los gigantes o los dragones. Intentamos olvidar esos años de colegio y de instituto cuando éramos víctimas o copartícipes de motes como 'El Gusano' o 'El Mojón', de las collejas que se llevaba la hija de la lotera o de las burlas de los compañeros a la chica que era demasiado alta o demasiado baja o demasiado gorda o demasiado flaca. Y además, ahora, con las redes sociales y los móviles, ese maltrato que antes quedaba encerrado en las cuatro paredes trasciende el aula y se expande incontrolable. E inexplicablemente nos sorprenden esas noticias que, día sí día también, aparecen en las páginas interiores de algún periódico o en las noticias del mediodía, donde un caso de acoso escolar ha acabado yéndose de las manos con consecuencias trágicas.

Kowalski retrata en su debut en el largometraje esa Polonia tan gris y fría de las películas, un país de hormigón donde parece que siempre llueve, a través de tres de los personajes principales, pertenecientes a distintas clases sociales, que solo pueden acabar confluyendo en el 'playground' o patio de recreo. Es el último día de clase y los alumnos de 12 años llevan flores a sus profesoras —unas flores en las que, según la cantidad, la variedad y el tamaño, trasciende el poder económico de cada familia— y despiden el año escolar con canciones y actuaciones y propósitos para el nuevo curso.

Kowalski retrata en su debut en el largometraje esa Polonia tan gris y fría de las películas, un país de hormigón donde parece que siempre llueve

Y de forma capitular, Kowalski presenta a tres de los protagonistas de la película: Gabrysia, un niña tímida y algo acomplejada por su envergadura, que vive en un lujoso chalé unifamiliar y que espera que en este último día algún chico la bese —o algo más—; Szymek, un chico de cara angelical, de clase media, que con mayor o menor entusiasmo cuida de un padre minusválido ante la ausencia de su madre, y Czarek, el hijo mediano de una familia con pocos recursos con un padre —también— ausente y con la misma cantidad de zlotys que de calor familiar.

Y aquí el director comienza un juego en el que lo sugerido empieza a crear un clima inhóspito que cala en el espectador, una sensación de extrañeza e inquietud muy bien trabajada y apoyada en unos niños que parecen permanentemente incómodos, dicho como cumplido y no como crítica. Kowalski salta de un punto de vista a otro y sigue a los personajes muy de cerca, unos adolescentes curiosos, con ganas de explorar los caminos que la madurez, supuestamente, tiene preparados para ellos. Y es que el cineasta elige esa edad en la que llaman tanto la atención una bola de plastilina como un condón sin usar, y en la que que una chica use maquillaje y un chico se atreva a decir palabrotas otorga indiscutiblemente el certificado de la mayoría de edad.

Una obscenidad imperdonable, sobre todo cuando en vez de construir una ficción, se reconstruye una realidad. En definitiva, pornografía de sangre, película cruel

Kowalski añade poco a poco diferentes grados y formas de crueldad que van dibujando el perfil poco alentador de los protagonistas, cuyas aparentemente disculpables muestras de insensibilidad preparan el terreno para la traca final, donde la película cae en el regodeo de la abyección. Porque, aunque en la distancia, Kowalski nos hace mirar y, en parte, ser partícipes. Lo enseña todo y no escatima en detalles. Limpiarse la suela del zapato, por ejemplo. No esconde. No aparta la mirada en ningún momento. Y es aquí cuando la película se contagia: 'Playground' consigue inmolarse en un solo plano, en un plano retorcido y gratuito. Si se busca una reflexión sobre las psicopatías juveniles, ¿qué sentido tiene deleitarse en el acto y hacernos cómplices pasivos? Una obscenidad imperdonable, sobre todo cuando en vez de construir una ficción, se reconstruye una realidad. En definitiva, pornografía de sangre, película cruel.

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