crítica de 'los odiosos ocho'

Sadismo, inmoralidad, cinismo... y un clímax brutal. Tarantino se supera a sí mismo

La octava película del director no es tanto un 'western' como una versión extrema de Agatha Christie. Una impecable pieza de teatro de cámara apoyada en la palabra y en las armas

Foto: Samuel L. Jackson, en una escena del filme.
Samuel L. Jackson, en una escena del filme.

Pese a lo que sugiere su cartel, con esas pistolas, ese paisaje nevado y esas peludas caras de cabreo, 'Los odiosos ocho' es menos un 'western' que un 'whodunit' de los de Agatha Christie; menos 'Los siete magníficos' que 'Diez negritos', aunque, eso sí, el baño de sangre con el que culmina haría que a Miss Marple le petara la patata. Ahora bien, a lo que más se parece este relato situado en una aislada cabaña durante una terrible tormenta de nieve en los años posteriores a la guerra civil americana es a 'Reservoir Dogs' (1992): en ambas, un grupo de indeseables atrapados bajo un mismo techo deben averiguar cuál de ellos miente -fácil: mienten todos- y, sobre todo, cuál es la rata.

De hecho, todas las películas de Quentin Tarantino se parecen entre sí, entre otras cosas por esto: sus parrafadas de estilizados diálogos y sus estallidos de violencia extrema. Y aquí esos dos ingredientes están más compartimentados que nunca antes: en la primera mitad de la película los personajes hablan; en la segunda, se matan. Dicho de manera más fina: 'Los odiosos ocho' es una parsimoniosa pieza de teatro de cámara que solo de forma gradual revela sus más épicas pretensiones.

Sadismo, inmoralidad, cinismo... y un clímax brutal. Tarantino se supera a sí mismo

Durante más de hora y media, decimos, la acción es la palabra, y las armas son increíblemente largos intercambios de diálogo. En buena medida, el octeto del título es un grupo de narradores que usan sus relatos para determinar su lugar dentro de la cabaña, establecer alianzas y, sobre todo, intentar meterse miedo mutuamente. En otras palabras, sus conversaciones son como una gigante timba de póquer en que la bolsa es la vida, y en la que todos los jugadores van de farol. Al menos hasta que una demencial revelación -ofrecida por Samuel L. Jackson a bordo del monólogo más impactante que Tarantino ha escrito desde aquel que en 'Pulp Fiction' ofrecía, claro, Samuel L. Jackson- nos obliga a reconsiderar todo cuanto hemos visto hasta entonces. Todo lo que viene después es un 'crescendo', y su clímax es brutal incluso para los estándares de su creador.

La obra de Tarantino se define en buena medida por su perversidad, que por ejemplo evidencia el modo en que 'Malditos bastardos' (2009) y 'Django desencadenado' (2012) recurrían a los métodos del cine 'exploitation' para reimaginar dos de los momentos más atroces de la historia. Algunos dirán que es esa misma malicia la que explica no solo que tome un género habitualmente caracterizado por planos panorámicos de vaqueros que cabalgan a través de las vastas llanuras y lo encierre casi por completo dentro de una habitación, sino sobre todo que lo haga en 70mm.

Samuel L. Jackson recita el monólogo más impactante del autor desde 'Pulp Fiction'

Los más malpensados incluso atribuirán la osadía a otro motivo: sobre todo desde que dirige 'blockbusters' -últimamente, sus películas hacen más dinero que las de Spielberg-, Tarantino tiene poder absoluto no solo para regodearse en sus chistes privados y metarreferencias -de todo eso vuelve a haber mucho en 'Los odiosos ocho'- sino para hacer exactamente la película que le dé la gana. Y eso, para un director tan atento a sus propios caprichos, es como darle a Depardieu las llaves de una licorería. (A este respecto, permítase un inciso: en España no la veremos en ese formato casi obsoleto a menos que vivamos en Barcelona o viajemos allí para hacerlo. Los más sobrados pueden viajar a París si lo desean).

Los rincones perdidos del plano

Pero lo cierto es que, aunque de una forma no inmediatamente obvia, hay un aspecto en el que los planos absurdamente anchos del 70mm resultará francamente útil. A medida que los personajes se escudriñan de mala manera los unos a los otros en busca de la trampa, nosotros mismos nos perdemos en la pantalla escrutando sus rostros, rastreando en los rincones del plano en busca de pistas, comprendiendo finalmente que para estos personajes la verdad solo está en el gatillo de un revólver.

En ese sentido, 'Los odiosos ocho' es un impecable ejercicio de creación sostenida de tensión, la que provoca la presencia acechante de la muerte pero también otra de naturaleza social y política. Porque, aunque no lo parezca, esa cabaña está más abarrotada que el camarote de los hermanos Marx: ahí metidos están conflictos esenciales de la Historia americana. El Norte contra el Sur, la ley contra el crimen, los blancos contra los negros. Tarantino, es cierto, se esfuerza tanto para que los personajes sean símbolo de algo que, en el caso de algunos de ellos, se olvida de hacer que tengan carne y hueso. Solo algunos de estos individuos odiosos son verdaderas personas.

Sadismo, inmoralidad, cinismo... y un clímax brutal. Tarantino se supera a sí mismo

Pero ni siquiera aquellos que lo son tienen un ápice de humanidad. Por primera vez en el cine de Tarantino, ningún comportamiento tiene moralidad. Contemplamos a un grupo de bestias encerradas en una jaula que tarde o temprano se muerden la yugular las unas a las otras, a ratos verbalmente y a ratos gastando munición. Y también de manera excepcional, el director no nos anima a vitorear las muertes. La violencia es repugnante y carente de sentido, no tiene efecto catártico o reparador alguno.

'Los odiosos ocho' es, pues, la película más misántropa de Tarantino. Aquí no hay nadie en quien confiar, ni quienes ostentan el poder ni aquellos a quienes protegen. Quitarle a la gente sus armas no tiene sentido, porque siempre encontrarán otras. América se construyó sobre el sadismo y las falsas causas. E incluso su plano final aparentemente esperanzado está lleno de cinismo: la única forma de superar los prejuicios e intolerancias entre bandos enemigos es a través de la hostilidad compartida hacia alguien aún más despreciable.

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