Un purgatorio para los pecadores de la Iglesia
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estreno de 'EL CLUB'

Un purgatorio para los pecadores de la Iglesia

El chileno Pablo Larraín elabora un cuento de horror en torno a la impunidad de los crímenes cometidos por religiosos

Foto: Fotograma del filme chileno
Fotograma del filme chileno

En un confín de la costa de Chile un grupo de personajes aparenta llevar la vida pacífica propia de unos jubilados. Pasean cerca del mar, entrenan a un galgo, observan desde lejos las carreras en el canódromo... Son los miembros del club al que alude el título del quinto largometraje de Pablo Larraín. Cuatro hombres y una mujer que conviven en una casa de retiro. No tardamos en descubrir que su estancia en este rincón del mundo no es voluntaria. Han sido desterrados por la Iglesia a la que pertenecen a causa de sus crímenes. Allí viven alejados de la sociedad, en un supuesto aislamiento que resulta tanto un castigo como una forma de autoprotección frente a la justicia civil.

A su manera, los hombres encarnan cuatro arquetipos de pecados propios de la Iglesia. El Padre Vidal (Alfredo Castro) es un pedófilo que se enorgullece de profesar un amor, según él, mucho más elevado que el heterosexual, que circunscribe a la procreación. El Padre Silva (Jaime Vadell) colaboró directamente y encubrió los crímenes de la dictadura de Pinochet. El Padre Ortega (Alejandro Goic) está convencido de que cometía un acto de caridad cuando robaba niños a madres pobres para entregárselos a familias ricas. Los pecados del Padre Ramírez (Alejandro Sieveking) se remontan a tanto tiempo atrás que ni tan siquiera él recuerda cuáles son: su podredumbre moral, parece decirnos Larraín, es tan atávica como la de la propia Iglesia. Junto a ellos, una supuesta monja, la Madre Mónica (Antonia Zegers), con su propio pasado oscuro que esconde tras una falsa sonrisa beatífica. La mujer ejerce al mismo tiempo de cuidadora y carcelera, además de ser el vínculo con la sociedad del grupo. Se encarga de las compras y de llevar a las carreras al galgo que cuida el Padre Vidal, el único ser vivo por el que el sacerdote demuestra cierto cariño.

Nadie se arrepiente de nada en este club de desechos humanos. Aunque exiliados del mundo, los cuatro hombres y la mujer mantienen una rutina tranquila a la que se han acomodado. Hasta que la llegada consecutiva de tres extraños altera este siniestro ecosistema. El Padre Lazcano (José Soza) también abusó de niños. Sandokán (impresionante Roberto Farías), una de sus víctimas, ya adulta, le sigue hasta su retiro y le acecha a la puerta del club, lo que provoca un desenlace inesperado. Para reestablecer el orden, arriba otro sacerdote al lugar, éste joven y hermoso. Es a través del Padre García (Marcelo Alonso) que conocemos los antecedentes de cada uno de los hombres y la mujer allí encerrados.

Luz y tinieblas

El club arranca con un cita del Génesis sobre la separación entre la luz y las tinieblas. Pablo Larraín ha filmado esta historia de horror sobre la impunidad de la Iglesia con una iluminación que envuelve a los personajes en una bruma eterna. Durante las largos interrogatorios a los que el Padre García somete al resto de sacerdotes, los criminales son encuadrados en un primer plano que distorsiona levemente sus rostros. El club se convierte así en una especie de purgatorio terrenal habitado por seres humanos de espíritu grotesco. Parte de la desazón que transmite la película radica en la creación de esta atmósfera turbia y claustrofóbica, propia de un organismo endogámico y podrido. A partir de cierto momento, la película se desliza hacia un terreno cada vez más oscuro para dejar patente hasta dónde son capaces de llegar los representantes de la Iglesia a fin de salvaguardar su impunidad.

La desazón que transmite la película radica en la creación de esta atmósfera turbia y claustrofóbica

Larraín no visualiza en ningún momento los horrores cometidos en el pasado por los integrantes del club. Todos son evocados a través de la palabra, en las largas conversaciones entre el enviado de la Iglesia y los criminales. Pero también a través de esa suerte de lengua contrahecha que habla Sandokán. La víctima de uno de los curas entona una especie de letanías a medio camino entre el vocabulario litúrgico y la verborrea pornográfica, como si su habla fuera la hija bastarda que expone ante todo el mundo su experiencia con la Iglesia.

Algunos de los sacerdotes también hibridan en su oratoria el lenguaje del erotismo y el del fascismo. Este es uno de los puntos en que la película de Pablo Larraín se quiere acercar al Saló o los 120 días de Sodoma (1975) de Pier Paolo Pasolini, otro cuento sobre el horror que encerraba en un espacio aislado a grandes arquetipos del Mal.

Sin embargo, Larraín se sitúa más bien en las antípodas éticas y estéticas del maestro italiano. A lo largo de su filmografía, el chileno ha evidenciado su debilidad por los monstruos humanos y por una sordidez moral en la que le gusta recrearse. En esos arrabales de la sociedad donde Pasolini encontraba belleza, Larraín señala solo la mugre. Si el italiano delimitaba bien claro sus amores y odios, el chileno detesta por igual a (casi) toda la humanidad, homogeneizada por una misma bajeza moral. Mientras el primero siempre encaró el fascismo de frente, el segundo lleva a cabo extrañas circunvalaciones en torno a la dictadura en su trilogía sobre el Chile de Pinochet, que conforman Tony Manero (2008), Post Mortem (2010), ambas centradas en asesinos de clase obrera que actúan ajenos a un estado autoritario que casi siempre queda fuera de plano, y No (2012), una aproximación al plebiscito de 1988 que dio paso a la democracia en el país donde se retrata con acierto un cambio de paradigma en el espectro político donde la ideología queda reemplazada por el marketing.

Director con un don para recrear atmósferas insanas, que además se rodea siempre de un plantel de intérpretes de primera, Pablo Larraín también ha cimentado parte de su prestigio en lo alto que cotiza el cine de la sordidez moral en los festivales y circuitos de cine de autor. Resulta inevitable sentirse incómoda ante el retrato crudo y sin concesiones de los mecanismos de la Iglesia para garantizar su propia impunidad que ofrece El club. Sin embargo, la película también queda lastrada por la tendencia del director al tremendismo y por contagiarse también él del espíritu inquisitorial de quien se deleita en condenar a unos personajes cuyos pecados ha contribuido a cultivar.

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