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'La Bruja', la diabólica semilla de la América puritana

'La bruja' ofrece momentos inquietantes a la vez que retrata los irreparables daños que el fanatismo religioso puede causar en un entorno en que la naturaleza humana se desborda

Foto: 'La bruja'.
'La bruja'.

La capacidad metafórica de la Norteamérica más conservadora, esa en que la semilla del diablo puede habitar en cualquier casa de bien, ha sido ilimitada a lo largo de la historia del cine. Ahí han estado Stanley Kubrick, John Carpenter, Shyamalan y muchos otros para diseñar simbólicos bosques sobre el miedo al otro, enloquecer a padres de familia en hoteles sepultados por la nieve o convertir a asesinos de máscara blanca en emblemas del mal del Estados Unidos más paranoico: ese que tiene tanto miedo a la libertad que no se cansa de proclamar.

'La bruja' retrata a una familia de calvinistas que se quedan a merced de un extraño bosque y de una misteriosa (y, de manera acertada, nunca visible en pantalla) mujer que parece querer destrozarlos poco a poco y uno por uno. El marco es la Norteamérica puritana del siglo XVII, la misma que vio morir a esas otras brujas de Salem y convirtió el terror a lo diferente en una forma de vida y de política genuinamente yanqui que perdura hasta los informativos de la CNN de anoche mismo.

Superstición e integrismo

'La bruja'.
'La bruja'.

Robert Eggers parece haberse aprendido bien la lección del terrorífico género en el que se enmarca la cinta, y cuida su criatura hasta extremos del todo plausibles. Su capacidad pictórica en cada encuadre no solo evoca, como se ha dicho, al Haneke de 'La cinta blanca', sino al barroco holandés y a ese cine de Dreyer en el que la religión y la fe eran la trastienda de historias muy poderosas. 'La bruja' se toma su tiempo para organizar el caos al que se ve sometida una familia marcada por la superstición y el integrismo religioso, ese que acabará destrozándolos y del que solo parece estar libre la hija adolescente, que se sale de los estrictos dictados de una sociedad que concibe a Dios como el mayor de todos los represores.

Con un magnífico dominio del tempo cinematográfico, un uso genial (y muy sano en el cine de terror) de los silencios y el fuera de campo, 'La bruja' ofrece momentos inquietantes a la vez que retrata los irreparables daños que el fanatismo religioso puede causar en un entorno en que la naturaleza humana se desborda y se abre paso como el cauce de un río desbocado.

Con un magnífico dominio del tempo cinematográfico, un uso genial de los silencios y el fuera de campo, 'La bruja' ofrece momentos inquietantes

Eggers hace suya esa máxima de que en el cine (sobre todo en el de terror) es mejor sugerir que mostrar, y así va encadenando escenas realmente poderosas que desembocan en un clímax violento y chocante que se intuye, plano a plano, gesto a gesto, silencio a silencio, a lo largo de todo el metraje. Aunque los personajes no acaben de desarrollarse plenamente y la última secuencia caiga de lleno en lo grotesco, entorpeciendo gran parte de las sutiles y pequeñas 'bombas' lanzadas durante toda la cinta, es difícil olvidar todo lo que la precede: un magnífico retrato de la América más pacata y de cualquier sociedad opresora envuelto en una belleza plástica que en este caso ilustra un corsé moral difícil de soportar.

'La Bruja', la diabólica semilla de la América puritana

'La bruja' no necesita de duendes malignos o brujas con verruga en la nariz y escoba para insinuarnos, con verdadero poder metafórico y un esteticismo admirable, que los que verdaderamente damos miedo (americanos o no) somos nosotros mismos. 

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