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25 años descifrando el enigma de Laurence Olivier
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aniversario de la muerte de un mito

25 años descifrando el enigma de Laurence Olivier

Se cumplen 25 años de la muerte de uno de los actores más importantes del siglo XX, que además destacó por sus películas y obras shakesperianas

Foto: Fotógrama de 'hamlet' de laurence olivier
Fotógrama de 'hamlet' de laurence olivier

Londres, 1976. El productor estrella de la Paramount, Robert Evans, busca una compañía de seguros que acepte asegurar a Sir Laurence Olivier. El veterano actor, necesitado de trabajo y ante la estupefacción de aquellos que, por esas fechas, ya lo consideran el actor británico del siglo XX, dice 'sí' a trabajos alimenticios y va a participar en la nueva producción del 'chico de oro' del Hollywood de los 70, el thriller Marathon Man.

Sin embargo, su cáncer y la gota en una pierna hacen que pocas aseguradoras quieran avalarlo ante la posibilidad de que muera en pleno rodaje y les toque pagar una cuantiosa suma de dinero. Con todo, el testarudo Evans lo acaba consiguiendo y Olivier consigue encarnar a un dentista nazi que le llevará a las puertas del Oscar al mejor actor secundario. Aquellos que creen que va a morir tendrán que esperartrece años máspara ver cómo el Lord se va para siempre un 11 de julio de 1989, hace ahora veinticincoaños, cuando sus cenizas fueron alojadas, nada más y nada menos, que en la abadía de Westminster.

Muchos lo llamaron el intérprete definitivo del siglo XX. Otros prefirieron destacar sus innumerables encarnaciones de la obra shakesperiana en las tablas, algo en lo que se convirtió en todo un experto. Los cronistas de la época se centraron en la tortuosa y casi decimonónica relación que vivió durante dos décadas junto a Vivien Leigh.

Pocos supieron desvelar el misterio de sus ojos tristes y oscuros, ir más allá del enigma que se escondía tras un hombre respetado, de vida longeva y notables incapacidades sentimentales. Nacido en Dorking en 1907, su infancia estuvo marcada por el sentimiento de culpa. Era un trauma infantil inevitable, al ser el segundo hijo de un estricto sacerdote anglicano y estudiar en un colegio en el que la religión era tan fundamental como respirar. Esa culpa estuvo a punto de frustrar el desarrollo de la profesión para la cual había nacido. Cierto día, durante una función escolar, encarnaba al legendario Bruto. La mala fortuna quiso que se cayese de bruces sobre el escenario y que sus compañeros se carcajeasen no sólo de la caída, sino de su tímida reacción. Recordaría esa anécdota el resto de una vida en la que el destino pareció guiar sus pasos hacia la gloria.

Fue ese destino el que quiso entorpecer sus primeros pasos en el cine, los que hicieron que despreciase el gran arte del siglo XX y se decantase por el teatro. Y es que, en 1933, la mismísima Greta Garbo no lo quiso como compañero estelar en La Reina Cristina de Suecia, para la cual se sometió a una prueba y cruzó el charco hasta Hollywood. Aunque años más tarde volvería a su sol y a sus palmeras, después de aquella humillación no quería ni oír hablar de la meca del cine. No tenía de qué preocuparse. La obra Teatro Real, en la que muchos veían reflejados a los Windsor y, sobre todo, su encarnación del Romeo de Shakespeare, le concedieron la atención de la crítica británica a mediados de los años 30.

La sexualidad que emanaba aquel joven de 27 años no se había visto jamás en un personaje que, varios siglos después de su creación, era ya una pieza de museo. Su forma de actuar no sólo fascinó a la crítica sino a una joven Vivien Leigh que acudía a verlo muchas noches al teatro. La que después fue la Scarlett O' Hara de Lo que el viento se llevó y su esposa durante veinte años recordaría siempre cómo, en su primer encuentro con él, le besó en el hombro casi por error cuando acudió a felicitarlo por su interpretación al camerino.

En plena Guerra Mundial rodaron la muy británica Lady Hamilton, que se convertiría en la película favorita de Churchill, y su unión a la hora de protagonizar y producir obras shakesperianas sería legendaria. Sin embargo, detrás de la pareja de oro del espectáculo 'british' se escondía el veneno de la locura. Leigh sufría una bipolaridad mal diagnosticada y sus crisis psiquiátricas fueron el azote de un matrimonio en el que también existía una rivalidad profesional. Cuentan que cuando a Olivier se le nombró caballero del Imperio Británico, el 8 de julio de 1947, a Vivien le faltaba llorar de aburrimiento mientras lo acompañaba al Palacio de Buckinham. Más allá de nombramientos, no le faltaba razón para estar celosa; al menos durante aquel año. Mientras él dirigía y protagonizaba un Hamlet cinematográfico que le otorgaría varios Oscar, ella rodaba una Anna Karenina que supondría un enorme fracaso.

En los 50, como director del Old Vic Theatre, Olivier estaba en la cúspide de su fama y su éxito, y parecía ejercer de auténtico mecenas para su esposa. Sacó lo mejor de ella, por ejemplo, cuando la ayudó a preparar el personaje de Blanche DuBois para la adaptación teatral de Un tranvía llamado deseo. Pero ni siquiera Nottley Abbey, la casa de campo centenaria que ambos compartían, sirvió para salvar un matrimonio que sólo irradiaba felicidad cuando había cámaras delante.

Llegó un momento en el que Olivier no pudo más y encontró consuelo en la joven actriz Joan Plowright, con la que se casaría y tendría tres hijos tras divorciarse de su Scarlett O' Hara en 1960, el mismo año en el que encarnó al Craso de la espectacular Espartaco. Cuentan que el día que ella murió, en 1967, él se quedó a solas con su cadáver, pidiendo perdón por todo el daño que se habían hecho.

Las últimas décadas del mejor Ricardo III o Enrique V que haya dado la historia de la interpretación, del hombre al que el propio Shakespeare habría contratado para protagonizar sus obras, estuvieron dedicadas a trabajos que muchos juzgaron indignos de su talento. Volvió al cine para encarnar personajes siniestros como el de La huella, de Joseph Leo Mankiewicz. Necesitaba trabajar, aunque fuese en aquel Hollywood que décadas atrás había juzgado vulgar en comparación con su labor teatral.

Ahora ya no tenía nada que demostrar: su espectro laboral iba desde haber dirigido la England's National Theatre Company a hacer lo propio, en el cine, con una Marilyn Monroe en horas bajas en El príncipe y la corista. Ambos extremos demostraban que, en lo que a interpretación se refiere, Olivier podía tocar lo apolíneo y lo dionisíaco, lo profundo y lo frívolo. Sin embargo, más allá de las etiquetas profesionales pocos pudieron desvelar el enigma de su mirada.

Tres años antes de su muerte, un amigo lo encontró llorando frente a la televisión, que en esos momentos emitía Lady Hamilton, la película que protagonizase junto a su amada Vivien Leigh. Compungido y con los ojos llenos de lágrimas, le dijo a su colega: "Esto sí que era amor. Verdadero amor", desvelando tal vez el misterio oculto tras los ojos de 'Larry', del mejor actor británico del siglo XX. La visión de aquella vieja película descifraba, seguramente, que las glorias del escenario fueron para él más fáciles de asumir que las derrotas del corazón.

Londres, 1976. El productor estrella de la Paramount, Robert Evans, busca una compañía de seguros que acepte asegurar a Sir Laurence Olivier. El veterano actor, necesitado de trabajo y ante la estupefacción de aquellos que, por esas fechas, ya lo consideran el actor británico del siglo XX, dice 'sí' a trabajos alimenticios y va a participar en la nueva producción del 'chico de oro' del Hollywood de los 70, el thriller Marathon Man.

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