sitges recuerda a la productora cannon

La fábrica de tíos cachas con ideas fachas

El Festival revisa el legado de la Cannon Films a través de dos documentales que analizan cómo llegó a desafiar al blindado sistema de estudios de Hollywood

Foto: Dolph Lundgren en 'Masters del universo'
Dolph Lundgren en 'Masters del universo'

Charles Bronson liándose a tiros con una banda de delincuentes juveniles. Lou Ferrigno enviando con su fuerza hercúlea un oso pardo al espacio exterior. Chuck Norris ametrallando a un montón de terroristas árabes. Sylvester Stallone echándole un pulso a un campeón en la materia. Dolph Lundgren enfrentándose al malvado Skeletor para salvar la galaxia...

Películas tan populares de la década de los ochenta como Yo soy la justicia (Michael Winner, 1982), El desafío de Hércules (Luiggi Cozzi 1983), Delta Force (Menahem Golan, 1986), Yo, el halcón (Menahem Golan, 1986) o Masters del universo (Gary Goddard, 1987) comparten protagonistas masculinos cachas haciendo valer su fuerza. Y un mismo sello. La Cannon Films, la única productora independiente que en su época llegó a desafiar al blindado sistema de estudios de Hollywood en su propio terreno.

La Cannon Films fue la única productora independiente que en su época llegó a desafiar al blindado sistema de estudios de Hollywood en su propio terrenoCannon Films fue el sueño del director Menahem Golan y el productor Yoran Globus, dos primos israelíes que, tras arrasar en las taquillas de su país de origen, decidieron comprar en 1979 una entonces modesta productora estadounidense que acabaron convirtiendo en una de las empresas más exitosas e influyentes de la industria cinematográfica de los años ochenta. El Festival de Sitges ha revisado su herencia a través de dos documentales: el vibrante Electric Boogaloo: The Wild, Untold Story of Cannon Films de Mark Hartley y el más íntimo The Go-Go Boys: the Inside Story of Cannon Films de Hilla Medalia.

A Cannon Films se la recuerda por su capacidad para producir un gran número de películas populares a precios ajustados, muchas de las cuales surtieron buena parte del catálogo de los videoclubs españoles durante las últimas décadas del pasado siglo. Menahem Golan había trabajado como ayudante de Roger Corman en Gran Bretaña y, en cierta manera, tomó el testigo del rey de la serie B a la hora de producir a cascoporro películas exploit de bajo presupuesto.

Cachas con ¿ideas?

Ni Electric Boogaloo ni The Go-Go Boys llegan a abordar uno de los aspectos más polémicos del cine de la Cannon, su subtexto político. En los ochenta, las películas de la Cannon también eran sinónimo de explotar la violencia hacia las mujeres, alimentar los prejuicios étnicos y xenófobos, y defender el tomarse la justicia por cuenta propia. Resulta imposible separar la filiación sionista de Menahem Golan del hecho que los árabes encarnaran el nuevo paradigma de villano que instauró en buena parte su cine.

“En la Cannon nunca se hablaba de política”, argumentó Harley al respecto. “Lo único que les interesaba era rodar películas que llegaran al máximo de público posible”. Películas donde, como bien se apunta en su documental,  “norteamericanos blancos de clase media eliminaban sin miramientos a gran cantidad de menores de minorías étnicas”.

En la Cannon nunca se hablaba de política. Lo único que les interesaba era rodar películas que llegaran al máximo de público posible

Cannon encontró su mejor filón en un cine de acción protagonizado por héroes testosterónicos. Personajes que se tomaban la justicia por su cuenta ante terroristas extranjeros o delincuentes de los barrios bajos. Y cultivaron un imaginario violento, sexista y racista que triunfó en la América conservadora de la era Reagan.

Cine de primera

Pero la productora de Golam y Globus también dio su apoyo a cineastas de prestigio que no encontraban quien les financiara como Peter Bogdanovich, Andrei Konchalovski (quien les proporcionó su mejor actioner, la fabulosa El tren del infierno), John Cassavetes, Norman Mailer o Barbet Schroder. Incluso llegaron a fichar a Jean-Luc Godard firmando el contrato en una servilleta de papel.

Fue la época en que Menahem Golam intentó dejar de ser el nuevo Roger Corman para convertirse en un Harvey Weinstein avant la lettre. Por lo que explica él mismo en The Go-Go Boys, que ciertas películas de John Cassavetes se estrenaran en países como Japón hay que agradecérselo a Charles Bronson. Golam obligaba a adquirir Love Streams (Corrientes de amor, 1983) a quien quisiera estrenar Yo soy la justicia o derivados

Chuck Norris en 'Delta Force'
Chuck Norris en 'Delta Force'

Cuando Menahem Golam y Yoram Globus llegaron a Hollywood no eran ningunos advenedizos en la profesión. Venían de producir algunos de los títulos más exitosos de la historia del cine de su país, lo que les ha valido el sobrenombre de los “Steven Spielberg y George Lucas israelíes”. Uno de sus mayores triunfos fue Polo de limón (Boaz Davidson, 1978), el principal antecedente de la serie Porky's y tantas otras comedias sexuales adolescentes de hormona desmadrada. Los propios Golam y Globus se encargaron de rehacer la película en Estados Unidos bajo el título El último americano virgen (Boaz Davidson, 1982).

En la estela del cine 'exploit', en muchas cintas de la Cannon tiraban más dos tetas que un buen argumentoEn la estela del cine exploit, en muchas cintas de la Cannon tiraban más dos tetas que un buen argumento. En su catálogo se encuentran algunas de las experiencias post-Emmanuelle de Sylvia Kristel como El amante de Lady Chatterley (Just Jaekin, 1981), Mata Hari (Curtis Harrington, 1984) o la inenarrable Bolero (John Derek, 1984) con Bo Derek.

La Cannon tenía una respuesta de bajo presupuesto para todos los grandes éxitos del sistema de estudios. Si Bruce Lee ponía de moda las artes marciales, ellos se sacaban de la manga El guerrero americano (Sam Firstenberg, 1985), donde el héroe local se enfrenta a malvados ninjas utilizando sus mismas armas. Cuando Brooke Shields se convirtió en una estrella gracias a El lago azul, Golan y Globus decidieron enmarcarla en una aventura en el desierto en Sahara (Andrew V. McLaglen, 1983). Y ofrecieron el sueldo más alto de la época a Sylvester Stallone para que repitiera el éxito de sus Rocky en un film donde no tenía que soltar ni un solo puñetazo, únicamente echar pulsos.

Copiar sin gusto

“Las películas de la Cannon siempre te recordaban a alguna otra, pero sin el buen gusto”, sentencian en Electric Boogaloo. Los guiones, que según los rumores sólo se molestaban en leer las secretarias, se basaban en ideas locas y creaban conexiones entre imaginarios que a priori no tenían nada que ver. Desde estas premisas, tanto podían triunfar como convertirse en estrepitosos fracasos. Uno de sus mayores hits, por ejemplo, fue precisamente el que da nombre a uno de los dos documentales, Electric Bogaloo (Sam Firstenberg, 1984), uno de los filmes que supo captar al momento la fiebre del breakdance... y al que añadieron una protagonista que parecía escapada de Flashdance.

Las películas de la Cannon siempre te recordaban a alguna otra, pero sin el buen gusto

Paradójicamente, los perpetradores de películas a las que se ha reprochado los prejuicios raciales fueron vistos a menudo como extraños en la industria estadounidense. Menahem Golam y Yoram Globus no eran un par de productores judíos de Hollywood de toda la vida, sino dos inmigrantes israelíes que intentaban conquistar una industria extranjera para ellos. Como comentó Mark Harley en la presentación en Sitges, su historia a priori puede parecer la de David luchando contra Goliat, la de dos pequeños empresarios que consiguen hacerle la competencia a la gran industria. Pero como bien reflejan los dos documentales, los avatares de la Cannon ponen de manifiesto las dificultades para mantener una productora en la cresta de la ola incluso cuando la taquilla es el principal objetivo.

Reyes del marketing

La Cannon popularizó nuevas estrategias comerciales, sobre todo en el Mercado del Festival de Cannes, la gran cita internacional de la industria cinematográfica. En lugar de presentarse con películas listas para mostrar a posibles compradores, utilizaban la táctica de la preventa, ahora totalmente normalizada. Promocionaban proyectos que solo existían sobre el papel. Y cerraban tratos a partir de una mínima sinopsis, el nombre de un actor con gancho y un cartel bien llamativo. Los anuncios de sus próximos proyectos se hicieron omnipresentes en las marquesinas de la Croisette y las revistas de la industria durante los años ochenta.

Golan y Globus también se enorgullecían de invertir todos los beneficios en nuevas películas, en lugar de cultivar una imagen de poder y de glamour como hacían otros productores. Por la Costa Azul se paseaban ataviados con un chándal dominguero donde lucían el logo de la productora. Sin embargo, su ambición de rodar cada vez más filmes y cada vez más caros acabó con una productora que tenía en la modestia de sus planteamientos la clave de su éxito.

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