Violencia y machismo en las alcantarillas del Capitolio
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el gran documental musical del punk de los 80

Violencia y machismo en las alcantarillas del Capitolio

El documental "Salad days", que proyecta el festival In-Edit, muestra las luces y sombras de la escena hardcore-punk de Washington DC de los años 80, cuando 400 personas eran asesinadas cada año

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Fotograma de 'Salad Days'

En los años 80, Washington DC era una ciudad donde el crack causaba estragos, donde se habían llegado a registrar 400 asesinatos por año y donde algunos barrios seguían derruidos desde las revueltas de 1968 posteriores al asesinato de Martin Luther King. Entre los años 70 y 80, más de cien mil personas abandonaron una ciudad que de día seguía tomada por políticos y diplomáticos, pero que de noche quedaba vacía y pocos se atrevían a transitar. Fue en esos barrios, en las grietas alrededor del Capitolio, donde nacería la escena hardcore-punk.

¿Cómo articular una escena musical en la capital del país más poderoso del mundo? De noche, cuando todos duermen.

Los primeros punks de Washington DC eran tan pocos y tan críos que ni siquiera se planteaban ser violentos con el vecindario. Más bien eran víctimas de la violencia. O así lo recuerda Henry Rollins: "Aparecían unos tipos en coches deportivos con un águila pintada en el capó y música de Boston o Kansas sonando a todo trapo, te soltaban algo, les decías que 'sí, vale' y entonces bajaban del coche, hiperventilados, como si les hubieses insultado". Las persecuciones y palizas se repetían cada semana. A los punks no les quedaba otra que correr y esconderse o aliarse y plantar cara. La visita de The Clash a la ciudad animó a más de uno a fundar grupos y así nacería, casi a la defensiva, esa música furiosa, acelerada y agresiva.

Como hacen los buenos documentales, 'Salad days: a decade of punk in Washington DC (1980-90') no se centra solo en la música y sus autores. Va más allá de la saga del grupo Fugazi y el sello Dischord para retratar el contexto en el que brotó ese sonido y resaltar las contradicciones de un entorno menos amigable de lo que parece. Era una escena violenta a cuyos conciertos acudía gente para desahogarse y pelear. Era una escena machista y hostil con las pocas mujeres que subían al escenario. "Mucha gente quiere hacernos creer que la escena de DC no era misógina y que nos queríamos todos, pero lo cierto es que era un club masculino", explica hoy Danny Ingram, batería de Madhouse y Youth Brigade.

Desafío a la industria del rock

La campaña #queremosentrar que se está promoviendo en Madrid para permitir el acceso a menores de 18 años a los conciertos tiene un claro precedente en el punk de Washington DC. El grupo Teen Idles, liderado por Ian McKaye, dejó de tocar en clubs que no permitían entrar a menores. De gira por Los Ángeles descubrieron que allí los menores podían entrar si llevaban una cruz pintada en el dorso de la mano, una señal que significaba que no podían comprar bebidas alcohólicas. De vuelta a su ciudad, esa cruz negra se convertiría en la imagen icónica del movimiento straight edge y, sobre todo, de una forma de desafiar las leyes de la industria del rock. Los chavales salían de casa con la cruz ya pintada y exigían entrar al concierto.

La ideología straight edge (contraria al consumo de alcohol y drogas) dividiría pronto la comunidad de Washington DC en dos bandos. Pero además de aportar brutales imágenes de conciertos de Void, The Faith y muchas otras efímeras bandas del sello Dischord fundado por McKaye, 'Salad days' también da voz a los grupos que quedaron fuera de ese club exclusivo que estaba montando Dischord. También es de agradecer que 'Salad days' visibilice la comunidad de músicos negros (desde los pioneros Bad Brains hasta la escena go-go de Trouble Funk), pues a menudo da la sensación de que en Washington DC sólo había hardcoretas y blancos.

Treinta años después, Ian McKaye aún sufre las secuelas de impulsar la ideología straight edge: "Hace dos días aún se me presentaban un par de chavales y me gritaban: 'hey tío, estoy borracho, ¿te molesta?'", confiesa, desesperado, desde el patio de su casa. Es el precio de haber liderado los grupos Minor Threat y Fugazi y ejercer de patriarca de la escena musical de su ciudad. Un detalle: la copia promocional de 'Salad days' que circula entre periodistas y miembros del jurado está marcada con la frase "Ian approved" (aprobada por Ian). Ni el productor, ni el director de la cinta se llaman Ian.

Daft Punk bate a los clásicos del rock

'Salad days' inauguró ayer la miniedición madrileña del In-Edit. Durante el fin de semana también se programan en los cines Golem títulos sobre Rumba 3, The Residents, Elliott Murphy, Nina Simone y Leonard Cohen, entre otros. Y lo mismo ocurrirá en Valencia del 13 al 15 de noviembre. Son los tímidos desembarcos de un festival de cine y documental musical que en su sede central barcelonesa programa más de 50 títulos durante diez jornadas y que encara ya la recta final de su decimotercera edición.

El In-Edit ha ido madurando a la vez que maduraba el propio género del documental musical. "Los realizadores se están dando cuenta de que la exposición cronológica de unos hechos no necesariamente genera un buen documental y que hay otros formatos interesantes para transmitir la pasión por la música", asegura su director artístico Luis Hidalgo, remitiéndose a la propia experiencia del festival. "Hace diez años, el 99% de documentales tenían ese perfil de enumeración de hechos, pero cada vez hay más que se salen por la tangente: piezas que usan recursos narrativos de otros géneros, como 'Searching for Sugarman', que estaba planteado casi como un thriller, o que tienen tres o cuatro líneas de lectura, como el de Orion, que es mucho más que la historia del enésimo perdedor que quería ser Elvis Presley".

El In-Edit sigue programando, casi por inercia, piezas sobre The Who, Leonard Cohen, James Brown, The Beatles y demás clásicos del rock que garantizan año tras año la asistencia de público. Sin embargo, 'Daft Punk unchained' se ha convertido este año en el documental más visto de la historia del festival. Aun así, insiste Hidalgo "queremos programar buenos documentales, no documentales de artistas famosos" y "explicar a través de los documentales buenas historias en las que la música no sólo sea un producto de consumo, que también, sino parte de una vida".

Ese objetivo final que mira más allá del documental entendido como herramienta promocional del artista y más allá, también, del relato histórico de unos hechos es el verdadero atractivo del In-Edit. "Un documental convencional sobre Nirvana atraerá al público de Nirvana, pero si añades otras lecturas y enfoques y abres el ángulo de observación, amplías también el público potencialmente interesado", teoriza Hidalgo. Otro gran aliciente del festival su voluntad de apelar a todo tipo de público. "No tiene nada que ver la gente que viene a ver el de Backstreet Boys con la que va a ver el de Dusminguet o el de Roland Kirk. Varía el perfil de edad y, me atrevo a decir, el perfil social", celebra.

El In-Edit debe ser el festival musical más ecléctico del planeta, pues conviven cintas sobre Yehudi Menuhin y el festival heavy Wacken, sobre el sintetizador Roland 808 y Rumba 3, sobre The Residents y el bugalú. Y sin embargo, sigue predominando la mirada anglosajona: "El pop-rock es anglosajón y es el que reflexiona sobre sí mismo. Además, tienen mucha más experiencia explicando las cosas. Los documentales que se hacen en Asia y África, en términos generales, cuentan cosas que ya sabemos. Ya sabemos que el rap senegalés mola, pero deben aportar algo más. No digo que este tipo de documental no se haga, pero aún no nos llegan", lamenta.

"Si algo riega el ego del artista es un documental"

Si el In-Edit ha crecido en paralelo al documental musical que se facturaba en el extranjero, el documental musical en España también da sus primeros pasos firmes en paralelo al In-Edit. Eso sí, a otro ritmo. La mayoría de cintas que llegan al In-Edit se debaten entre lo voluntarioso, lo precario y lo canónico. "En España los documentales musicales no tienen circuito. La gente que los hace pierde dinero", advierte Hidalgo, "pero la cantidad y calidad de documentales que recibimos ha aumentado. Si antes para encontrar un documental como 'Un lloc on caure mort' tenías que ver mil documentales irregulares.

En España se hacen documentales con cierta regularidad desde hace seis o siete años. Antes apenas recibíamos material nacional. Pretender que de golpe tengan el nivel del de países con mucha más tradición es iluso. Hace siete años 'La muerte de la Alcarria' no hubiese sido posible. Nadie hubiese arriesgado el dinero, Los Hermanos Cubero no hubiesen entendido la propuesta y el realizador no hubiera encontrado un contexto en el que fuese valorada", especula. Por otro lado, este año se han presentado documentales sobre Miguel Poveda y Bunbury. "Los artistas importantes empiezan a ver la necesidad de reflejar su carrera a través de un documental. Y creo que esto irá a más. Porque si algo riega el ego del artista es un documental sobre él", asegura.

El futuro del In-Edit barcelonés y su expansión en otras ciudades de España y de Latinoamérica depende, en definitiva, de la calidad y la mirada de los documentales musicales. Y, en este sentido, Hidalgo tiene claro qué busca: "Me gustaría ver más documentales que expliquen cómo es el grupo social del que surge una música, documentales donde quede plasmada la importancia que tiene la música como parte de la vida". Y pone quizás el mejor ejemplo de esta edición, el documental 'They will have to kill us first. Malian music in exile': "Explica qué pasa cuando te prohíben hacer música en un lugar donde la música es para ti mucho más que eso que te hace bailar. ¿Quién te explica con imágenes y palabras lo que sintieron los tuaregs de Mali cuando tras aliarse con Isis les prohibieron cantar?".

Desde hace varias temporadas el In-Edit vende tranquilamente más de 30.000 entradas. Pero, por si acaso, Hidalgo elude la medalla de festival consolidado: "No sé qué significa, en 2015, estar consolidado. En dos años puede haber un cambio en el entorno audiovisual, que se ponga de moda un videojuego en el que te puedas convertir en Jimmy Page, y que la gente deje de venir. Los tiempos van a una velocidad descomunal que está por encima de nuestra capacidad de comprensión. Nunca puedes estar seguro".

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