Las fotos de guerra de Pérez-Reverte: "Hoy estarían censuradas, hoy la guerra se pixela"
El Ateneo de Madrid expone una treintena de fotos realizadas por el escritor en sus tiempos de reportero de guerra. Se trata de imágenes impactantes, muchas de las cuales nunca habían visto la luz
Durante los primeros 12 años de su intensa vida como reportero de guerra, antes de cubrir conflictos bélicos para TVE, Arturo Pérez-Reverte recorrió, acompañado de una máquina de escribir portátil y de varias cámaras de fotos, algunos de los lugares más peligrosos del mundo en las últimas décadas del siglo XX: Líbano, los Balcanes, el Golfo, Mozambique, El Salvador, Eritrea... En todos esos lugares vio el horror en primera persona y en todos hizo fotos. Sin teleobjetivo, disparando su cámara a pocos metros de donde explotaban las bombas, de donde impactaban los morteros, de donde disparaban sus fusiles unos niños soldados, de donde yacían cadáveres acribillados a balazos…
Se trata de imágenes tomadas en esos momentos en los que Pérez-Reverte cerraba su cuaderno de periodista y alzaba la cámara casi por instinto, porque había algo que las palabras no podían contener.
Más de 30 de esas fotos, todas en blanco y negro y la mayoría nunca antes vistas, se exponen ahora en el Ateneo de Madrid. Sin ninguna cartela que indique dónde ni cuándo fue tomada cada una de esas fotos, porque la idea es que desde la guerra de Troya hasta hoy las guerras son todas igual de crudas y de espantosas. Son imágenes muy, muy duras e impactantes.
“La mayoría de esas fotos hoy no se publicarían, se censurarían para no herir sensibilidades. Estas imágenes son inadmisibles en el mundo actual, se esconderían porque son incómodas. Ahora la guerra se pixela”, señalaba el propio Pérez-Reverte durante la presentación de la exposición, que se acompaña de
El padre de Alatriste recordaba que ya en los años 90, cuando cubría sangrientos conflictos bélicos como reportero de TVE, sus jefes se quejaban de que sus crónicas contenían demasiados muertos para la hora del telediario, que se hiciera cargo de que la gente comía a esa hora y no quería ver vísceras y sangre. “La guerra molesta, es incómoda, y yo quería cortarle la digestión a quien viera estas imágenes”, admitía Pérez-Reverte.
El escritor confiesa que lo que a él le permitió digerir todo ese horror fueron los libros. “Lo que yo veía en la guerra yo ya lo había leído, y eso me permitía racionalizarlo, digerirlo, hacerlo soportable. Los libros para mí fueron un mecanismo analgésico”, explica. Y al revés: lo que Pérez-Reverte vio en las guerras dejó un fuerte impacto tanto en su persona como en su obra literaria.
“Los que lean este libro comprenderán lo que hay en el fondo de mis novelas”, señalaba respecto a Enviado especial, volumen que recoge una selección de crónicas y reportajes sobre conflictos bélicos. “Para un lector fiel, este libro está lleno de claves. Un lector de mis novelas encontrará en este libro el comienzo de todo; el dolor, el fracaso, la muerte, la traición, la sangre… Todo eso lo aprendí allí, en la guerra”.
“Lo que yo veía en la guerra yo ya lo había leído, y eso me permitía racionalizarlo, digerirlo, hacerlo soportable”
Dicen que la primera víctima de una guerra es la verdad. Pero hoy, esa verdad está más muerta que nunca. “Antes los reporteros de guerra éramos testigos directos. Ahora hay un montón de obstáculos que se interponen, la verdad se ha alejado mucho. Nosotros fuimos la última garantía de que lo que se contaba era verdad. Ahora hay muchos intermediarios, incluso tecnológicos. Ya no hay ninguna guerra fiable, ni siquiera las imágenes son fiables, pueden estar manipuladas con inteligencia artificial”, destacaba.
Pero Pérez-Reverte no deja de culpar también al público, a los lectores de periódicos y a los espectadores de televisión, de que las coberturas de las guerras hayan cambiado tanto. “El público no quiere la verdad, no quiere sangre ni vísceras, quiere mantenerse lejos de todo eso. Incluso en esta exposición, las fotos más duras son más pequeñas y están arrinconadas. La guerra ha dejado de ser verdad, y eso es una atrocidad. Desde hace 3.000 años la guerra siempre había sido algo palpable, pero ahora ya no”, concluía el escritor. “El mundo de los reporteros, de los periodistas que iban a los sitios para sacudir conciencia, se ha terminado”, apostillaba.
Pero son otras muchas cosas las que han cambiado desde aquellos tiempos en los que Pérez-Reverte ejercía como periodista de guerra. “En nuestros tiempos no decíamos: ‘Me han hecho pupita, sáquenme de aquí, no pedíamos al Ministerio de Defensa y al Ejército que mandara un avión para rescatarnos. Nos buscábamos la vida”, relataba.
En la exposición en el Ateneo de Madrid hay imágenes brutales. Una de ellas: La de un joven, fusil en mano, que posa mirando directamente al objetivo de la cámara de Pérez Reverte, mientras aplasta con su pie el cadáver de una de sus últimas víctimas.”Esa foto fue tomada en Eritrea en 1971. Ese tipo acaba de matar delante de mí a un montón de personas y me dijo que le hiciera una foto y yo, claro está, se la hice”, recordaba el escritor. “En las guerras la gente mata, se destripa, viola… Pero hoy, ante esa foto, el debate habría sido si era moral haberla hecho”.
Considera Pérez Reverte que ver desde la primera línea todo el horror que vio como reportero de guerra le sirvió. “Valió la pena, eso me dejó una mirada, una forma de ver el mundo, me conformó. Yo estoy orgulloso de mi biografía. He hecho cosas que no me gustan y por las que siento remordimientos, pero allí aprendí mucho sobre el ser humano, sobre el amor, el odio, la violencia… Cuando estás en la guerra, toda tu obsesión es transmitir; a eso lo sacrificas todo. Yo he delinquido en todos los países e idiomas, he sobornado a personas de todo tipo, para poder transmitir”.
Durante los primeros 12 años de su intensa vida como reportero de guerra, antes de cubrir conflictos bélicos para TVE, Arturo Pérez-Reverte recorrió, acompañado de una máquina de escribir portátil y de varias cámaras de fotos, algunos de los lugares más peligrosos del mundo en las últimas décadas del siglo XX: Líbano, los Balcanes, el Golfo, Mozambique, El Salvador, Eritrea... En todos esos lugares vio el horror en primera persona y en todos hizo fotos. Sin teleobjetivo, disparando su cámara a pocos metros de donde explotaban las bombas, de donde impactaban los morteros, de donde disparaban sus fusiles unos niños soldados, de donde yacían cadáveres acribillados a balazos…