Una manta zamorana para Washington: así borraron los anglosajones el legado español en EEUU
El documental 'We the Hispanos' de José Luis López-Linares se adentra en la recuperación del concepto de la hispanidad en Norteamérica pero... ¿Cómo se borró de la historia del país?
'Por España y por el Rey, Gálvez en América' (2015), de Augusto Ferrer-Dalmau.
Hacia mediados de diciembre de 1777, el exhausto ejército de colonos de George Washington vagaba por Pensilvania con la moral por los suelos tras las sucesivas derrotas en septiembre contra las tropas inglesas, que habían salido victoriosas en Brandywine el día 11; infligido una atroz masacre en Paoli, bayoneta en mano y aprovechando la sorpresa de la noche, el 20; y que, para rematar, habían culminado su audaz ofensiva con la toma de Filadelfia el 26, verdadero bastión de los rebeldes y el corazón simbólico del movimiento de independencia: allí donde estaba el Segundo Congreso Continental, eje de la revolución.
Sin apenas suministros como ropa, comida o munición, George Washington había sido incapaz de reconquistar la ciudad en noviembre, teniendo que refugiarse a duras penas en las montañas de Valley Forge, adonde llegaron el 19 de diciembre sin ni siquiera zapatos, dejando huellas de sangre en la nieve. Un ejército deshecho y a punto de disolverse que habría perecido sin las mantas zamoranas que se enviaron providencialmente desde España vía Santander y Bilbao, y más aún sin los reales y maravedíes con los que comprar comida y pertrechos que había asegurado el comerciante vasco Diego de Gardoqui, actuando como agente encubierto de la Corona, según consta en el informe que enviaría él mismo a Manuel Godoy unos años después cuando ya era secretario de Hacienda:
“Se les socorrió en dinero y efectos por el Gobierno español en los años 1776, 77 y 78 con la cantidad considerable de 7.944.906 reales y 16 maravedíes de vellón, sin contar la remesa de 30.000 mantas que se les hizo precisamente en el tiempo que tenían absoluta e indispensable necesidad de este socorro, para que no pereciese su Ejército”, asegura Gonzalo M. Quintero Saravia, en El enemigo de mi enemigo. España en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica (1775-1783). Después de la crucial ayuda de España en la sombra, antes de posicionarse a favor de los colonos, vendrían las decisivas campañas del ejército de Bernardo de Gálvez en Misisipi y Pensacola y que, junto al bloqueo naval francés durante la batalla de Yorktown, acabarían dando la victoria a las Trece Colonias con la inestimable colaboración del Reino de España.
A punto de cumplirse el 250 aniversario de la independencia de EEUU, conviene recordar con voz alta y clara el crucial papel que jugaría España en la consecución de la victoria de los rebeldes para la consolidación de ese nuevo país de las Trece Colonias constituidas como los EEUU y que, sin embargo, apenas medio siglo después se ocupó precisamente de olvidar y minimizar la ayuda y, lo que es más importante, de borrar el indeleble legado español que se extendía no solo por lo que había sido la inmensa Luisiana española, sino más aún y desde antes, por los territorios de California y el Oeste, arrebatados durante el siglo XIX por EEUU a México, suplantando y relegando con ello deliberadamente la raíz y cultura hispanas.
El mismo país al que España ayudó a nacer despojó al antiguo imperio de Cuba, Puerto Rico y Filipinas
Esto es lo que se propone ahora el nuevo documental de José Luis López-Linares,We the Hispanos (2026), que aborda la cuestión de la influencia de la hispanidad en Norteamérica desde varios puntos de vista, y que ha sido tapada y menospreciada a conciencia durante muchos años en EEUU.
Linares se sirve por una parte de la historia, pero también de aspectos culturales y sociales de la actualidad para reivindicar lo hispano con muchos aciertos en la cuestión histórica, pero también algunas exageraciones, y que transcurre desde los descubrimientos y los asentamientos españoles en el suroeste desde el siglo XVII y las misiones religiosas en California a partir del XVIII al periodo de la Luisiana española adquirida de Francia por el Tratado de Fontainebleau en 1762 —y cedida posteriormente al mismo país por el Tratado de San Ildefonso en 1800— que coincide con la participación de España en la guerra de independencia de las Trece Colonias.
Obviando la parte que se ocupa de la actualidad, el creciente peso de la comunidad hispana y el renacido orgullo por mostrar su cultura, la cuestión de la histórica presencia española en Norteamérica tiene algunos matices. Aunque el experto y académico Gonzalo M. Quintero Saravia señala específicamente durante el metraje del documental que la participación de España en la guerra de independencia formaba parte de un conflicto global que se desarrolló en varios continentes, puede dar la sensación de una ayuda desinteresada. La realidad es que, tal y como explica Quintero Saravia, España entra en la guerra en 1779 para recuperar Gibraltar, Mobile, Pensacola y la Florida, así como la expulsión inglesa de Honduras, Campeche y Menorca, mientras que la consecución de la independencia americana no figuraba en ninguno de ellos, aunque a la postre sirviera a los colonos. Carlos III temía de hecho que el ejemplo revolucionario contagiara a sus propias colonias y, sin embargo, ayudó a nacer a un país cuya existencia le resultaba en parte problemática.
La participación de España en Norteamérica respondió, pues, a las propias políticas de Estado de Carlos III y, de rebote, sirvió a la independencia de las Trece Colonias poco antes de que el Reino de España decidiera desprenderse precisamente de la Luisiana. Otra cuestión es la parte que se corresponde con lo que una vez fue Nueva España, convertida en México a partir de 1821, y en donde más claramente se libró esa batalla cultural un siglo más tarde, a mediados del XIX, que es la que relegaría verdaderamente el legado hispano a un rincón y del que, con gran acierto, el trabajo de Linares quiere rescatar y dar lustre.
En un momento de la cinta se señala que, efectivamente, a partir de la fiebre del oro de California y con la idea de extenderse hacia el oeste, en donde el mundo anglosajón era prácticamente inexistente, el nuevo proyecto de nación que es EEUU se da cuenta de que tiene que lidiar con toda una cultura hispana que, a diferencia de las nativas indias, tiene un peso cultural más potente. ¿Cómo gestionar desde una idea supremacista anglosajona la cultura hispana? Coincide en el tiempo con la narrativa nacional de EEUU de la anexión de la República de Texas —independizada de México en 1836—, con el mito de El Álamo —que se señala en la cinta de López-Linares— y, en fin, con la guerra contra México que será el punto de inflexión para imponer esa nueva cultura.
Una de las voces del documental, la historiadora Carrie Gibson, que aporta en la película la visión sobre el periodo del Nueva Orleans español, se ocupó específicamente de ello en su libro El Norte: The Epic and Forgotten Story of Hispanic North America. Gibson detalla en su obra algunos de los hitos que ayudaron a despojar lo hispano de esos nuevos territorios de EEUU conquistados durante el XIX, como fueron la fabricación ideológica entre 1830 y 1848, con el concepto del Destino Manifiesto, que era una legitimación racial de la conquista anglosajona, o el despojo jurídico hacia los mexicanos entre 1848 y 1891 con el Tratado de Guadalupe Hidalgo, que puso fin a la guerra de EE. UU. y México.
El Artículo X, que protegía las mercedes de tierra hispanas, fue suprimido unilateralmente por el gobierno de Polk antes de su ratificación. Como consecuencia, según señala Gibson, del Tribunal de Reclamaciones de 1891, solo el 6 % de los 35 millones de acres reclamados por familias hispanas con títulos legales fue confirmado. Se produjo además durante ese periodo una legitimación académica difundida entre 1893 y 1930 que se basaba en la tesis de la frontera como vacío que los pioneros anglosajones civilizaban y en la que, por supuesto, no había hispanos.
'La marcha de Gálvez', de Augusto Ferrer-Dalmau.
Por otra parte, el peligro a menudo de centrarse en reivindicaciones históricas y culturales es el de que se difumine a su vez la influencia de las demás. ¿Lo hispano era una realidad en los EEUU cuando se decidió minimizar su impacto? Sin duda, aunque al mismo tiempo esa cultura principalmente anglosajona que surge en el siglo XX inspira paradójicamente a la España posdesastre de 1898, tal y como explicó Juan Francisco Fuentes en Bienvenido Mr. Chaplin. La americanización del ocio y la cultura en la España de entreguerras, que obtuvo el Premio Nacional de Historia en 2025.
"Yo adoraba América antes de conocerla. Todo me gustaba: las costumbres, las películas, los rascacielos...", expresaba Luis Buñuel
El mismo país al que España ayudó a nacer en secreto, y cuyo ejército abrigó con lana castellana en las nieves de Pensilvania, primero negaría su legado con la conquista del Oeste, despojó al antiguo imperio de sus últimas provincias de ultramar —Cuba, Puerto Rico y Filipinas— y acabó conquistando culturalmente a España —como al resto de Europa— un siglo y medio después. En los años veinte del siglo pasado la Generación del 27, según Fuentes, buscaba sus señas de identidad en el jazz, el cine de Hollywood y los rascacielos. Ese mismo jazz que en el documental de López-Linares es indivisible del spanish tinge, ese toque de ritmo habanero tal y como señala en la película uno de los pioneros, el pianista Jelly Roll Morton.
Fuentes, por su parte, cita además cómo resumió el cineasta Luis Buñuel la influencia posterior de EEUU: “Yo adoraba América antes de conocerla. Todo me gustaba: las costumbres, las películas, los rascacielos, hasta los uniformes de los policías”, y que funcionaría durante todo el siglo XX como referente cultural. La nación que en 1898 había humillado a España arrebatándole sus últimas colonias se convirtió, apenas una generación después, en su modelo de modernidad en lo que Fuentes llama “un 98 al revés”.
Lo cierto es que la historia de EEUU y España y del resto del mundo hispano está entrelazada desde su fundación y las influencias han ido en ambas direcciones. Fueron trescientos años de presencia española en Norteamérica, borrados metódicamente desde mediados del XIX. Y, sin embargo, fue también la cultura de los anglosajones la que acabó fascinando a los españoles posteriormente. Por eso conviene que en el 250 aniversario de la independencia de EEUU se señale la importancia que tuvo España y lo hispano en la fundación del país y en su propio desarrollo posterior.
Hacia mediados de diciembre de 1777, el exhausto ejército de colonos de George Washington vagaba por Pensilvania con la moral por los suelos tras las sucesivas derrotas en septiembre contra las tropas inglesas, que habían salido victoriosas en Brandywine el día 11; infligido una atroz masacre en Paoli, bayoneta en mano y aprovechando la sorpresa de la noche, el 20; y que, para rematar, habían culminado su audaz ofensiva con la toma de Filadelfia el 26, verdadero bastión de los rebeldes y el corazón simbólico del movimiento de independencia: allí donde estaba el Segundo Congreso Continental, eje de la revolución.