"Era la voz más original y rupturista"

Punto final al desencanto: adiós Leopoldo María Panero

Fallece el poeta que se convirtió en la voz más potente de los Novísimos. Un artista cuyo territorio creativo se situaba en la enfermedad y la desolación

Foto: Leopoldo María Panero, en el Festival Eñe de 2009. (EFE)
Leopoldo María Panero, en el Festival Eñe de 2009. (EFE)
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    Fue la voz más potente de su generación, de la nueva poesía, de los Novísimos que se inventó Pere Gimferrer junto con Josep María Castellet, en 1970. Leopoldo María Panero demostraba con poco más de veinte años una libertad sin control, propio del desorden ético e ideológico del final del franquismo. La memoria de las ruinas de la guerra civil es desalojada por un grupo que quiere escapar de la tragedia ocupándola con las imágenes del cine, el jazz y la poesía norteamericana. Leopoldo era el poeta más avanzado de todos. El más radical en sus presupuestos, como le recuerda Félix de Azúa, compañero de trayecto y grupo en aquellos años barceloneses. “Era de todas las voces la más original y rupturista. Su poesía era torrencial y vehemente”.

    El poeta cuyo territorio creativo era la enfermedad y la exasperada desolación sobre los afectos. Y las relaciones humanas. Una voluntad por la enajenación, en una obra autobiográfica, definida por sus ingresos en distintos centros psiquiátricos desde que era un novísimo. Junto a él estaban Vázquez Montalbán, Martínez Sarrión, José María Álvarez, Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Carnero y Ana María Moix. La antología encajaba en la reivindicación libertaria del irracionalismo, con asunción de la estética popular (de la copla al fútbol, incluso). En la antología dominaba la juventud de una manera abrumadora, la mitad de los poetas incluidos no había publicado nunca y el propio producto editorial ya mostraba nuevas maneras comerciales. Era la hora del pop, del glamour, de las portadas con lenguas a lo Rolling Stones.

    Tras abandonar Barcelona, desapareció el poeta e irrumpió la figura del loco. “Cultivó su propio mito: el del loco desfasado. Cultivó el mito del loco hasta la mismísima locura”, cuenta Jesús Ferrero, otro de los escritores cercanos a la vida y obra del poeta fallecido. “Me resulta asombroso que haya sobrevivido tanto habiendo cumplido tantos excesos. Yo ya creía que era inmortal”, explica el autor. Pero Leopoldo ha muerto a los 65 años. Era inmortal porque era joven, aunque había dejado de serlo hacía mucho tiempo. Su tormento empezó en el mismo momento en el que Jaime Chávarri decidió desvelar la tortura de los Panero y hacer de aquella pesadumbre fama y martirio.

    La familia, una enfermedad

    Su padre, un censor que dejó marcas en sus censurados y en su familia es el protagonista omnisciente de Jaime Chávarri, responsable de hacer indestructible a la familia y sus lodos en la película El desencanto (1976). Ricardo Franco montó una segunda parte, que debía haberse llamado El desconcierto y terminó convirtiéndose en Después de tantos años (1995). Si en la primera había esperanzas, en la segunda hay destrucción y muerte. Leopoldo Panero (1909-1962), el embajador de la Hispanidad junto con otros escritores falangistas como Luis Rosales y Agustín de Foxá, neutralizó la saga. Y su cómplice fue su mujer, Felicidad Blanc. Ambas películas colaron a Leopoldo en el panteón de los poetas malditos, en el que ya estaban Antonin Artaud (con el que le hermanaban hasta los gestos) o Stéphane Mallarmé.

    Por el camino de Swan (1968), Así se fundó Carnaby Street (1970) y Teoría (1973) es uno de los corpus poéticos más coherentes de la vanguardia. Todas ejecutan la desarticulación técnica violenta del discurso poético tradicional, desde el automatismo surrealista y el irracionalismo, contra la unidad del discurso, la claridad, el predominio del caos frente al orden.

    Los horteras de mierda

    La deriva previa al final de la noción de pérdida de los límites poéticos llegaba con la versión de la vida de los Panero, ofrecida por Ricardo Franco. En ella, Michi se mostraba incontenible y desatado contra la figura de su hermano Leopoldo. Que vayan ellos, dice, que vayan los horteras de mierda que no saben escribir un poema, que vayan a cuidar a Leopoldo.

    El hermano conciliador se había transformado en 20 años en un destructor de la familia. Sólo le interesa su perro y el repaso a la persona del fruto de sus frustraciones es demoledor. Mientras, Leopoldo reconoce que la gente le tiene miedo por su violencia y su verdad. Porque la verdad es siempre violenta. Por eso teme a la soledad, a la gente que huye del loco y lo maltrata con el vacío.

    El final de la raza

    Había muchas razones para que su figura y mito superaran a su obra en popularidad. Sus adicciones, su presencia molesta en los medios, su incontinencia que hacía saltar por los aires las entrevistas, el inagotable ansia por el cigarrillo, la Coca-Cola y el alcohol. Pero también su impúdico culturalismo, que deshojaba con descarado nihilismo. Arrojar al lector a la vorágine irracional de la pérdida de la orientación y la rebeldía.

    “Escribir en España no es llorar, es beber,/ es beber la rabia del que no se resigna/ a morir en las esquinas, es beber y mal/ decir, blasfemar contra España/ contra ese país sin dioses pero con/ estatuas de dioses, es/ beber en la iglesia con música de órgano/ es caerse borracho en los recitales… caerse húmedo, babeante y tonto y/ derrumbarse como un árbol ante los farolillos/ de esta verbena cultural”, en Agujero llamado Nevermor.

    Leopoldo María Panero parecía inmortal porque se había muerto varias veces, en su trasiego por los manicomios de Mondragón y Gran canaria, porque sus silencios, por el regreso. “Yo temblaba /no era un sueño / y fueron muriendo todos los soldados / de la guardia del rey / y mi corazón seguía temblando”. El juego con la muerte era tan natural como demencial en él.

    Entre el fanatismo y el fatalismo su figura escaló por los basureros televisivos, que veían en su pureza de poeta, marciano en el planeta Tierra, ridiculizaban su presencia y escuchaban de su boca todo “aquello que callan los hombres”. Sus obsesiones íntimas le hicieron ante las cámaras de la televisión un esperpento grotesco, un pelele prototípico que cuadraba a la perfección con la imagen del poeta que no puede faltar sobre la mesa: el loco inspirado. “En la calle nos vuelven locos y en el manicomio rematan el trabajo”, dijo en alguno de esos comederos de audiencias, en los que su poesía era una carga más molesta que sus desplantes.

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