ESTRENO DE 'DALLAS BUYERS CLUB'

El club del trapicheo político conspiratorio

Tras arrasar sus actores en los Oscar, premios para McConaughey y Leto, llega a España el filme sobre los salvajes inicios culturales del SIDA

Foto: Fotograma del filme
Fotograma del filme

La transición. Al margen de lo que cada uno pueda opinar sobre el proceso, hay algo innegable: durante la transición española no sólo ocurrieron muchas cosas, sino que cualquier cosa parecía posible. Ocurre lo mismo, de hecho, en cualquier momento histórico bisagra o de crisis. Cuando nadie sabe cuáles serán las nuevas reglas del juego y todo el mundo se pone a escribir las suyas.

Algo de eso hay en Dallas Buyers Club, que se estrena hoy en nuestras salas tras el triunfo de sus actores en los Oscar: Matthem McConaughey (actor principal) y Jared Leto.  

Se trata de un biopic sobre un personaje secundario y olvidado de la historia del SIDA: Ron Woodroof. Un desconocido cowboy de rodeo tejano al que diagnosticaron la enfermedad en 1986.  

La primera clave es el año en el que transcurre la película: 1986. El SIDA había dejado de ser una plaga secreta pocos años antes, pero aún tenía la condición cultural de plaga estigmatizada: era la enfermedad de los gais, de la promiscuidad sexual y de la gente rara.

El primer contacto/impacto del maimstream con el SIDA llegó en 1984, cuando se supo que el actor Rock Hudson era portador del virus, episodio recordado en el arranque de Dallas Buyers Club.

El anuncio de Hudson provocó episodios enajenados: la última actriz que le había besado en un rodaje (Linda Evans en Dinastía) temió haber sido contagiada. Exactamente la misma reacción histérica que tienen los amigos vaqueros de Woodroof cuando se enteran de su enfermedad: todos a lavarse el cuerpo compulsivamente

El SIDA en los 80: cambios de rumbo de las autoridades, lucrativas carreras de las farmacéuticas y disparatadas teorías de la conspiraciónEl SIDA era pasto de las leyendas urbanas. Como no estaba claro ni cómo había surgido la enfermedad ni cual era la manera correcta de tratarla, se dispararon las especulaciones clínicas: cambios de rumbo de las autoridades médicas, lucrativas carreras de las farmacéuticas por lanzar sus propios remedios y disparatadas teorías de la conspiración (desde que la CIA había creado el SIDA como arma de control social hasta muchos otros desvaríos).

Ese es el doble contexto de desconcierto cultural y clínico en el que transcurre y se divide la trama de Dallas Buyers Club.

La cinta comienza primero jugando al choque de contrarios. O la bomba de relojería de la irrupción del SIDA en un contexto tan testosterónico y white trash como el de los rodeos en Texas, un pequeño reino de la homofobia. El propio Woodroof, interpretado por un Matthew McConaughey convertido en un pellejo andante (adelgazó decenas de kilos para este papel) se niega a aceptar su situación: es imposible que yo tenga una enfermedad de "maricones", se dice a sí mismo este macho ligón, consumidor de drogas, buscavidas y seguro de sí mismo.  

Tras asumir su nuevo rol, Woodroof será rechazado por su comunidad. Inicia entonces un extraño camino de redención en su lucha contra la enfermedad y las autoridades que la regulan. En lugar de caer en la autocompasión, se reinventa como activista del SIDA... a su manera macarra.   

Woodroof, asqueado por el modo en que los hospitales tratan a los enfermos, inventa algo que podríamos denominar como trapicheo político conspiratorio: crea un club clandestino en el que los enfermos del SIDA, mayormente homosexuales, pueden comprar medicamentos no aprobados por la ley.

Un club de automedicación con escasa base científica, pero que se beneficia de los bandazos de las autoridades médicas y de las malas prácticas de los grandes laboratorios. Los enfermos que siguen el procedimiento clínico oficial se están muriendo y el resto decide agarrarse a un clavo ardiendo.  

Un irreconocible Matthew McConaughey en una escena del filme
Un irreconocible Matthew McConaughey en una escena del filme

Dallas Buyers Club empieza con aires de película punk sobre un momento salvaje -la irrupción de una enfermedad que obligó a afrontar muchos prejuicios sociales- sigue como hábil descripción de la creación de redes sociales underground en épocas de transición/crisis, pero acaba derivando en un sensiblero telefilme conspiratorio sobre las maldades de la industria médica.

Dallas Buyers Cowboy, por tanto, tiene varias películas en su interior. Aunque no destaca precisamente por su sutileza (todo es aquí un poco a calzón quitado y directo a las tripas del espectador) su falta de finura es también uno de sus puntos fuertes:  contar el SIDA a martillazos le acaba dando la fuerza necesaria para unir elementos políticos, sociales, médicos y sentimentales tan complejos y dispares en un todo coherente.

Una de esas películas paradójicas que es a la vez rompedora y convencional, contracultural y conservadora, honesta y tramposa. Un filme con más miga sociológica que estética sobre cómo buscarse las castañas en el underground en épocas de crisis. Aunque sea a lo loco.

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