Maternidad de segunda clase
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estreno de 'una segunda madre'

Maternidad de segunda clase

La película de la directora brasileña Anna Muylaert llega a las salas y muestra cómo la clase social termina condicionando el papel de las madres

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Aunque ambientada en São Paulo, la situación de la que parte Una segunda madre es fácilmente trasladable a cualquier otro país donde las mujeres se vean obligadas a separarse de sus hijos para cuidar a los de otros lejos de su casa. Val (Regina Cassé) es una señora de mediana edad que trabaja como asistenta en la residencia de una familia acomodada con un único hijo, Fabinho, a punto de cumplir los 18. Val siempre se ha encargado del chico, hasta el punto de desarrollar con él una relación de tintes materno-filiales.

Cuando Fabinho se siente triste o inseguro acude al dormitorio de Val, que se aloja en su misma casa, para que ésta lo arrulle. Barbara, la madre biológica del muchacho, no se siente incómoda por este trato. Tiene claro que el rol de Val es el de tantas nodrizas, canguros, doncellas, cuidadoras o amas de cría que en la historia han sido. No la sustituye ni la impugna como madre, simplemente es uno de esos lujos que se puede permitir debido a su clase social.

Pero este statu quo se trastoca cuando llega a São Paulo la hija biológica de Val, Jessica, de la misma edad que Fabinho. Como tantas madres de clase obrera, la protagonista dejó a su propia niña en el pueblo, al cuidado de una familiar, para marchar a la ciudad en busca de trabajo. Val ha enviado periódicamente dinero para mantener a la hija, pero no ha podido cuidarla y dispensarle el cariño que en cambio sí ha mostrado para con Fabinho. Entre Val y Jessica se ha producido un distanciamiento que las dos tienen intención de corregir.

Entre ellas también aparece otro abismo más difícil de salvar. La mentalidad de Jessica es completamente opuesta a la de su madre. Ella llega a la urbe con el propósito de pasar la selectividad. Su objetivo es estudiar arquitectura. “Es muy difícil entrar en esa facultad”, le suelta con mirada escéptica la familia para la que trabaja su madre. Pero Jessica no se deja amedrentar por el comentario. Ni tampoco acepta la división de roles que Val ha asumido desde el principio.

La carrera universitaria que escoge Jessica no es caprichosa. En pocos países como en Brasil la arquitectura ha tenido un peso específico tan importante. Es de los pocos estados donde se construyó una capital de nuevo cuño en la segunda mitad del siglo XX a partir de proyectos arquitectónicos y urbanísticos innovadores. São Paolo, donde transcurre el film, también se convirtió en un núcleo de la arquitectura moderna, a través de la Escuela Paulista encabezada por João Batista Vilanova Artigas, diseñador además de la emblemática Facultad de Arquitectura que los protagonistas visitan en una escena de la película. En Brasil se contempló la arquitectura como una herramienta de modernización y transformación social. Y Jessica es muy consciente de ello.

La separación de clases en Una segunda madre se explicita precisamente a través de la distribución del espacio en la casa de la familia protagonista. Val tiene una pequeña habitación asignada en los bajos de la residencia y pasa la mayor parte del tiempo en la cocina. No traspasa el umbral del salón a menos que se la requiera explícitamente. Mientras Jabinho se permite la libertad de acudir al cuarto de Val siempre que le apetece, a la asistenta no se le ocurriría jamás entrar en la habitación del chico sin ser invitada o con otro objetivo que no fuera el de su propio trabajo.

A su llegada, Jessica rompe con estas dinámicas relacionales vinculadas a los espacios de la casa. Se niega a dormir en el cuartucho de su madre y se aloja en la mucho más amplia habitación para invitados. Come en la misma mesa que la familia y se baña en la piscina con Fabinho y sus amigos. Ante la desesperación de Val, Jessica no quiere asumir “su lugar” en la casa. La directora le otorga a Jessica un rol parecido al de Terence Stamp en Teorema de Pier Paolo Pasolini. Es una fuerza disruptiva que perturba el orden de una familia burguesa.

Padre, madre e hijo, además de la propia Val, ven sus esquemas alterados por su presencia. Muylaert alimenta esta situación conflictiva no tanto con la intención de subvertir las relaciones de la familia protagonista como para poner en evidencia hasta qué punto la clase social condiciona el ejercicio de la maternidad en el país. Y así convierte la actitud de Jessica en el detonante que agita la mentalidad sumisa de Val.

En su tramo final, Una segunda madre añade un elemento dramático que redunda demasiado en el discurso sobre maternidad y condición de clase. Aunque la película acabe apostando más por la conciliación que por la perturbación y su final tenga algo de complaciente para el gran público, sin embargo desarrolla una pertinente tesis sobre cómo el hecho de ser madre no se ajusta siempre a ese imaginario idealizado que nos venden desde tantos frentes, desde la publicidad hasta la religión.

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