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Sufrió 15 electroshocks y una lobotomía (y ahora su hijo, creador de 'Médico de Familia', lo cuenta)
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Sufrió 15 electroshocks y una lobotomía (y ahora su hijo, creador de 'Médico de Familia', lo cuenta)

Manuel Valdivia, guionista, director y creador de algunas míticas series de televisión, relata en 'Querer o no querer' la enfermedad mental de su madre y el infierno por el que pasó toda su familia

Foto: María Concepción Santiago López, madre del guionista y director de series y películas Manuel Valdivia. (Cedida)
María Concepción Santiago López, madre del guionista y director de series y películas Manuel Valdivia. (Cedida)
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Médico de familia, Compañeros; Policías en el corazón de la calle; Maradona, la mano de Dios; Cuenta Atrás, Punta Escarlata, Crónica amarga, Más que amigos, Una bala para el rey… Son algunas de las series y documentales de televisión que llevan la firma de Manuel Valdivia (Madrid, 1957), uno de los guionistas, creadores y directores más prolíficos y aclamados de nuestro país.

Sin embargo, la mejor y más brutal de todas las historias que se ha traído entre manos Valdivia es la suya propia y, en concreto, la de su madre, María Concepción Santiago López, Conchi, nacida en 1932 en la localidad andaluza de Martos. Una mujer que sufrió graves daños psíquicos a causa de las gigantescas dosis de violencia que presenció durante la guerra civil, que desarrolló una neurosis obsesiva compulsiva, que en tiempos del franquismo, cuando las enfermedades mentales se ocultaban como algo vergonzoso, fue sometida a 15 electroshocks y a tratamientos varios que culminaron en una lobotomía. Conchi vivió un infierno en el que también quedaron atrapados su marido y sus cinco hijos.

Querer o no querer: ese es el título del libro en el que Manuel Valdivia desvela, a lo largo de 657 páginas, el calvario por el que pasó su madre y, por extensión, toda la familia. Todo lo que se cuenta en la novela (publicada por Uno Editorial) es rigurosamente verdad, ocurrió realmente, pero Valdivia lo narra de un modo muy literario, consiguiendo llegar a los lectores, atrapándoles y convirtiendo Querer o no querer en algo universal, en una crónica sobre la memoria, la familia, las pérdidas, las ausencias, el horror de la guerra civil y la salud mental en tiempos del franquismo.

Cuatro años tenía en 1937 Conchi cuando, en plena guerra civil, los republicanos detuvieron a Antonio, su padre, en Martos, la localidad andaluza de la familia. El hombre estuvo varios meses encerrado y, durante ese tiempo, la madre de Conchi, Amparo, se encargó de llevar comida a su marido, haciéndosela llegar a través de un pequeño ventanuco del presidio que daba a la calle. Por ese mismo hueco, Amparo pasaba también a la niña, Conchita, que como era pequeñita y delgada, conseguía colarse por esa angosta abertura, abrazar a su padre fugazmente y pasar unos instantes con él.

La última vez que Conchita vio a su padre fue durante uno de esos breves encuentros. A los pocos meses de ser detenido, Antonio fue fusilado.

placeholder Antonio, unos diez años antes de ser fusilado. (Cedida).
Antonio, unos diez años antes de ser fusilado. (Cedida).

A partir de ahí, Conchita escuchaba todas las noches por boca de su madre el espeluznante relato del fusilamiento de su padre. Un cuento de terror en el que a la niña no se le ahorraba ningún detalle, ni siquiera que a su padre le volaron la cara, ya que le dispararon desde muy cerca, y que murió gritando “Viva Cristo Rey”. Tanto se reverenciaba su recuerdo que cuando en 1939 los restos de Antonio fueron exhumados, su viuda le cortó un dedo, lo puso en una cajita de cristal y lo colocó sobre una cómoda en el salón de la casa, como si fuera una reliquia conservada en un altar.

Pero el horror que Conchita vivió durante su infancia no se detuvo allí. El miércoles 11 de marzo de 1942, con 9 años, acudió junto a sus hermanas y su madre, todas vestidas de riguroso luto, a presenciar una ejecución pública en la Plaza Nueva de Martos. Cientos de vecinos acudieron a contemplar el fusilamiento a manos de los nacionales del anterior alcalde de la localidad, el socialista Alfonso Ruiz Aguilar, y del teniente coronel del Ejército Popular de la República Antonio Vílchez Fernández. “Miradlos bien, niñas, estos son los rojos que ordenaron la muerte de vuestro padre”, aleccionó Amparo a sus hijas. A Conchita, con la que compartía la cama de matrimonio desde la muerte de su marido, le seguía contando noche tras noche los pormenores del fusilamiento de su progenitor.

placeholder Cubierta de 'Querer o no querer', de Manuel Valdivia.
Cubierta de 'Querer o no querer', de Manuel Valdivia.

Todos esos sucesos espantosos, todos esos espeluznantes acontecimientos, dejaron heridas profundas en la mente de Conchita. Y cuando tuvo su primera regla empezó a manifestar síntomas de una neurosis obsesiva compulsiva que la atormentaría durante años y años. La niña se lavaba las manos a todas horas, decenas de veces cada día. Los días que iba a comulgar, se bañaba con esmero en una tina y, de camino a la iglesia, no consentía que nada ni nadie la tocara. El más mínimo roce la sacaba de quicio, se sentía sucia, impura, y ya no podía recibir el cuerpo de Cristo.

Aunque todas esas obsesiones iban creciendo, con 15 primaveras Conchita se ennovió con Juan Ramón, un joven de Martos de 17 años. Para entonces ya corrían rumores por la localidad de que ella no estaba bien, que tenía manías extrañas. Algunos amigos de Juan Ramón le advirtieron al respecto. “Fue a hablar con las hermanas mayores y éstas le engañaron, le dijeron que a Conchi no le pasaba nada, que eran mentira las habladurías. Mi padre se dio cuenta de que mi madre era una enferma mental justo en la noche de bodas”, nos cuenta Manuel Valdivia.

placeholder Concha y Juan Ramón, el día de su boda. (Cedida)
Concha y Juan Ramón, el día de su boda. (Cedida)

Aquella noche, en cualquier caso, fue la única celebración que Conchi y Juan Ramón tuvieron por su boda, porque al día siguiente de contraer matrimonio, con unas maletas de cartón en las que metieron sus pocas pertenencias, emigraron a Madrid. Y en Madrid, lejos de su hogar, de su madre y de sus hermanas, sin sus amigas y con su marido trabajando todo el día y pasando mucho tiempo sola, la enfermedad mental de Conchi se agudizó.

En aquellos tiempos esas cosas se ocultaban, se consideraban una vergüenza. Pero la situación llegó a tal extremo que el marido y los suegros de Conchi decidieron que había que hacer algo y comenzó a recibir atención psiquiátrica. En un principio, lo único que la recetaban eran antipsicóticos que la dejaban completamente zombi. Tan abotargada que un día, mientras tenía en brazos a su segundo hijo, Manuel, entonces un bebé de once meses, este se le resbaló y cayó al suelo. A partir de ahí se decidió que Manuel viviría con sus abuelos paternos (y así fue hasta que murió su abuela paterna, cuando él tenía 12 años), mientras que su hermana mayor seguiría residiendo con sus padres. “Durante todos esos años, ella fue realmente la que apechugó con la enfermedad de mi madre. De hecho, desde pequeña se convirtió un poco en el ama de casa”.

A Conchi le daban antipsicóticos que la dejaban zombi. Tanto que su bebé de once meses se le resbaló un día de entre los brazos y cayó al suelo

Conchi seguía mal. Había días que los pasaba enteros llorando, momentos en los que había que sujetarla para evitar que se tirara por el balcón. Y la neurosis obsesiva con la limpieza la extendía a toda la familia. Manuel aún recuerda que cuando él tenía 13 años y su padre traía a casa los sábados el sobre con el dinero de uno de los trabajos, esos billetes no se podían tocar porque su madre consideraba que estaban contaminados. “Me tocaba ponerme ropa vieja e ir por todas las tiendas del barrio para que me cambiaran esos billetes por otros más pequeños que se supone que sí que estaban limpios. Cuando llegaba a casa con los billetes ya cambiados, delante de mi madre tenía que quitarme toda la ropa sucia y ducharme delante de ella para que comprobara que me limpiaba bien”.

Conchi fue paciente, en un hospital de la beneficencia, de Juan José López Ibor, el psiquiatra estrella del franquismo, quien la sometió a tratamientos agresivos como los electroshocks, que la mujer recibía con terror y de los que le llegaron a practicar 15. López Ibor probó también con ella una nueva terapia farmacológica recién importada de Estados Unidos. Conchi fue como su conejillo de Indias, con un modelo de psiquiatría biologicista, lo opuesto a cualquier tipo de terapia basada en la empatía. “No le sirvió absolutamente de nada, mi madre no mejoraba”, recuerda Manuel.

López Ibor sometió a Conchi a tratamientos agresivos como los electroshocks, que ella recibía con terror y de los que le llegaron a practicar 15

Desesperado, Juan Ramón se planteó internar a su mujer en el manicomio de Ciempozuelos, probablemente de por vida. “A escasas horas de ingresar, mi abuela Amparo viajó desde Jaén, se encerró con mi padre en una habitación y, no sé cómo, lo convenció de que se echara atrás. En su lugar, mi padre aceptó una última propuesta radical de López Ibor: someterla a una lobotomía”, explica Manuel.

Les avisaron de que el pronóstico de Conchi era incierto y de que la lobotomía no siempre funcionaba. En aquel momento, la lobotomía era una técnica muy controvertida que se prescribía para pacientes muy diversos, incluidos homosexuales a los que se pretendía “curar” por medio de ese procedimiento quirúrgico. “Al principio, pensamos que la lobotomía había fracasado con ella, porque durante semanas parecía como aletargada, con una sonrisa bobalicona. Sin embargo, poco a poco se fue recuperando y se curó de sus manías y obsesiones”, señala Manuel.

placeholder Manuel Valdivia. (Cedida)
Manuel Valdivia. (Cedida)

Aunque, por supuesto, las secuelas que provocó todo ese infierno nunca sanaron. “Mis padres no se curaron de los daños emocionales, y nosotros, sus cinco hijos, tampoco”, reconoce Manuel. “Es increíble que lo que ocurrió una noche de enero de 1937 en la que le volaron la cara a mi abuelo Antonio llegara a conformar nuestra identidad. Heredamos unos traumas remotos que han condicionado la vida de la familia hasta hoy, porque todavía hoy mis hermanos y yo seguimos pagando las carencias afectivas que sufrimos desde niños. Tuve que poner punto final en la novela, pero nuestra historia aún está por cerrar”.

¿Veremos Querer o no querer convertida en serie de televisión? “Sí, sin duda, me gustaría. Creo que tiene lo esencial para llegar al corazón de la gente: autenticidad. En los últimos años, como espectador, cada vez me aburren más los argumentos trillados de muchas ficciones alejadas de la realidad. Parecen todas cortadas por el mismo patrón, y me interesan más las historias que parten de la verdad”, señala.

Y en Querer o no querer hay verdad a raudales. Verdad dolorosa, pero verdad.

Médico de familia, Compañeros; Policías en el corazón de la calle; Maradona, la mano de Dios; Cuenta Atrás, Punta Escarlata, Crónica amarga, Más que amigos, Una bala para el rey… Son algunas de las series y documentales de televisión que llevan la firma de Manuel Valdivia (Madrid, 1957), uno de los guionistas, creadores y directores más prolíficos y aclamados de nuestro país.

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