Niños y bestias: lecciones de aprendizaje a la manera nipona
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estreno de 'el niño y la bestia'

Niños y bestias: lecciones de aprendizaje a la manera nipona

En 'El niño y la bestia', Mamoru Hosoda nos sirve un relato de iniciación donde confluyen el mundo real y el fantástico

Foto: 'El niño y la bestia'.
'El niño y la bestia'.

La relación paterno-filial entre un niño de rasgos típicos de los dibujos japoneses y una bestia antropomorfa que podría identificarse con la mayoría de animales relacionados con la fuerza y el poder se vuelve posible en la nueva película de Mamoru Hosoda, uno de los nombres más destacables de ese 'anime' que circula fuera de la órbita del Studio Ghibli gracias a títulos como 'Summer Wars' o 'Wolf Children'.

El joven protagonista es un huérfano de madre que un día huye de la tutela de sus parientes. Hosoda nos presenta el mundo de los adultos desde el punto de vista de un niño que los ve como figuras sin rostro, amenazantes y peligrosas. En su fuga de esta metrópolis ruidosa, se mete por unos callejones oscuros donde sigue a una misteriosa presencia de tez hirsuta. Un pasadizo marginal lo lleva a adentrarse, junto a su nueva e inseparable mascota, un pequeño roedor todo pelo blanco, en una suerte de universo paralelo.

Tráiler de 'El niño y la bestia'

Es el mundo de las bestias, animales antropomorfos que habitan un lugar alejado de la oscuridad de los humanos. Frente a la oscura urbe japonesa propia del siglo XXI, Hosoda dibuja un espacio luminoso que conserva las esencias del Japón más tradicional. En el mundo de las bestias, la vida transcurre plácidamente, los habitantes se dedican a oficios artesanos y las rivalidades se solucionan a base de combates en que no se desenfunda la espada.

El enfrentamiento

Todos los habitantes en el mundo de las bestias esperan con entusiasmo el enfrentamiento entre los dos aspirantes a suceder al líder del lugar, una especie de yoda conejil que desea retirarse para reencarnarse en un dios. Los dos contrincantes no pueden ser más diferentes. Iozen representa al guerrero noble y elegante al que todos admiran. Mientras que Kumatetsu, rudo y poco sociable, ruge más que habla. Es este último quien adopta al joven humano protagonista como aprendiz tras captarlo en el mundo real.

La insólita relación entre el pequeño huérfano al que su mentor apoda Kyuta (nueve, por la edad que tiene) y el animal guerrero transcurre con los rifirrafes propios de una relación tradicional entre padre e hijo donde la madre está ausente. Discuten por todo y sus caracteres chocan. Pero Kyuta no tarda en asimilar las enseñanzas de Kumatetsu, mientras que este se beneficia de la presencia del muchacho. Primera lección: todo aprendizaje es mutuo.

La insólita relación entre el pequeño huérfano Kyuta y el animal guerrero transcurre con los rifirrafes propios entre padre e hijo cuando la madre está ausente

El proceso de iniciación culmina con un viaje para conocer a los mayores sabios del lugar. Kyuta y Kumatetsu esperan que alguno de ellos les explique qué es la fuerza. Los diferentes ancianos, desde la mujer que aspira a convertirse en piedra hasta el que engulle todo aquello que puede pescar, no les ofrecen una respuesta conclusiva. Hosoda introduce cierta ironía en el perfil de estos gurús ensimismados que no parecen capaces de ofrecer más sabiduría que unas cuantas frases enigmáticas. Segunda lección: nadie atesora el saber de una forma total y unívoca.

Aprender más que el maestro

En un momento del filme, Kyuta retorna al mundo de los humanos, donde conoce a una adolescente de instituto que le inicia en otro tipo de conocimiento: el intelectual. Es el primer personaje femenino importante que aparece en un filme hasta el momento dominado por hombres y machos. Kyuta, además, descubre que su padre biológico sigue vivo e intenta reestablecer su relación con él. Tercera lección: un alumno siempre debe aprender más de lo que le puede enseñar su maestro.

En el filme, la dialéctica entre modernidad y tradición, realismo y fantasía, cultura y fuerza, se resuelve en favor de la confluencia y no de la oposición

En 'El niño y la bestia', la dialéctica entre modernidad y tradición, realismo y fantasía, cultura y fuerza, incluso entre dibujo artesanal y tecnología, dualidades recurrentes del cine japonés, se resuelve en favor de la confluencia, y no de la oposición. Cuarta lección: la evolución de Kyuta pasará no tanto por escoger uno de los dos mundos como por asimilar lo mejor de cada uno y encontrar su sitio donde le corresponde.

Como sucede a menudo con el 'anime', 'El niño y la bestia' tiene algún momento en que la narración se vuelve farragosa y reiterativa. Y hasta la aparición del personaje femenino, la perspectiva machoalfística de los vínculos entre los personajes asusta un poco. Mamoru lo compensa añadiendo matices, secundarios con mucha gracia (los dos acólitos de la bestia), un punto de ironía y capas de complejidad a lo que se podría haber quedado en un relato más de iniciación a través de un padre/maestro guerrero. La película además alcanza uno de sus mejores momentos en el tramo final, con esa ballena gigante que amenaza Tokyo como un Godzilla cetáceo y espectral en un clímax a la vez épico y fantástico donde se combina la acción de las artes marciales con el homenaje a Herman Melville.

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