estreno de 'cegados por el sol'

Luca Guadagnino: caprichos sexuales de gente bella y despreciable

Luca Guadagnino encierra a Tilda Swinton, Matthias Schonaerts, Ralph Fiennes y Dakota Johnson en una villa de ensueño. Entre la apatía, las turbulencias eróticas y la banalidad

Foto: 'Cegados por el sol'.
'Cegados por el sol'.

'Cegados por el sol' se inspira principalmente en dos modelos: por un lado, un largometraje llamado 'La piscina' (1969), memorable sobre todo por lo insultantemente bellos que en él aparecían Alain Delon y Romy Schneider; por el otro, un cuadro de David Hockney llamado 'A Bigger Splash' (1967), que ejemplariza el interés del pintor inglés por las apariencias y las superficies.

Teniendo eso en cuenta, no es extraño que esta cuarta película del italiano Luca Guadagnino sea fácilmente confundible a primera vista con un reportaje de estilo de vida para la revista 'Harper’s Bazaar': transcurre en una villa rústica de imponentes vistas, habitada por un cuarteto de gente hermosa -Tilda Swinton, Matthias Schonaerts, Ralph Fiennes y Dakota Johnson-, que lucen sus cuerpos tonificados, bronceados y perlados en sudor ardiente y disfrutan de comidas fabulosas y, en general, existen constante y perfectamente listos para la foto. De haber habido algo oculto tras esa fotogénica fachada -como ocurre en las obras de Hockney-, habría sido fascinante explorarlo.

Luca Guadagnino: caprichos sexuales de gente bella y despreciable

Swinton da vida a Marianne Lane, una 'rockstar' sucedánea de David Bowie -cómo no- que se recupera de una cirugía de garganta en la isla mediterránea de Pantelleria junto a su joven pareja, Paul (Schonaerts). Los amantes toman el sol, se bañan, se frotan en el barro y hacen el coito con abandono. La estampa que componen es tan paradisíaca que es solo cuestión de tiempo que aparezca la serpiente. Se trata de Harry (Ralph Fiennes), un productor musical que no solo es el mejor amigo de Paul sino también el ex de Marianne; y por si eso no fuera suficiente para complicar las cosas, Harry llega acompañado de Penelope (Dakota Johnson), una nínfula indolente que resulta ser su hija. La sensación de que esta insólita pareja es sinónimo de problemas resulta tan intensa como el olor de una alcoba tras una tarde de sexo urgente.

No tarda en quedar claro que Harry todavía ama a Marianne y quiere recuperarla, y mientras lo intenta Penelope se dedica a poner palote a Paul aunque, eso sí, sin dejar de tener al mismo tiempo una actitud malsanamente cariñosa con su papaíto -al que, nos enteramos al cabo de un rato, acaba de conocer-. Marianne, por su parte, permanece en silencio para no forzar la garganta, aunque no cuesta entender lo que piensa. Mientras espera que nos preguntemos si lo que va a acabar sucediendo es una orgía o una carnicería -o ambas-, Guadagnino trata de explorar las diferentes texturas del deseo, la pasión y los celos.

La película mezcla géneros con la disciplina de un niño con barra libre en una juguetería
'Cegados por el sol' se reivindica, o casi, gracias a su modo de mezclar modos y estereotipos propios de géneros dispares -el psicodrama, el 'thriller', la comedia de trazo grueso- con entusiasmo y falta de disciplina propios de un niño con barra libre en una juguetería. También a la huracanada interpretación de un Ralph Fiennes que se pasa la película exudando voracidad y encanto volátil e inconfundible desesperación, a ratos con el 'ralphito' colgándole a la vista de todos.

De hecho, decíamos, a ratos Guadagnino parece dedicarse a poco más que admirar y exhibirnos la belleza y el hedonismo de sus personajes, y la lástima es que no tenga nada más que mostrarnos de ellos. El problema, pues, no es tanto que sean gente despreciable -que lo son- como que resultan obscenamente vacuos; tienen menos que ver con David Hockney que con Jordi Labanda. Y no solo eso: además, son del todo inverosímiles. Cada una de sus acciones es antinatural, y cada frase que pronuncian tan llena de insinuación que en cualquier momento podrían girarse a cámara y guiñarnos un ojo.

En cualquier caso, nada tan improbable como esa pirueta argumental final que finge convertir la película en un comentario sobre la crisis de los refugiados en el Mediterráneo. Considerando el modo en que Guadanigno ha hecho carrera, idealizando la autocomplacencia de las clases privilegiadas -ya quedó claro en sus trabajos para firmas como Moschino o Ferragamo y en su melodrama 'Yo soy el amor' (2009)-, el gesto resulta tan inapropiado como regalarle una pitillera de oro a un enfermo de cáncer de pulmón: no solo supone un uso banal de algo valioso, sino sobre todo un alarde de mal gusto.

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