¿Vivimos el final del indie? Por qué ya nadie quiere ser hípster
Durante años, una estética y una actitud marcaron la cultura global, pero su obsesión por diferenciarse terminó diluyéndose hasta abrazar lo popular y redefinir qué significa hoy ser alternativo realmente
Un fantasma recorre el mundo entero: lleva camisetas de piña, barba bien cuidada, desdeña lo popular y escucha Arcade Fire. Estos cuatro atributos básicos, que no son más que prejuicios, podrían definir lo hípster, un término que hace más de diez años estaba en boca de todo el mundo y ahora parece un mal sueño propio de la arena cultural del pasado. Hubo muchos sociólogos y periodistas que escribieron ríos de tinta sobre este fenómeno aupado por las revistas de tendencias estadounidenses como Vice a mediados de la primera década del 2000. Pasadas ya más de dos décadas, cabe preguntarse qué quedó del fenómeno y por qué se disipó esta moda que surgió con el disfraz contracultural y cayó presa de sus propias contradicciones.
Ante todo, lo hípster significaba un incansable afán de distinción sobre el común de los mortales. ¿Qué ha pasado para que ya nadie quiera escuchar canciones en islandés, presumir de ver pelis lentas e infumables o llevar un look de leñador sin haber pisado un bosque en la vida? Ahora, lo distinguido pasa por aceptar lo popular. Aquellos que consideraban el Kid A de Radiohead como una obra maestra, ahora lo único que quieren es perrear hasta abajo con reguetón antiguo o, si acaso, Bad Bunny. Lo que antes pasaba por una necesidad de distinguirse a toda costa del rebaño, desdeñando lo zafio o lo popular, ahora basa sus códigos en buscar análisis por todas partes de productos o discursos que antes dábamos por sentado. Más si dicho artista o personaje está posicionado en un bando de la guerra cultural que nunca acaba.
Chris DeVille, editor jefe de la revista neoyorkina Stereogum, se ha despachado a gusto contra los creadores de tendencias que hicieron cool el esnobismo cultural en su libro La música indie. Una historia cultural (Península). En él, reflexiona sobre los cambios que han acontecido en la industria de la música global, sobre todo en el underground, que antes iba de la mano de aquello que llamamos "indie". A diferencia del fan medio del pop de masas, el "indie" abanderaba "una búsqueda incansable de la autenticidad", como escribe el periodista. Pero conforme los artistas y el público mainstream pretendieron hacer lo mismo, tomando presencia en aquellos espacios que antes solo eran propiedad de los "indies", salieron corriendo.
"Inevitablemente, a aquellos cuya devoción por determinada música estaba entreverada de cierto complejo de superioridad les fastidiaba que, de pronto, se los metiera en el mismo saco que a gente normal que carecía de sus conocimientos, sus gustos y su sofisticación", sostiene DeVille. Este proceso lo pudimos ver en España cuando, en los festivales tradicionalmente indies, como el Sonorama, de pronto empezaron a hacerse un hueco artistas históricos como Raphael o El Dúo Dinámico.
"Para 2010, la imagen del hípster era la de alguien con bigote y moda antigua, tipo Mumford & Sons"
Entonces, aquellos que seguían buscando esa pretendida distinción y autenticidad ya solo les quedó una solución: retirarse del foco para volver a la sombra del underground en la que antaño habían estado relegados o fusionarse con la masa que antes despreciaron. Llegó la gentrificación, urbana y musical. "Para 2010, la imagen del hípster era la de alguien con bigote y moda antigua, tipo Mumford & Sons", asegura DeVille, en una videoconferencia con este periódico. "Pero los verdaderos hípsters ya no escuchaban eso, sino a Beyoncé. Adoptaron el pop como algo transgresor. Lo sofisticado pasó a admitir que te gustaba el underground, pero también el pop. Creo que ese arquetipo de persona que quiere diferenciarse de lo convencional nunca muere, solo cambia de forma para seguir existiendo".
Ahora, en pleno 2026, ese proceso de gentrificación cultural y estética está más que consolidado. Solo hace falta echar un ojo a los artistas de esta última edición del Coachella, un festival que a finales de los 90 acogía bandas contraculturales y contestatarias como Rage Against The Machine para ahora tener de cabeza de cartel a artistas tan pop como Justin Bieber o Sabrina Carpenter. Además, la música es lo de menos: a juzgar por las imágenes, el evento ha quedado relegado a una convención de influencers con un nivel de vida desorbitado en mitad de un gran supermercado de moda y espectáculo. El tiempo de los melómanos y rebeldes contra el establishment terminó para dar paso a conciertos instagramificados.
The Strokes es una de las bandas que más aparece en el libro de DeVille, precisamente como ejemplo de banda aupada por la industria a comienzos de los 2000 para que los hipsters tuvieran su grupo de guitarras. Resulta cuando menos curioso comprobar que Julian Casablancas y su banda fueran los más críticos contra el sistema en esta última edición del Coachella en la que proyectaron imágenes de la política exterior estadounidense durante su última canción, Oblivion. Algo que cuadraría más con bandas como Massive Attack que con ellos, que siempre cantaron sobre salir de fiesta por Nueva York.
The Strokes en el festival más pijo del mundo
"Coachella es el ejemplo perfecto de cómo el capitalismo coopta lo alternativo", sostiene DeVille. "Creo que Julian se aburrió de la idea de ser famoso y no usar ese altavoz para nada". Aun así, el periodista remarca que cuando entrevistó a Casablancas, hace alrededor de diez años, el cantante sí que tenía unas ideas políticas sólidas. Nadie niega que The Strokes fueran un grupo orientado a la izquierda o con cierto regusto antisistema (prueba de ello es su canción New York City Cops, de su célebre álbum Is This It?, que precisamente retiraron del setlist cuando sucedieron los atentados de las Torres Gemelas). "Sin embargo, vio que Coachella podía ser el escenario más grande en el que iba a actuar y quiso lanzar ese mensaje político. No creo que fuera hipócrita, más bien respondía a un proceso de maduración personal".
"Finalmente se ve como algo 'cool' afirmar que te gusta el reggaeton. Bad Bunny y Rosalía son en parte responsables"
Lo que sucedió con The Strokes a comienzos de los 2000 sucede ahora con Geese en sentido inverso. La banda de Cameron Winter se hizo muy famosa el año pasado en la escena alternativa por su álbum Getting Killed en el que recuperaban a grandes mitos de la música de guitarras, desde Television a Talking Heads, pasando por el kraut, un género siempre relegado al underground. Hace apenas unos días, la prestigiosa revista Wired publicó un reportaje en el que afirmaba que su éxito se debía a una "operación psicológica orquestada en redes sociales".
Ver para creer. "Geese, junto con Wednesday, son dos bandas que representan una alternativa en la industria", opina DeVille. "No son comerciales, no están pensadas para entrar en las listas de reproducción de Spotify y mantienen un sonido crudo y auténtico. Creo que tal vez el indie está recuperando aquello que había perdido, que es esa pretensión de diferenciarse de la música comercial y el sonido pop".
...Y llegó lo "latino"
En el Coachella también hubo representación española, de la mano de Carolina Durante y Rusowsky. Curiosamente, ambos representan a la perfección ese yin y yan que conforman el indie y el mainstream. La banda de Diego Ibáñez ha revitalizado el indie rock a lo largo de estos años, siendo cabeza de una escena que toca temas generacionales y no teme subirle el volumen al amplificador o gritar al micrófono; Rusowsky, por su parte, apela más a la música comercial, siendo impulsor de un pop alternativo electrónico muy autoral cargado hasta las trancas de Auto-Tune.
"Bad Bunny y Rosalía funcionan como conectores entre culturas, algo parecido sucedía con las bandas de indie rock de los 2000"
Hemos preguntado a DeVille por ambos proyectos, y admite no conocer ninguno. Sin embargo, cuando le mencionamos a Bad Bunny y Rosalía, quizá los dos artistas más escuchados al otro lado del Atlántico que cantan en castellano, el escritor y periodista norteamericano tiene mucho que opinar. A la catalana en particular la ve como la artista bisagra que consolidó esa tolerancia hacia el reguetón por parte de los hípsters. "Abrió la puerta a mucha gente que antes no se tomaba el género en serio", sostiene. En cambio, "Bad Bunny está a otro nivel, es una superestrella transcultural".
Tras su actuación en el intermedio de la Super Bowl, el puertorriqueño quedó asociado a la cultura progresista en esa guerra cultural impulsada por los medios y los influencers políticos en Estados Unidos, algo de lo que se benefició. "Sí, definitivamente hay más interés en la música en castellano ahora, y ellos son los responsables", corrobora DeVille. "Finalmente se ve como algo cool afirmar que te gusta el reguetón. Él y Rosalía funcionan como conectores entre culturas, algo parecido sucedía con las bandas indie de los 2000, las cuales conectaban la escena underground con el mainstream".
Un fantasma recorre el mundo entero: lleva camisetas de piña, barba bien cuidada, desdeña lo popular y escucha Arcade Fire. Estos cuatro atributos básicos, que no son más que prejuicios, podrían definir lo hípster, un término que hace más de diez años estaba en boca de todo el mundo y ahora parece un mal sueño propio de la arena cultural del pasado. Hubo muchos sociólogos y periodistas que escribieron ríos de tinta sobre este fenómeno aupado por las revistas de tendencias estadounidenses como Vice a mediados de la primera década del 2000. Pasadas ya más de dos décadas, cabe preguntarse qué quedó del fenómeno y por qué se disipó esta moda que surgió con el disfraz contracultural y cayó presa de sus propias contradicciones.