un documental rescata la utopía francesa

La Comuna de París revive en Madrid

Se proyecta ‘La Comuna (París, 1871)’, la película de Peter Watkins, en unas jornadas sobre los meses en los que París vivió la utopía de la autogestión

Foto: Barricada en la calle Saint-Sébastien (CC)
Barricada en la calle Saint-Sébastien (CC)

Una excepcional película que dura seis horas y una experiencia pionera de gestión directa de una gran capital por sus habitantes. Estos dos insólitos hechos serán recordados en ‘La Comuna en Madrid’, unas jornadas que en tres sesiones, proyectarán la película y analizarán la resonancia en el presente de los acontecimientos históricos que cuenta. Se celebran, además, en tres espacios de intervención cultural que comparten premisas con la película y la Comuna: el carácter colectivo y la autogestión.

‘La Comuna (París, 1871)’, editada en DVD por Intermedio en noviembre de 2014, es una película única por muchos motivos: su duración, temática y desarrollo son tres de ellos. Dirigida por Peter Watkins, alcanza las seis horas de metraje y representa los hechos acontecidos durante los dos meses de 1871 en que la capital francesa vivió bajo gestión ciudadana comunitaria, sin un gobierno al frente.

Se presenta abiertamente como un documental imposible en el que algunos actores dicen su nombre real y el papel que van a interpretar, y parte del enfrentamiento entre las distintas visiones que dos cadenas de televisión, la oficialista TV Nacional de Versalles y la ciudadana TV Comunal, van a ofrecer de lo que está sucediendo en las calles de la ciudad en marzo de 1871. Pero acaba siendo muchísimo más que eso.

Rodada en trece días de 1999 en una fábrica a las afueras de París por un grupo numeroso de actores semi-profesionales (acompañados por desempleados, sin papeles y vecinos de la capital), la película se convirtió en un proceso colectivo de aprendizaje de cuyo resultado Watkins no parece ser enteramente responsable.

Así, hacia el final, coincidiendo con los momentos de la represión de la ‘Semana sangrienta’ que puso fin a la Comuna, la película muestra cómo el equipo, reunido en diversas asambleas, reflexiona  sobre la sociedad francesa de 1999, su trabajo como actores y su propia participación en el rodaje, fracturando el devenir cronológico de la narración.  

Por ejemplo, en una secuencia memorable y larga, que rompe con la forma del resto de la cinta, algunas de quienes interpretan a las comuneras reivindican poder opinar sobre sus papeles, que entienden sometidos a jerarquías y contrarios al rol real que las mujeres cumplieron en el desarrollo de la Comuna.

El principal valor cinematográfico de la película es que el proyecto inicial de Watkins se ve desbordado“El principal valor cinematográfico de la película es que el proyecto inicial de Watkins se ve desbordado”, opina Ana Useros, organizadora de la Muestra de Cine de Lavapiés, “y acaba siendo una anomalía en su trayectoria como director”.

Ese desborde protagonizado por quienes interpretan un papel y se salen de él para contar su propia vida vincula de algún modo a ‘La Comuna (París, 1871)’ con otra creación artística impar, la fascinante obra de teatro Marat/Sade escrita por Peter Weiss en 1963.

“Tengo la sensación de que Watkins odia el cine, que es una postura respetable, ya que siempre trata de desenmascararlo, dejarlo en evidencia, forzarlo, y eso hace que su cine sea antipático, pero esta película es distinta: es colectiva y quienes  interpretan a soldados de alguna manera están contando parte de su vida”, añade Useros.

La mirada de Watkins sobre la Comuna de París no fue la primera. En 1914, el director valenciano Armand Guerra, seudónimo de José Estívalis Cabo, ya realizó una aproximación de veinte minutos.

Para Useros, la historia filmada por Watkins posee elementos que la hacen relevante aún hoy. “La Comuna de París estaba en el centro del mundo y se pusieron a inventar de una manera muy concreta porque estaban en una ciudad, tenían que hacer gestos pequeños para el día a día, como organizar bautismos civiles, una vez derogada la Iglesia. Y eso hace que la representación de la misma en la película tenga un gran potencial de identificación”, señala.

El corto verano de la utopía

Desde el 18 de marzo de 1871, París fue un paréntesis de dos meses. Abandonada por el gobierno provisional de Thiers, huido a Versalles desde donde combatió sin piedad la experiencia comunal parisina, la ciudad se organizó para superar la extrema pobreza y las costosas indemnizaciones de la guerra con Prusia que debía soportar en virtud del armisticio firmado por Thiers, al que París siempre se había negado.

El Comité Central de la Guardia Nacional, milicias ciudadanas encargadas de la defensa de la ciudad durante la guerra y gobierno en la práctica, promulgó elecciones para la Comuna el 26 de marzo y el 28 cedió el testigo a la misma, quedando proclamada.

Barricade en París, 1871, por Pierre-Ambrose Richebourg (CC)
Barricade en París, 1871, por Pierre-Ambrose Richebourg (CC)

Su eco resonaría en los levantamientos populares posteriores como la revolución rusa o la vivida en España en reacción al golpe de Estado de 1936. Ese año, pocos meses antes de ser nombrada ministra de Sanidad por la República, Federica Montseny se refería a la Comuna de París como la “primera revolución consciente” y destacaba de ella que suponía “la incorporación de las masas populares a la historia”.

“Es la culminación del primer asalto proletario a la sociedad de clases”, afirman desde Klinamen, editorial que en 2006 publicó un volumen sobre la Comuna, reeditado en 2012. “Quizás lo más importante es que supone una experiencia realmente popular, en el sentido de construida de abajo arriba, llena de contradicciones y según un modelo organizativo que ningún teórico había podido prever”, explican.

Servando Rocha, escritor y editor en La Felguera, etiqueta que explora las intersecciones entre arte y activismo político, considera que “marca la contemporaneidad de nuestro pensamiento político. Es cierto que la mentalidad europea parte siempre de la Revolución Francesa pero creo que la Comuna de París, precisamente porque sucede antes de la gran separación entre todas las corrientes del socialismo, tiene algo mágico, algo de un mismo sentimiento en el que todos los revolucionarios están poniendo toda la carne en el asador en la calle, sin separaciones a pesar de sus distintas tácticas”.

Durante los primeros días, la Comuna de París tomó medidas encaminadas a restituir los servicios públicos, facilitar el trabajo y mejorar la vida de las mujeres. Así, por ejemplo, abolió los intereses de las deudas, entregó a las sociedades laborales los talleres y fábricas abandonadas, otorgó una pensión vitalicia a las esposas que se separaban de sus maridos y fijó un sueldo máximo anual para impedir la acumulación de capital.

También se derribó la columna de la plaza Vendôme, acto cargado de simbolismo porque ese monumento “era una afirmación del despotismo imperial y atentaba contra la fraternidad de los pueblos”, en palabras de Louise Michel, participante destacada en la Comuna.

Comuneros en sus ataúdes en 1871 (CC)
Comuneros en sus ataúdes en 1871 (CC)

Más allá de las medidas concretas, en Klinamen valoran que “la gran experiencia de la Comuna es que desarrolla por primera vez la forma organizativa (delegados revocables organizados de abajo a arriba) en la que se asentarán todas las revoluciones posteriores. Por otro lado, hay que ser conscientes de sus límites: esa organización sólo podrá mantenerse y desarrollarse realmente si expresa un contenido que se plantee la abolición del capital y el Estado. El temprano aplastamiento de La Comuna impidió comprobar si eso hubiese sido posible”.

En efecto, la reacción del gobierno instalado en Versalles fue furibunda. El 3 de abril ya inició los ataques contra la ciudad que culminarían con el asalto y los enfrentamientos cuerpo a cuerpo en las mismas calles durante la última semana de mayo. Se cifra en treinta mil los muertos causados por la represión de la Comuna.

Esta derrota otorga a la experiencia parisina un carácter de acontecimiento inacabado que posibilita un relato vivo y compartido con el de otras explosiones que también concluyeron mal, según Rocha:

“Todas las revoluciones que acaban fracasadas están llamadas a volver de alguna manera. Todos nuestros héroes han sido derrotados. Y muchas veces uno dice por lo bajo “y menos mal que fue así” porque si hubieran tenido el poder hubiera sido algo atroz. La Comuna de París o mayo del 68 son presentadas hoy con este halo de irreductibilidad y de capacidad de poder inspirar porque fueron revoluciones fracasadas. Es algo muy curioso. Cuando se alcanza el poder, se pierde ese halo de irreductibilidad”.

Todas las revoluciones que acaban fracasadas están llamadas a volver de alguna manera. Todos nuestros héroes han sido derrotados¿Se puede rastrear en el convulso presente alguna huella evidente de lo que pasó en esos días en París? En Klinamen señalan dos: “por ejemplo, en el ‘mandar obedeciendo’ de los zapatistas o en la crítica de la representación del 15M resuenan ecos lejanos de la revocabilidad y del mandato imperativo comunero”.

Rocha, por su parte, anticipa lo que podría suceder en una situación similar hoy. “Si ahora mismo se disolviera el poder, si esa comisaría que está ahí al lado desapareciera, la gente seguiría haciendo exactamente lo mismo. Se vio en el 15M, la gente fue consciente de que tenía el poder. Y no hacen falta grandes multitudes para controlar una ciudad. París ahora mismo está secuestrada por una amenaza terrorista, y quienes lo cometieron fueron cinco o seis personas. Lo complejo es gestionar el poder, es uno de los grandes problemas que ha tenido el anarquismo. CNT llegó a gobernar Barcelona y Cataluña desde la calle, pero se puso a disposición de la Generalitat”.

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