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En busca del Bob Dylan mexicano
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estreno de 'güeros'

En busca del Bob Dylan mexicano

Alfonso Ruizpalacios ha triunfado en el circuito festivalero con una película en blanco y negro sobre la pérdida de la inocencia y los movimientos estudiantiles en México

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Puto cine mexicano: agarran unos pinches pordioseros, filman en blanco y negro, y ya dicen que están haciendo cine de arte”, sentencia Sombra, uno de los protagonistas de Güeros, antes de continuar con una letanía de todas las miserias del país que, según él, retratan los cineastas nacionales para conseguir el beneplácito de la crítica francesa. Poco antes, él y su novia Ana se han estado burlando de los tics de títulos clásicos como Los olvidados de Luis Buñuel.

Sombra es un joven que, junto a su colega Santos, ha decidido hacer “huelga de la huelga” que en esos momentos paraliza la Universidad donde estudia y buena parte de México capital. Cuando se nos presentan al principio del film, ambos encarnan esa desidia propia de cierta juventud: juegan a las cartas, fuman, toman café y holgazanean en su apartamento mientras buena parte de sus compañeros se manifiestan por la calles. La llegada del hermano pequeño de Sombra, Tomás, les cambia la rutina. La madre de ambos ha decidido enviarlo a la capital porque ya no puede más con el chico. A falta de un estímulo mejor, los tres deciden salir en busca de Epigmenio Cruz, un músico olvidado que Tomás asocia al recuerdo del padre que los abandonó.

Cruz se erige como una figura de leyenda en el film: se cuenta de él que una vez hizo llorar a Bob Dylan, que podría haber cambiado el curso del rock mexicano. Pero desapareció del mapa. Los chicos vibran al escuchar por los auriculares un viejo casete de Epigmenio cuyas canciones el espectador nunca llega a oír. Este personaje misterioso sirve de excusa para que los protagonistas se lancen a la carretera, en una road-movie interior que no abandona los límites del Distrito Federal. Al viaje se les une más tarde Ana, la chica de la que está enamorado Sombra, implicada ella sí en las luchas estudiantiles.

La queja de Sombra respecto al cine mexicano tiene algo de denuncia tanto de los lugares comunes de esta cinematografía como de cierta postura de la prensa europea que parece congratularse ante el retrato de la miseria ajena. Su crítica, sin embargo, también está cargada de una autoironía que se agradece. Quizá los personajes de Güeros no sean unos “pinches pordioseros”, pero Alfonso Ruizpalacios ha decidido rodar su ópera prima con una estética deudora del “cine de arte” que tanto gusta en Europa: en blanco y negro, y un formato de pantalla académico que recuerdan inevitablemente a las primeras películas de la Nouvelle Vague o a los títulos fundacionales del cine independiente norteamericano. El cineasta compensa el peso de sus influencias artísticas, que por otra parte maneja con enorme talento, con el punto justo de autoconciencia paródica.

Estos referentes cinéfilos apelan a la voluntad del director de llevar a cabo una película ligada, como esas corrientes, a ese estado de ánimo llamado juventud. A lo largo de la película, los personajes se mueven en un tránsito que parece evitar expresamente el curso de la Historia colectiva que representa la huelga estudiantil. En un momento, sin embargo, sus caminos se cruzan, y Santos y Sombra se adentran en el campus tomado por sus compañeros. Ruizpalacios, que se inspira en una revuelta real que tuvo lugar en la Universidad Autónoma de México en 1999, aprovecha para llevar a cabo un retrato de las complejidades y contradicciones del ambiente universitario.

A la pasividad de los dos protagonistas opone la militancia de tantos otros jóvenes que, por otra parte, no pueden evitar violentos comentarios machistas cuando la protagonista femenina toma el micrófono en una asamblea. Ella proviene de una familia tan militante de izquierdas como güera: en algún momento Sombra le reprocha a Ana que quizá se sienta mejor en ciertos ambientes más pijos.

Aunque se sitúe, desde su propia estética, lejos de los propósitos del realismo social, Güeros no deja de apuntar ya desde el título a la pervivencia en México de todo tipo de prejuicios. Mientras que a Sombra le apodan así posiblemente por sus rasgos indios, su hermano pequeño Tomás se gana el apelativo de güero por su tez mucho más pálida. La cuestión racial, ligada a la clase, emerge más de una vez en la película, donde queda claro que los “güeros” todavía tienen las cosas más fáciles en el país.

Pero Ruizpalacios evita los discursos explícitos al respecto. El uso expresivo de la banda sonora, la filmación en blanco y negro, la estructura en forma de road-movie ligada a la búsqueda de ese Bob Dylan mexicano que otorga sentido a la vida de los protagonistas sumadas a la capacidad del director para otorgarle un punto hipnótico a las imágenes convierten a Güeros en un viaje emocional en torno a la pérdida de la inocencia más que en un film de tesis sobre la juventud mexicana.

Puto cine mexicano: agarran unos pinches pordioseros, filman en blanco y negro, y ya dicen que están haciendo cine de arte”, sentencia Sombra, uno de los protagonistas de Güeros, antes de continuar con una letanía de todas las miserias del país que, según él, retratan los cineastas nacionales para conseguir el beneplácito de la crítica francesa. Poco antes, él y su novia Ana se han estado burlando de los tics de títulos clásicos como Los olvidados de Luis Buñuel.

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