ESTRENOS DE CINE

'Heidi': una fiel adaptación del clásico directa al corazón

La belleza de los paisajes, la interpretación de Bruno Ganz como el abuelo y el carisma de Anuk Steffen como protagonista cautivan en esta historia basada en el libro de Johanna Spyri

Foto: Fotograma de 'Heidi'.
Fotograma de 'Heidi'.

No es 'Adiós al lenguaje' ni lo pretende. Quien busque arte y ensayo, aquí no lo va a encontrar. Pero es cine en su concepción más llana, una construcción sencilla que apela a las emociones y que, sin exigir, deja un buen sabor de boca. 'Heidi' es una invocación a los buenos sentimientos, a la nostalgia amable, que, a pesar de su clasicismo, consigue transpirar una frescura y una vitalidad reconfortantes, un punto de conexión entre el espectador adulto, que recibe la llamada del recuerdo infantil, y el niño, receptor de un canto a la libertad, el amor, la amistad, y que empuja a la superación de los prejuicios y de los miedos más enquistados.

'Heidi': una fiel adaptación del clásico directa al corazón

El director suizo Alain Gsponer vuelve al clásico de Johanna Spyri en su enésima adaptación -Shirley Temple ya fue Heidi en 1937-, en una película que se apoya con fuerza en una trabajada fotografía -aunque deja la sensación de que se podrían haber aprovechado mejor las localizaciones exteriores- y en el carisma de sus actores principales, tanto Bruno Ganz ('El hundimiento', 2004) como -y sobre todo- la debutante Anuk Steffen, que despliega todo su desparpajo, naturalidad y ternura en cada uno de los planos.       

El descubrimiento de Anuk Steffen

Es innegable que gran parte de la película se sustenta sobre los hombros de esta actriz suiza de 11 años, que en el primer papel de su vida consigue atrapar la pantalla, ya no solo por sus cualidades físicas -nariz chata, pecas, sonrisa entre traviesa e inocente- sino por la energía y la alegría que transmite a un personaje ya de por sí enternecedor. Suena muy edulcorado, y lo es, pero de vez en cuando se agradece darse un gusto indulgente con un drama buenista, inocuo y decimonónico para adelgazar capas de descreimiento y escepticismo posmoderno, para variar.

A veces se agradece darse un gusto indulgente con un drama buenista e inocuo para adelgazar capas de descreimiento y escepticismo posmoderno

La cámara sigue a una vivaz Steffen a través del paisaje montañoso y salvaje del cantón suizo de los Grisones, retratado con todo el verdor vibrante de la primavera, la luminosidad del verano y la fría y vasta blancura del invierno. Los grandes planos generales capturan las montañas, abruptas e imponentes, los lagos, las amplias explanadas por las que Heidi juega indómita, empequeñecida por la altura de los pinos que se recortan contra el cielo nublado. La cinematografía consiste en transmitir la tosquedad de los Alpes suizos, de los materiales -la roca, la tierra, la madera- que retrotraen a algo primitivo y sencillo, a algo básico como es la libertad despojada de cualquier artificio.

Fiel a las novelas que Spyri comenzó a publicar en 1880, la película mantiene el espíritu romántico y humanístico del texto y no se desvía en ningún momento del camino preestablecido. El filme retoma a través del contraste las ideas de independencia y subyugación -a los cánones sociales, a la costumbre, a la rigidez decimonónica-, de espontaneidad y encorsetamiento, de sencillez y artificio y de las relaciones de verdad frente a la convivencia interesada. Tanto Spyri como Heidi buscan esa fórmula donde la ilustración y lo prosaico se cruzan en una combinación con lo mejor de los dos mundos. Y todo se cuenta conservando la esencia benigna e inocente de los libros, sin un ápice de mordacidad.

Poco a poco, el abuelo y la niña aprenderán a convivir y a entenderse y construirán un fuerte vínculo de aprendizaje y admiración mutua

Después de que le ofrezcan un trabajo en la ciudad y ante la imposibilidad de seguir cuidándola, Dete decide llevar a Heidi (Steffen), su sobrina huérfana, junto a su abuelo, que vive en una pequeña choza de madera perdida en medio de las montañas suizas. Después de muchos años de aislamiento, el abuelo (Ganz) se ha acostumbrado a vivir en soledad y no recibe con agrado la compañía de su nieta. Poco a poco, el abuelo y la niña aprenderán a convivir y a entenderse y construirán un fuerte vínculo de aprendizaje y admiración mutua: Heidi aprenderá a desenvolverse por sí misma, los trucos y herramientas funcionales para la pura subsistencia, mientras que el anciano se reencontrará con algo que pensaba haber perdido hace mucho tiempo: el sentimiento de amor. En este punto, los cinéfilos más escépticos estarán pidiendo clemencia e insulina a gritos. Pero muchas veces es solo cuestión de apartar los prejuicios a un lado y dejarse llevar.

Del campo a la ciudad

La amplitud y libertad del entorno en el que vive con el abuelo contrastarán con la angostura tanto de la geografía como de la mentalidad de los habitantes de Fráncfort, donde su tía Dete ha encontrado a los Sesemann, una familia rica que cuidará de Heidi a cambio de que haga compañía a Klara (Isabelle Ottman), la hija inválida, miedosa y caprichosa, huérfana de madre y criada bajo la tutela implacable de la señorita Rottenmeier (Katharina Schüttler), su rígida institutriz. Heidi se encontrará en una encrucijada donde tendrá que elegir entre una exquisita y privilegiada -pero almidonada- educación y una existencia sin carencias materiales y el amor puro de su abuelo, que solo le puede ofrecer una pequeña escuela rural, un jergón de heno, una silla de madera tallada con sus propias manos y la infinitud de la naturaleza para explorar.  

Las calles y las casas de Fráncfort provocan una sensación de cartón piedra barato que desluce el resultado

En ese contraste buscado entre el mundo del abuelo y el mundo de la familia se encuentra uno de los peros de 'Heidi'. Aunque el objetivo de la escenografía de la ciudad busque señalar la artificiosidad de la vida de los Sesemann, las calles y las casas de Fráncfort provocan una sensación de plató, de cartón piedra barato que desluce el resultado. Y este cartón piedra es también aplicable a la interpretación de la actriz que da vida a la señorita Rottenmeier, más propia de una serie de Disney Channel que de una producción europea de casi nueve millones de euros.

Y aunque la mayor parte del tiempo Gsponer consigue vadear la 'pastelada' excesiva, uno de los mayores desaciertos es el uso de la música; el director repite una y otra vez un 'leitmotiv' omnipresente, que acaba perdiendo el sentido y consigue convertirse en un recurso verdaderamente molesto y que desmerece el trabajo de equilibrio que -teniendo en cuenta la historia en sí- la película consigue llevar a buen puerto. 

'Heidi' es una película que no busca nada más allá de la emoción, tan sencilla en sus objetivos como en su planteamiento

'Heidi' es una película que no busca nada más allá de la emoción, tan sencilla en sus objetivos como en su planteamiento y consecuente con el mensaje de la obra original. Un filme bello en su factura, agradable de ver y en el que casi todo -salvo la música y los decorados urbanos- está en su sitio, sin chirriar. Una adaptación que se mantiene fiel a un discurso blanco y amable -casposo y pueril, que dirán los escépticos- que, aunque no aporta nada nuevo, supone un bálsamo de optimismo en medio de una realidad donde la inocencia se pierde cada vez antes.  

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