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Santiago Isla

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Por qué hay que mirar al futuro con optimismo

El pesimismo es instintivo: no requiere justificación, se acepta sin preguntas. El optimismo, en cambio, parece de tontos o de ilusos, y siempre exige una segunda frase. Un pequeño acto de fe

Foto: El Partenón de Atenas. (Getty/Christopher Furlong)
El Partenón de Atenas. (Getty/Christopher Furlong)

Haga el experimento: pare a alguien por la calle y pregúntele cómo viene el futuro. Salvo que se cruce con un legendario optimista, la gran mayoría de sus encuestados responderán que, naturalmente, mal. No le faltarán razones. Desde la pandemia el mundo ha tendido a la locura: habitacional, consumista, geopolítica, todo eso al margen de las cuitas personales de cada uno. El consenso, animal exótico, aquí prueba su existencia. Estamos muy de acuerdo en que el mundo va mal y, lo peor, por venir. Pero, ¿alguna vez estuvimos de acuerdo en que iba a mejor?

El pasado siempre gozó de mejor prensa. No en vano, elimina la mayor angustia del futuro: la incertidumbre. ¡Adanismos! Puede parecer que el apretón de manos entre la nostalgia y el apocalipsis sea signo de nuestro tiempo (no en vano adoramos los triunfos del siglo XX y nos recreamos en las derrotas del XXI), pero es más viejo que la tos. ‘¡O tempora, o mores!’ ("oh tiempos, oh costumbres") declamaba el moralista Cicerón, antes de Cristo. Cada época, sospechosa de su propia decadencia.

La diferencia es que hoy esa sospecha no descansa nunca. El flujo constante de noticias, la amplificación algorítmica del conflicto, las miserias tangibles del día a día: todo suma para que el mundo parezca siempre al borde de un perfecto colapso. Lo que antes se intuía ahora es una evidencia diaria. El repique monótono de las campanas —campanas del apocalipsis— es nuestro despertador. Y uno acaba tentado de rendirse a ese ruido nihilista, ni siquiera punki: sin futuro y sin ganas de cagarse en él, simplemente constatando con agotamiento notarial que todo se va al garete.

En este contexto desmoralizante, tal vez el problema no sea solo el mundo, sino la naturalidad con la que abrazamos su peor versión. El pesimismo en nuestra sociedad es instintivo: no requiere justificación, se acepta sin preguntas. El optimismo, en cambio, parece de tontos o de ilusos, y siempre exige una segunda frase. Un pequeño acto de fe.

En este contexto desmoralizante, tal vez el problema no sea el mundo, sino la naturalidad con la que abrazamos su peor versión

En 2019, David Byrne, líder de Talking Heads, fundó la publicación Reasons To Be Cheerful (algo así como Razones para estar alegre). En la nota de prensa con motivo de su lanzamiento explicó que muchas veces se deprimía leyendo las noticias por la continua sensación de que el mundo "se iba directo al infierno". Por eso empezó a recopilar, casi como terapia, noticias positivas. Cerraba su misión editorial con un propósito sencillo: "Esperamos contrarrestar parte de la negatividad amplificada y demostrar que las cosas quizás no sean tan malas como pensamos".

Usted es libre de argumentar que es más fácil ver la luz caminando por el lado soleado de la vida, pero siempre he sentido que la defensa del optimismo exige más que la del pesimismo. Que implica una decisión consciente. Ser optimista no es ignorar el sufrimiento del mundo: es reconocer sus alegrías. Negarse a reducirlo únicamente a eso que nos angustia.

Ser optimista no es ignorar el sufrimiento del mundo: es reconocer sus alegrías. Negarse a reducirlo únicamente a eso que nos angustia

El filósofo Slavoj Žižek, en una de sus nerviosas ponencias, explicaba que un creyente no ve a Jesús en la cruz y afirma: "He comparado todas las religiones y el cristianismo me parece la más convincente, por eso la elijo". Aquello sería una broma teológica de mal gusto. Las bondades y revelaciones que el cristianismo contendría solo serían accesibles mediante la creencia. Creer para ver. Ustedes sabrán: si se trata, simplemente, de elegir un futuro, mejor creer en la posibilidad de uno hermoso que adorar sin ilusión al que nos promete la destrucción masiva. ¿Qué habremos ganado, de lo contrario, en el apocalipsis? ¿Un "te lo dije"?

Haga el experimento: pare a alguien por la calle y pregúntele cómo viene el futuro. Salvo que se cruce con un legendario optimista, la gran mayoría de sus encuestados responderán que, naturalmente, mal. No le faltarán razones. Desde la pandemia el mundo ha tendido a la locura: habitacional, consumista, geopolítica, todo eso al margen de las cuitas personales de cada uno. El consenso, animal exótico, aquí prueba su existencia. Estamos muy de acuerdo en que el mundo va mal y, lo peor, por venir. Pero, ¿alguna vez estuvimos de acuerdo en que iba a mejor?

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