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Chantal Akerman, el suicidio de una cineasta de culto

El festival de cine experimental y de vanguardia Filmadrid homenajea a Chantal Akerman con la proyección en el Cine Doré de su primer corto y su última película.

Foto: La cineasta belga Chantal Akerman
La cineasta belga Chantal Akerman

Fue el 5 de octubre de 2015. No ha pasado ni un año. Chantal Akerman se suicidaba en París. Un año antes, su madre, Natalia, moría después de un largo y doloroso deterioro que la cineasta belga filmó implacable durante meses en la que acabaría siendo su última película, 'No home movie'. Una caída tonta. Las primeras lagunas mentales. ¿Dónde fuimos ayer? No me acuerdo. Ya no comes nada, tienes que comer más. Así hasta un sillón vacío en una casa vacía en un plano vacío. Akerman se vació entera. Hasta la médula.

El festival de cine independiente Filmadrid ha querido homenajear un año después a la cineasta belga con una proyección de su primer corto y su última película. La letra capitular y el punto final de su filmografía juntos en la pantalla del Cine Doré. La juventud, el absurdo y la experimentación del primero frente al quejido lánguido y crepuscular de su obre final.

Chantal Akerman, el suicidio de una cineasta de culto

Akerman se desnuda y muestra sus vísceras en una confesión difícil de mirar. La muerte, poco a poco se va haciendo presente, dentro y fuera del plano. Una sombra plomiza invade las estancias a ritmo de estertores. La imagen pierde foco al tiempo que la turbiedad va nublando la mente de una Akerman que predice la pérdida.

En medio de un paraje desértico, el viento sopla. Las hojas de un árbol solitario se mueven. Una casa. A la mesa de una pequeña cocina, la cineasta y su madre recuerdan. En 1938 su familia huyó de Polonia a Bélgica cuando Hitler ya acechaba. En Auschwitz, el padre y la madre de Natalia perdieron la vida. “Papá lo vio antes que nadie. Los belgas miraron hacia otro lado”, se lamenta.

Natalia y Chantal comparten anécdotas frente a un espectador 'voyeur' que se ha colado en su casa, inmóvil y silencioso. Un mueble más en la cocina.

También recuerdan cuando la pequeña Chantal dejó la escuela judía. Cuando llegaba con las medias destrozadas de jugar en el patio. “Qué ojos tenías. Eras la niña con los ojos más bonitos. Todavía tienes los mismos ojos”. Natalia se sienta en el sillón. Mira la tele. Lee una revista. El viento sopla y la luz de la calle se cuela entre las cortinas. Natalia y Chantal comparten anécdotas y sentido del humor delante de un espectador 'voyeur' que se ha colado en su casa, inmóvil y silencioso. Un mueble más en la cocina.

Akerman y el vacío

Con 18 años Akerman dirigía, producía y protagonizaba 'Saute ma ville' ('Estalla mi ciudad', 1968). Apenas 13 minutos donde experimentaba con el absurdo, el juego con el sonido y la narración y donde descubría lo que se convertiría en la marca de la casa: los espacios vacíos, los personajes aparentemente alienados que entran y salen de ellos. Una chica llega con un ramo de flores, limpia, espera, come, vuelve a limpiar, pone las flores a remojo, pone cinta aislante en el marco de la puerta, luego en el de la ventana, luego prende el ramo de flores y enciende el gas.

En 'Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles' (1975), la película que la puso en el mapa de la crítica y los amantes del cine de autor, Akerman recupera algunos de los recursos narrativos y formales de ese primer cortometraje, pero opta por abandonar el estallido y envuelve un rumor sordo y latente, como el principio de una jaqueca, en una especie de abotargamiento vital. Todo es frío, mecánico, distante, aparentemente insulso para acabar construyendo un clima de violencia que de pronto duele como un puñetazo en el estómago.

Dos años después, Akerman dirige el documental 'News from home' ('Noticias de casa', 1977), la correspondencia entre la cineasta, que entonces reside en Nueva York, y su madre. Reproches, amor, celos, la ciudad de Nueva York frente a las cartas de Natalia. El futuro, las posibilidades de la ciudad frente al pasado, frente a las palabras de su madre que, poco a poco, van desapareciendo.

“Mi madre es el corazón de mi trabajo. Como madre ya no está aquí, me da miedo no tener ya nada que decir”

Sin embargo, y vistos los acontecimientos, Akerman nunca se desligó de la figura materna. En una entrevista en los meses previos a su muerte, la directora se sinceraba. “Mi madre es el corazón de mi trabajo. Como madre ya no está aquí, me da miedo no tener ya nada que decir”.

Y en su última película, su madre es el corazón, el centro y el hipocentro. Al principio, conversaciones a través de Skype y largas despedidas. Akerman está en Estados Unidos y su madre anhela la visita, cada cierto tiempo, de su hija Chantal. Y en esos espacios de tiempo, acompañamos a Akerman en su premonición del desenlace fatal. La casa se oscurece. Casi hay que guiñar los ojos para distinguir los muebles de las personas. El sonido de una respiración dificultosa. Y lo que es peor, el silencio. Y Akerman vuelve al final de su película al mismo paraje desértico, donde el viento sopla. Pero las hojas ya no se mueven porque el árbol ya no está allí.

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