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Si los médicos conocían los anestésicos desde el siglo XVI: ¿por qué tardaron 300 años en usarlos?
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HISTORIA DE LA ANESTESIA

Si los médicos conocían los anestésicos desde el siglo XVI: ¿por qué tardaron 300 años en usarlos?

La medicina convivió durante varios siglos con una paradoja inquietante: conocía cómo eliminar el dolor físico pero no consideró necesario hacerlo

Foto: Laurence Sterne, autor de 'Tristam Shandy'. (Wikimedia Commons)
Laurence Sterne, autor de 'Tristam Shandy'. (Wikimedia Commons)

Hay un dato que debería figurar en todos los manuales de historia de la medicina y que, sin embargo, casi nunca aparece: el ser humano supo que existían sustancias capaces de suprimir el dolor quirúrgico desde el siglo XVI y tardó 300 años en usarlas.

No fue por ignorancia técnica. Fue por una razón más difícil de extirpar: durante siglos, la medicina no consideró el dolor un problema a resolver. Lo consideraba una condición natural de la vida. O peor, una condición moral.

Paracelso describió las propiedades anestésicas del éter hacia 1540. Los pollos que lo inhalaban perdían la consciencia y la recuperaban sin daño aparente. Es cierto que existían el opio o el alcohol, pero eran apenas parches ante el trauma del acero. El conocimiento para "apagar" el dolor estaba ahí, latente. Tres siglos después, en 1846, William Morton demostró ante el mundo que un paciente podía pasar por el quirófano sin gritar. Entre medias hubo amputaciones a sangre fría, pacientes sujetos con correas y cirujanos que medían su valía en segundos.

La pregunta no es cómo se descubrió la anestesia. La pregunta es por qué tardó tanto en considerarse necesaria.

Mala prensa científica, buena prensa moral

La respuesta más honesta es incómoda, en la medicina del siglo XVIII convivían dos ideas que nadie había separado con claridad. Por una parte, que el dolor era inevitable porque no había herramientas seguras (el cloroformo, por ejemplo, podía ser letal), y por otra, que el dolor era inevitable porque así debía ser. La primera era una limitación técnica; la segunda, una convicción filosófica.

El dolor dejó de ser sagrado no cuando la medicina lo demostró, sino cuando la monarquía lo hizo innecesario

Ningún campo lo ilustra mejor que el parto. Cuando James Young Simpson introdujo el cloroformo en obstetricia en 1847, la resistencia que encontró fue teológica, explícita y documentada. El Génesis 3:16 era la autoridad citada: "Con dolor darás a luz los hijos". El sufrimiento del parto no era un accidente biológico, era una condena sagrada. Un médico que pretendiera suprimirlo no estaba siendo compasivo, estaba enmendando la plana a Dios.

Los argumentos más elaborados, sin embargo, no venían del clero. Venían de los propios médicos, que afirmaban que el dolor "excitaba la vitalidad" del organismo. Los mismos médicos que recetaban opio para sus propias migrañas. El dolor ajeno ha tenido siempre una capacidad de teorización asombrosa.

La paradoja de la velocidad

En ese mundo, la única anestesia posible era la velocidad. Robert Liston, el cirujano más célebre de Londres, podía amputar una pierna en 28 segundos. Su habilidad no era un alarde, era una forma de compasión. Cuanto menos tiempo pasaba el paciente consciente sobre la mesa, menos probabilidades tenía de morir de shock.

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La paradoja vino después. Cuando la anestesia permitió que los cirujanos dejaran de correr y fueran más profundos, las heridas permanecían abiertas más tiempo y las infecciones se dispararon. Antes de que Joseph Lister inventara la antisepsia, la anestesia al prolongar el tiempo de exposición llegó a ser un regalo amargo que a menudo terminaba en una infección mortal. El progreso médico rara vez llega en línea recta.

El ruido de fondo

Existe una obra que captura este momento mejor que cualquier cuadro y es el Tristram Shandy de Laurence Sterne. En esa novela, el parto del protagonista es una escena de caos donde los médicos debaten teorías mientras la madre sufre en otra habitación, literalmente fuera del plano narrativo. La mujer ni siquiera aparece en escena. Su dolor es el ruido de fondo sobre el que los hombres construyen sus tratados.

Los ensayos clínicos excluyeron a las mujeres hasta los años 90 porque sus ciclos hormonales complicaban los datos

El debate no lo resolvió la ciencia, lo resolvió la Corona. En 1853, la reina Victoria utilizó cloroformo durante el parto de su octavo hijo. Quien se lo administró fue el doctor John Snow, el mismo hombre que años después cartografiaría los casos de cólera en Londres manzana a manzana hasta identificar la bomba de agua de Broad Street como foco de la epidemia. El padre de la epidemiología moderna, arrodillado junto a la cama de la reina con un pañuelo impregnado de cloroformo, consiguió lo que siglos de ciencia no habían logrado.

Si la cabeza de la Iglesia de Inglaterra podía anestesiarse sin que el cielo se desplomara, el argumento teológico quedaba disuelto por decreto real. El dolor dejó de ser sagrado no cuando la medicina lo demostró, sino cuando la monarquía lo hizo innecesario.

La anestesia que sigue en camino

Hoy en día ya no citamos el Génesis para justificar el sufrimiento, pero la endometriosis tarda una media de 7 a 10 años en diagnosticarse. Los infartos en mujeres se identifican con más tardanza porque el patrón de dolor estudiado durante décadas fue el masculino. Los ensayos clínicos excluyeron sistemáticamente a las mujeres hasta los años 90 porque sus ciclos hormonales complicaban los datos.

La idea que tardó siglos en romperse, que el dolor de ciertas personas es más natural y soportable que el de otras, no se rompió del todo. Solo cambió de vocabulario. Pasó del Génesis a la estadística, de la teología a la burocracia clínica. El resultado sigue siendo el mismo: el dolor de unos como urgencia médica, el dolor de otras como variable a controlar.

La anestesia llegó en 1846. En ciertos consultorios, todavía la estamos esperando.

*Jorge Herrero (Zaragoza, 1990) es historiador e informático. Vive entre líneas de código y relatos del pasado, buscando siempre conectar a través del conocimiento. Escribe sobre Historia, Cultura y la forma en que ambas configuran nuestra identidad.

Hay un dato que debería figurar en todos los manuales de historia de la medicina y que, sin embargo, casi nunca aparece: el ser humano supo que existían sustancias capaces de suprimir el dolor quirúrgico desde el siglo XVI y tardó 300 años en usarlas.

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