Pinocho de EPO, la gran mentira de Lance Armstrong
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'the armstrong lie' se presenta en el festival de venecia

Pinocho de EPO, la gran mentira de Lance Armstrong

Alex Gibney ha dirigido este filme que comenzó siendo una oda al mejor ciclista de la historia y acabó convirtiéndose en un testimonio sobre su mentira

Foto: Lance Armstrong (EFE)
Lance Armstrong (EFE)

“No es que haya vivido un montón de mentiras, he vivido una gran mentira”. Con estas declaraciones del propio Lance Armstrong se inicia el documental The Armstrong Lie, dirigido por Alex Gibney. Armstrong pronuncia estas palabras en enero de este año, inmediatamente después de su participación en el programa de Oprah Winfrey y confesar que, efectivamente, sí se había dopado, después de años de negativas y litigios en los tribunales. Armstrong había contraído una deuda con Gibney y The Armstrong Lie explica las razones de esa deuda.

Que nadie espere grandes novedades en The Armstrong Lie, película presentada fuera de concurso en Venecia. Todo se ha dicho ya, bien en los informes de las agencias antidopaje, bien en toda la literatura que se ha vertido después de su largamente esperada confesión. Armstrong ya no es un misterio, ni mucho menos un milagro de la ciencia médica. Tampoco un mito. Como reconoce el propio Gibney, lo que queda de Armstrong es la figura de un gran contador de historias que supo manejar con extraordinaria habilidad los elementos míticos inherentes a su relato de superación. Sí, Armstrong era un gran mentiroso.

En realidad The Armstrong Lie tiene su propia historia, la historia de su origen y producción, que es la que cuenta un Gibney que en 2008 fue contactado por Armstrong para hacer un documental sobre su vuelta al ciclismo y su nueva participación en el Tour de Francia de 2009. Con unos medios insólitos (múltiples cámaras, rodaje por todo el mundo) y acceso a todo su entorno (incluido el evasivo médico italiano Michele Ferrari), Gibney se dispuso a filmar el Tour de Francia que arrancaba ese año en Mónaco. Lo primero que se encontró fue con la hostilidad de mucha gente a la que pretendía entrevistar y que no entendía cómo el director de Taxi to the Dark Side y Enron: The Smartest Guys in the Room se había embarcado en un proyecto semejante. Para ellos se trataba simplemente de una operación de lavado de cara. Incluso Greg Lemond, acérrimo enemigo de Armstrong, contrató a su propio equipo de documentalistas para proponer una versión alternativa.

Lance armstrong settles with sunday timesGibney reconoce que en aquel momento creía a ciegas en la palabra de Armstrong. Era un fan más y como tal prefería creerse su cuento de hadas. Al menos fue así hasta algo más de un año después, con el documental prácticamente acabado una vez montadas las más de 200 horas de material, salieron a la luz nuevas denuncias, en particular las de Floyd Landis y Tyler Hamilton, antiguos compañeros de equipo de Armstrong. Fue entonces cuando Gibney se cayó del guindo. La gran paradoja radica en que el propio cineasta reconoce haber aceptado el encargo para salirse del modelo de documental de denuncia en el que se había especializado. Hacer una película de superación y “buenos sentimientos” era la forma que encontró para huir de los documentales sobre grandes mentiras económicas o gubernamentales (Enron, Irak). Sin pretenderlo, acabo rodando una película sobre la mayor mentira de la historia del deporte.

¿Qué hacer entonces con todo aquel material inicial, el documental hagiográfico? Aquí radica el gran interés de The Armstrong Lie, en la autocrítica que ejerce Gibney, algo muy oportuno y que debería hacerse extensiva a los medios de comunicación si tenemos en cuenta que todo el affaire Armstrong nunca hubiese alcanzado la dimensión que alcanzó de no ser por la complicidad de los medios. En 2013, cuatro años después de aquel Tour de 2009, la historia se escribe de distinta manera, como una confesión en primera persona, pero el que habla ahora no es Armstrong (que también) sino el propio Gibney. Toda imagen connota varias lecturas y aquellas imágenes del Tour del 2009 Gibney las ve ahora de una forma muy distinta.

Ese material del 2009 es fascinante y nos permite asistir al duelo Armstrong-Contador. Cuando todo parecía diseñado para otro triunfo del ciclista tejano, su compañero de equipo acabó arrebatándole el triunfo al alzarse con su segundo Tour. Las cámaras recogen la frustración de Armstrong, pero también la del director del equipo, Johan Bruyneel, especialmente cuando Contador protagoniza una escapada que saca a Armstrong de un puesto en el pódium. Finalmente lo recuperará en una etapa posterior, la del Mont Ventoux. Una vez aceptada la imposibilidad de un octavo Tour, Gibney encuentra en esta etapa un buen final para su película inicial. Armstrong ha vuelto a superar todas las adversidades y terminará tercero la carrera. Que no haya ganado parece además la demostración de que no se ha dopado, la garantía de su limpieza.

El tiempo volvió a demostrar que esta historia es proclive a los giros del destino. Un análisis realizado tras esa etapa sacó a relucir indicios de una posible trasfusión. Fueron sus ansias de victoria y su necesidad de encubrir sus mentiras con otras cada vez más grandes las que llevaron a Lance Armstrong a volver al ciclismo, participar en el Tour y volverse a dopar para, al menos, recuperar un puesto en el pódium. Uno de los testimonios que recoge Gibney habla del carácter ganador de Armstrong, lo que se traducía en su “odio a la derrota”. En su última intervención en la película constatamos que, ni aún después de haber reconocido su mentira, es incapaz de sacarse la máscara de triunfador: “Aunque borren del historial del Tour todos mis triunfos, todo el mundo sabrá quién ganó esos siete Tours entre 1999 y 2005”.

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