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'Tres recuerdos de mi juventud': fantasías amorosas masculinas, instrucciones de uso

Arnaud Desplechin redunda en el imaginario masculino del amor tan alimentado por el cine francés

Foto: 'Tres recuerdos de mi juventud'
'Tres recuerdos de mi juventud'

“¿Alguien te ha amado más que a la propia vida? Yo quiero amarte así”, le declara Paul Dédalus, el joven universitario protagonista de 'Tres recuerdos de mi juventud' a Esther, la chica de la que se acaba de enamorar. Este primer amor ocupa la mayor parte del metraje de la nueva película de Arnaud Desplechin, sin duda el cineasta francés contemporáneo que mejor ha entroncado con esa tradición más sentimental que experimental de la Nouvelle Vague que representaría François Truffaut.

'Tres recuerdos de mi juventud' es de hecho una suerte de precuela de 'Comment je me suis disputé... (ma vie sexuelle)' (1996), su fresco generacional sobre jóvenes posuniversitarios en crisis en los años noventa y la película que le dio a conocer en el cine francés. Aquí, Mathieu Amalric retoma el personaje de Paul Dédalus, álter ego del director, que evoca desde el presente esas tres remembranzas que ocupan una proporción desigual a lo largo del filme.

'Tres recuerdos de mi juventud': fantasías amorosas masculinas, instrucciones de uso

El fantasma de la autoridad

'Tres recuerdos de mi juventud'.
'Tres recuerdos de mi juventud'.

El primer recuerdo, el mejor y el más breve, le retorna a esa infancia en Roubaix, al norte de Francia, con una familia infeliz marcada por la enfermedad mental de la madre. Paul rememora cuando se refugiaba en casa de esa su tía veterana y protectora que mantenía una relación con una mujer rusa. Como sucede con su anterior y magistral 'Un cuento de Navidad' (2008), este pequeño pero hermoso fragmento recuerda a 'Fanny y Alexander', de Ingmar Bergman, sobre todo en la presencia de unos hermanos que huyen del entorno familiar más próximo y temen reencontrarse con el fantasma de esa figura de autoridad ya muerta que todavía les asusta.

El segundo recuerdo se remonta a la adolescencia de Paul en los años ochenta, cuando con un grupo de amigos del instituto son reclutados durante un viaje a Minsk para ayudar a ciudadanos judíos que quieren huir a Israel. La historia es tan folletinesca que tiene su gracia. El muchacho se ve envuelto en una aventura de espionaje al otro lado del Telón de Acero que le reportará problemas años más tarde cuando viaje por los antiguos países de la Unión Soviética.

Si no fuera un cineasta tan lleno de talento, el filme podría funcionar como parodia de ese cine francés que se toma tan en serio a sí mismo

Pero es el tercer 'flashback', dedicado a su historia de amor posadolescente con Esther, el que preside la mayor parte de la película. Este recuerdo de juventud redunda en el imaginario romántico que ha construido buena parte de la ficción francesa a partir de que la Nouvelle Vague convirtiera en tema central de docenas de películas las tribulaciones sentimentales de sus protagonistas masculinos. Un imaginario en torno al artista/intelectual juvenil y romántico que aquí está ambientado a finales de los años ochenta pero que sirve para tantas otras épocas.

Sin blanca en París

Tenemos al joven universitario que aterriza en París, escribe cartas de amor en cafés mientras fuma un cigarrillo tras otro, deambula por la capital francesa con apenas cuatro chavos en el bolsillo, duerme en los sofás de parejas que hacen el amor y citan a Trotsky, deslumbra a profesoras brillantes de antropología (sustitutas en parte de esa tía que lo acogía cuando huía de su casa), se hace amante de una chica mayor que él, encuentra un ático con vistas a la Torre Eiffel... mientras no deja de escribir a su novia en Roubaix que le espera marchitándose cual Madama Butterfly de provincias.

He aquí otro protagonista masculino más enamorado de su idea del amor que de la mujer a quien dedica tantas palabras altisonantes

Si Arnaud Desplechin no fuera un cineasta tan lleno de talento, 'Tres recuerdos de mi juventud' podría funcionar por momentos como parodia de ese cine francés que se toma tan en serio a sí mismo a la hora de seguir alimentando cierta fantasía masculina en torno al amor. Su película es un buen ejemplo de ese romanticismo ensimismado en su propia idealización de una historia romántica donde la mujer solo interesa como ideal de belleza y como ser dependiente del amado.

“En general, me molesta la inteligencia en las mujeres, me parece demasiado vulgar”, le suelta Paul a Esther en una conversación con la Torre Eiffel de fondo. Detrás de esta frase se esconde toda una justificación de un vínculo de naturaleza sádica en que la personalidad de Esther queda reducida a la de una mujer que sufre para que el protagonista nutra su personalidad atormentada. A medida que la distancia entre Paul y Esther se incrementa debido a sus diferentes formas de vida, la universitaria parisina de él y la provinciana claustrofóbica de ella, a Desplechin no se le ocurre que la protagonista femenina funcione como reflejo de las limitaciones emocionales e intelectuales de esa pareja que dice adorarla pero no deja de observarla desde cierto paternalismo culpable. La pelea de gallos entre los dos antiguos amantes de Esther que sin embargo nada saben de su paradero actual es la escena culminante de este filme sobre otro protagonista masculino más enamorado de su idea del amor que de la mujer a quien dedica tantas palabras altisonantes.  

 
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