Vampira iraní con poco mordiente
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estreno de 'una chica vuelve a casa sola de noche'

Vampira iraní con poco mordiente

La ópera prima de Ana Lily Amirpour presenta a una drácula con chador en un film de estética propia del cine indie americano

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Desde su primer fotograma, Una chica vuelve a casa sola de noche rompe con el imaginario al que asociamos el cine iraní. La ópera prima de Ana Lily Amirpour arranca con el plano de un chico, Arash (Arash Marandi), con el aspecto de un James Dean o un Marlon Brando en un paisaje que recuerda más a los alrededores de California a que los suburbios de Teherán.

Lejos de esa combinación entre naturalismo estético y autoconciencia artística propia de las películas de Abbas Kiarostami o Jafar Panahi, la película opta por una clara estilización a través del rodaje en scope y blanco y negro, y se inscribe en el terreno de fantástico. Una chica vuele a casa sola de noche es una película de vampiros con el regusto del cine independiente norteamericano aunque salpicada de motivos culturales iraníes. Los referentes de Amirpour por tanto no serían tanto Roberto Rossellini o Jean Renoir como Jim Jarmusch o Wim Wenders.

Arash vive con su padre yonqui al que intenta proteger de los abusos del camello de turno. El chico se mueve por una ciudad de aspecto fantasmagórico llamada Bad City. Un lugar que evoca un paisaje claramente estadounidense (pozos de petróleo, coches estilo años cincuenta...) donde sin embargo se habla persa. Una misteriosa figura femenina en camiseta de rayas y chador surca la noche de Bad City con su monopatín. Esta chica sin nombre (Sheila Vand) parece velar por otras mujeres solitarias con trabajos nocturnos en Bad City...

Desde la Revolución Islámica, las relaciones entre la cultura iraní y la tradición occidental se han planteado desde dos polos opuestos e irreconciliables: asimilación o rechazo absolutos. Este pulso se ha visto poco reflejado en la cinematografía nacional, aunque películas como Nadie sabe nada de los gatos persas, de Bahman Ghobadi, o Persépolis, de Marjane Satrapi, dejan intuir que, sobre todo entre la juventud urbana, existe una conciliación natural entre la idiosincrasia propia y la cultura popular proveniente de Europa y Estados Unidos.

La cineasta Ana Lily Amirpour encarna un buen ejemplo de esta sociedad iraní occidentalizada que, sin embargo, no renuncia a sus raíces. Estadounidense nacida en Londres de padres persas, su primera película es una producción norteamericana (auspiciada por el sello audiovisual de Vice) hablada en farsi. Una chica vuelve a casa sola por la noche combina elementos de culturas tan supuestamente alejadas como la americana y la iraní no tanto con la voluntad de resaltar sus diferencias o hacerlos chocar con propósitos irónicos como para presentar su mestizaje con cierta naturalidad.

Podría ser tanto una película iraní rodada en suelo estadounidense como, al contrario, una obra filmada en Irán con vocación norteamericana

Una chica vuelve a casa sola por la noche podría ser tanto una película iraní rodada en suelo estadounidense como, al contrario, una obra filmada en Irán con vocación norteamericana. Además de los dos protagonistas, el resto de personajes también hibridan elementos de ambas culturas: el padre drogadicto se traga en la tele discursos moralizantes sobre las mujeres por parte de la autoridad de turno mientras que el mafioso ataviado con chandal y cadenas de oro luce tatuajes escritos en persa.

Uno de los principales méritos de Amirpour es crear una película básicamente atmosférica y de tintes fantásticos donde esta fusión cultural no resulta extraña. Por momentos, el filme incluso recuerda a la traslación cinematográfica de Sin City. de Frank Miller, en su utilización de arquetipos de la cultura pulp estadounidense para construir esta ciudad imaginaria por donde se mueven toda una serie de personajes marginales. La banda sonora donde conviven temas musicales tanto anglosajones como persas contribuye a enriquecer esta vertiente más ambiental que narrativa de la película.

En los últimos años el cine independiente norteamericano ha servido varias muestras de cine vampírico, una de las últimas Solo los amantes sobreviven, de Jim Jarmusch. La película de Amirpour se mueve también en esta órbita a la hora de explotar la faceta más romántica y pop del imaginario de los no-muertos con personajes que entroncan con esa acepción del vampiro entendido como un solitario que no encaja en la sociedad que le rodea. La aportación más original del filme consiste precisamente en presentar una protagonista con chador, lo que subraya la naturaleza feminista de su pulsión vampírica. La primera víctima de sus colmillos en pantalla es un mafioso que acaba de maltratar a una prostituta. Así, la presencia de esta vampira en la noche de Bad City tiene algo de vigilante que vela por la seguridad de otras mujeres sometidas a algún tipo de opresión machista. Sin embargo, Amirpour no lleva más allá este apunte de cine vampírico iraní entendido como revenge movie feminista.

Por el contrario, a partir de la mitad del metraje y tras el encuentro entre Arash y la protagonista sin nombre, Una chica vuele a casa sola de noche va trasladándose al terreno del cine romántico. En una película más bien recatada, Amirpour templa bien el erotismo soterrado que palpita en los diversos encuentros entre la vampira y sus oponentes masculinos. Pero lo acaba canalizando en una historia de amor tan hermosa como domesticada entre un humano y una chupasangres. Como sucede a menudo con cierto cine independiente norteamericano, en la ópera prima de Amirpour la etiqueta indie nos habla más de cierta concepción estética que de una voluntad real de subvertir discursos dominantes.

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