El Karluk, el pequeño Titanic que se atrevió a ir en busca del Ártico (y con un final más feliz)
Esta es la historia real de este ballenero que salió de Alaska en busca de las tierras del norte y quedó encallado en medio del hielo en enero de 1913 con 22 hombres, una mujer, dos niñas, 18 perros y un gato
Han pasado
Algo más de un año después, el Karluk se disponía a sufrir un destino similar al del Titanic. La banquisa ahogaba sus frágiles costuras de madera, apretando, empujando, presionando. La Expedición Ártica Canadiense se organizaba a toda prisa antes de su particular naufragio y, aunque no contaban con una elegante orquesta como el célebre transatlántico, nuestro cascado ballenero también se hundiría al ritmo de la música. Mientras se preparaban y vaciaban las bodegas, trasladando todo lo necesario a un lugar seguro, Bartlett recogió con cuidado el gramófono y eligió algunos discos para amenizar las pesadas tareas de carga. Escuchar aquellas melodías, con la luna creciente como débil antorcha de un mundo helado y solitario, era sin duda la experiencia más insólita que aquellos hombres habían vivido. Los arpegios de La flauta mágica, las melancólicas notas al piano de Brahms o los lamentos del bufón Rigoletto con su amada Gilda muriendo entre sus brazos resonaban en los pilares de hielo que el viento había levantado como ogros gigantes. La aurora regaba el horizonte con su fantasmagórico halo morado y turquesa, enmarcando un paisaje surrealista de música y tenues luces en la oscuridad, mientras los hombres se afanaban en descargar docenas de sacos y cajas. "Las estatuas de hielo, esculpidas en formas elegantes e impresionantes, resplandecían y relucían. El suelo helado era brillante y estaba vivo, con una miríada de tonos de blanco, azul y verde. El Karluk se alzaba sobre todo ello, cubierto de nieve y cristales de hielo, una visión espeluznante [...] Solo había rojos y azules, arcos de luz radiante y grácil que barrían el cielo". Era la noche del 9 de enero de 1914, el principio del final.
La actividad fue muy intensa aquellos días. Debían abandonar la vida sedentaria que habían llevado en los últimos meses y, de repente, sustituirla por una existencia nómada, sin barco donde refugiarse y desplazándose constantemente. No es un cambio sencillo y requiere preparación. Fabricaron latas de un galón para mover más cómodamente el queroseno, la gasolina y otros líquidos que hasta ahora se habían almacenado en barriles, pesados y difíciles de transportar. Si iban a vivir en el hielo y a viajar en trineo debían distribuir la carga sabiamente y necesitaban hacerlo rápido. La deriva les empujaba ahora hacia el suroeste y su velocidad aumentaba con el viento. El ruido del hielo al quebrarse cada vez era más fuerte y los nervios a bordo crecían al mismo ritmo. El estruendo les encogía el corazón y, cuando se asomaban, el espectáculo no les gustaba nada. "Grietas y más grietas a nuestro alrededor", relataba Mamen, "se hacen más grandes y más numerosas a medida que pasan los días. Grietas que se abren bajo nuestros pies, quién sabe si una de ellas será nuestra tumba".
"Grietas y más grietas a nuestro alrededor. Grietas que se abren bajo nuestros pies, quién sabe si una de ellas será nuestra tumba"
Era también un buen momento para hacer recuento de las provisiones y, aunque nadie hablaba directamente de "racionar", sí que empezaron a utilizar el término "economizar" en las comidas. No sabían con certeza si esta repentina reducción de algunos productos se debía a órdenes del capitán o si era iniciativa propia del cocinero, pero lo cierto es que "la leche se diluía con tanta agua que mostraba un extraño color azul pálido; el té, el café y hasta el cacao perdieron repentinamente cualquier vestigio de sabor". Los platos se servían solo a medio cocinar para ahorrar combustible, el azúcar y la mantequilla se utilizaban con moderación y la carne de foca se convertía en la protagonista de la mayoría de las comidas. Atrás quedaron los festines navideños y hasta los perros tuvieron que acostumbrarse a las nuevas restricciones. Sus raciones eran sensiblemente más pequeñas y solo recibían comida cocinada cada tres o cuatro días. Solían pasar el día sueltos en los alrededores del barco, y por las noches se acurrucaban con la nariz bajo la cola, permaneciendo quietos durante horas hasta que la nieve los cubría.
Cuando no estaba en cubierta organizando el traslado de suministros, el capitán se encerraba en su camarote repasando la lista de víveres, escudriñando los mapas disponibles de la época y sopesando sus limitadas opciones tras el más que seguro hundimiento del Karluk. Aquella cabina solía ser el camarote del desaparecido Stefansson, pero, convencido de que nunca regresaría, Bartlett se la adjudicó a las pocas horas de su partida. Pocas veces cerraba la puerta y aceptaba de buen gusto cualquier conversación que trajera nuevas ideas o planes. Aquella noche McKinlay se asomó curioso y encontró a Bartlett absorto en la lectura de un libro. No era una obra sobre expediciones polares, ni un volumen náutico... era algo que nadie esperaría encontrar en la biblioteca de un barco. Las cubiertas eran verdes y lucían el bordado en hilo de oro de una rosa dorada. En el lomo se leía A Book about Roses, por el reverendo Samuel Reynolds Hole, toda una autoridad sobre horticultura. La situación era aún más extraña porque en aquel "libro sobre rosas" no había ni un solo dibujo de una rosa, ni una sola ilustración, solo texto y más texto sobre el cultivo de este arbusto espinoso, con alguna poesía añadida de vez en cuando. "Si quieres tener hermosas rosas en tu casa debes cultivarlas primero en tu corazón". A nadie se le hubiera ocurrido jamás que aquel rudo lobo de mar pudiera ser un apasionado de la jardinería. El propio McKinlay era un enamorado de las rosas, así que entró en la cabina y preguntó, sorprendido. Al parecer Bartlett "era un prodigioso cultivador de rosas en su Terranova natal. Sentía un profundo amor por ellas y poseía un don para su cultivo". Sin duda era un tema de conversación insólito en su situación. Rosas en el Ártico, todo un oxímoron. Se encontraban en el lugar más ridículo e imposible para un jardín y, aun así, charlaron de rosas durante horas. Por una noche se olvidaron del constante crujir del hielo y cambiaron la nieve por los pétalos, el viento helado por el suave aroma de las flores. Al despedirse, mientras se dirigía a su litera, McKinlay miró de refilón al capitán, "parecía cansado, ni brusco ni profano, ni regañaba ni fanfarroneaba. No importaba lo valiente y alentador que pareciera a la luz del día, al final de todo tan solo era un hombre que ansiaba una buena charla y que echaba de menos sus rosas".
Al día siguiente el tremor se intensificó. Eran las cuatro de la madrugada, pero todos estaban despiertos. Las sacudidas retumbaban a través del casco del Karluk y llegaban por oleadas. Mamen las llamaba "trum-trum-trum", como un gigante mitológico golpeando el umbral de una fortaleza. A ratos era casi musical, "trum-trum-trum". A ratos paraba y dejaba un leve pitido en los oídos. Finalmente, el patrón regresó incansable hasta que, a las seis de la mañana, se escuchó un estruendo atronador, tan fuerte que hasta las puertas bloqueadas se estremecieron. Era el hielo, por supuesto que era el hielo, llamando a la proa del Karluk. Los hombres salieron a cubierta, donde encontraron a Bartlett y a Malloch, que llevaban fuera ya un buen rato. A lo lejos pudieron asistir al espectáculo más hipnótico, hermoso y siniestro que habían contemplado en toda su vida. Témpanos como edificios surgían de la nada, empujaban con violencia a sus adversarios, igual de colosales, hasta que caían y se partían en mil pedazos. Tarde o temprano aquella batalla de titanes de hielo terminaría llegando a su posición y, por su bien, más les valía estar preparados. "Trum- trum-trum", la banquisa estaba nerviosa y cambiaba de rumbo sin dar explicaciones. Primero al sur empujada por el viento, luego al oeste.
En la oscuridad de enero era difícil atisbar las montañas de la isla Wrangel, pero Bartlett intuía que no estaban muy lejos y eso tranquilizaba un poco a la tripulación. Todo lo que se podía hacer se había hecho. "Se habían tomado todas las precauciones posibles para reducir el impacto del desastre que sabíamos que era inevitable", todo estaba listo... excepto la ropa. "Teníamos muchas pieles sin curtir, pero a pesar de todos nuestros esfuerzos, no contábamos con demasiadas prendas terminadas y listas para usar. De ninguna manera estábamos adecuadamente equipados para sobrevivir en el mundo helado que nos esperaba fuera del Karluk". McKinlay intentaba acabar un par de calcetines mientras Mamen cosía a toda prisa el lateral de sus botas. Conforme se acercaba el instante mismo del hundimiento, resultaba irónico ver cómo aquellos hombres dedicaban el escaso tiempo que les quedaba a coser y remendar pieles.
"De ninguna manera estábamos adecuadamente equipados para sobrevivir en el mundo helado que nos esperaba fuera del Karluk"
Por la noche fue imposible dormir. La banquisa se retorcía y, cada poco, los desvelaba con un cañonazo profundo o un crujido infernal. A eso de las 4:45 de la madrugada del sábado 10 de enero, un ruido áspero de maderas astilladas sobresaltó a todo el mundo. Era un sonido diferente, no llegaba del hielo lejano o del fondo de la banquisa, aquel lamento salía de las entrañas del Karluk. Una grieta se abría a lo largo del casco a estribor. Un arañazo de unas dieciocho pulgadas de ancho y la draga de Murray en la popa se había partido en dos. El hielo empujaba el barco verticalmente y Bartlett ordenó aligerar la cubierta, quitando los bloques de nieve que había colocado para aislar del frío exterior. Su esperanza era que el armazón pudiera elevarse por encima de la banquisa, librándose así de la presión. No sirvió de mucho, en realidad el viejo bergantín no se elevaba, sino que se estaba escorando hacia babor. Durante unos minutos el Karluk se revolvió hasta que logró asentarse. El ruido cesó, el hielo dejó de apretar y el silencio llenó la cubierta hasta que una voz desde el interior del barco captó la atención de todos. Era el ingeniero Munro desde la sala de máquinas. Cuando Bartlett llegó se encontró con una vía de agua entrando a través de un corte de unos treinta centímetros. La zarpa helada que rasgó la cubierta también había sesgado el costado del Karluk, arrancando un par de vigas y destrozando los accesorios de la bomba. No había funcionado como debía en todo el viaje, pero ahora estaba completamente inutilizada y no había forma de repararla. Ya no era posible achicar nada. El Karluk estaba acabado, había que salir de allí. Bartlett sube hasta las cabinas, se coloca en el centro y, en voz alta, da la orden: "¡Abandonen el barco ahora mismo!".
'En busca del último continente' (Crítica): recupera esta historia olvidada con el pulso de una novela de aventuras y la precisión de un reportaje histórico. A través de diarios, cartas y documentos originales, el autor reconstruye el retrato de un tiempo en que la ciencia y el heroísmo caminaban juntos, cuando aún quedaban territorios por descubrir y hombres dispuestos a perderlo todo por alcanzarlos.
Javier Peláez(Puertollano, 1974) es escritor y comunicador científico. Autor de 500 años de frío. La gran aventura del Ártico (Crítica, 2019) y Planeta Océano. Las expediciones que descubrieron el mundo (Crítica, 2022). Es uno de los fundadores de la plataforma Naukas.com, editor de ciencia en Yahoo y guionista en el Cazador de Cerebros de RTVE.
No hubo confusión, nadie salió corriendo presa de los nervios, todos sabían qué hacer. Los materiales y provisiones se habían descargado y estaban a salvo en los depósitos. La tripulación recogió en silencio las pocas pertenencias que aún quedaban en el barco y salió ordenadamente por la pasarela de cubierta. En sus notas McKinlay dejó una detallada descripción de cómo fue aquel tranquilo desembarco: "Las condiciones meteorológicas no podían haber sido peores. En la oscuridad impenetrable y en la nieve cegadora resultaba difícil ver dónde poníamos los pies, si en el océano abierto, si sobre un bloque de hielo estable o sobre un pequeño trozo de hielo que se inclinaba y se volcaba, de modo que teníamos que saltar con rapidez para evitar caer al agua. A pesar de todo, la operación de abandono del Karluk se llevó a cabo con una calma y una eficacia extraordinarias. No hubo pánico en absoluto". Tan solo hubo que lamentar un pequeño incidente, el doctor Alistair Mackay dio un paso en falso, cayó al mar y, entre las sombras, "fue pura suerte que lo vieran y lo sacaran a tiempo". Lo subieron entre unos cuantos, se quitó la ropa empapada y lo vistieron con un cálido traje de lana. Los inuits habían encendido las estufas y terminaron de preparar los cobertizos para la mudanza mientras la tripulación se acomodaba para asistir al hundimiento del Karluk desde la distancia.
"La operación de abandono del Karluk se llevó a cabo con una calma y una eficacia extraordinarias. No hubo pánico en absoluto"
Solo Bartlett permanecía en el barco. En un arrebato romántico, el capitán envió al resto de la tripulación a los refugios, mientras él bajaba a su camarote. "Entonces, de repente, tuve la sensación de que quería estar a solas con el viejo barco durante sus últimas horas. Entré en la cabina y me senté a pensar en todo lo que había pasado. Teníamos un fonógrafo y unos ciento cincuenta discos. Con el crujido de las maderas y el correr de las aguas rodeándome, hice sonar una tras otra aquellas melodías. Cuando acababa un disco, lo arrojaba a la estufa. Comí cuando tuve hambre y bebí café, mucho café. Al llegar a la Marcha fúnebre de Chopin, la aparté a un lado. Sabía que pronto necesitaría ese disco". La calma de Bartlett ante lo que parecía un inminente desastre tenía un motivo: tampoco era su primer naufragio.
Mientras las notas de la victrola sonaban en las bodegas encharcadas, el capitán recordó el otoño de 1893 a bordo del Corisande, una goleta de pabellón británico que se movía ligera por las bravas aguas de Terranova. Por aquel entonces tenía dieciocho años y era lo bastante bueno para navegar con el cúter de su padre. No se lo pensó demasiado para enrolarse y su único pesar fue despedirse de su madre en el puerto de Brigus. Pasó cinco años en aquel navío bajo las órdenes del capitán Hughes aprendiendo, a veces por las malas, que manejar la pequeña barca familiar y zarpar en un gran carguero comercial eran asuntos completamente distintos. Así llegó la terrible noche del 17 de enero de 1898. El Corisande se acercó demasiado a la costa de Cape Race en Terranova y las rocas lo desgarraron. En aquella ocasión todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. "Me quedé mirando hacia abajo, a un mar espantoso y espumoso, hirviendo como una olla gigantesca. En el centro estaba el Corisande. Sus mástiles habían desaparecido; solo una maraña de vergas y aparejos colgaba sobre la amura de babor. Su casco se había roto por la mitad. Mientras miraba, la caseta de popa cayó por la borda. Luego, toda la popa se giró y se elevó sobre los restos de proa. Sentí náuseas al verlo. Cerré los ojos. Cuando los abrí de nuevo, el Corisande había desaparecido. Ese fue mi primer naufragio".
La marea empujó a unos pocos afortunados hasta las rocas y allí, acurrucados en una grieta, se refugiaron durante horas. El joven Bartlett intuyó que había llegado su hora, pensó que moriría ahogado entre las olas que crecían por sus rodillas o congelado por el viento que azotaba desde los acantilados. Afortunadamente uno de sus compañeros sabía cómo escapar de aquella ratonera y los condujo hasta una cabaña de pescadores no muy lejos de allí. Escalaron el vertiginoso despeñadero en el que se habían agazapado y, finalmente, consiguieron llegar a la cima. Fue un naufragio muy diferente, comparado con esta lenta y hasta apacible despedida del Karluk, pensó Bartlett mientras arrojaba al fuego otro disco de laca. Pasaban las horas y el desvencijado bergantín aún se mantenía a flote. Algunos miembros de la tripulación se acercaron al barco para visitar al capitán, que seguía dentro. En la tarde del 13 de enero, Fred Maurer bajó hasta las bodegas preocupado por Nigeraurak, aquella dichosa gata había desaparecido y, desde la evacuación, nadie sabía dónde estaba. El fogonero le tenía un cariño especial y revolvió todas las cubiertas inferiores hasta asegurarse de que no estaba en el barco. A las pocas horas apareció junto a la estufa de uno de los cobertizos.
Otra incursión que se llevó a cabo antes del hundimiento fue un detalle más simbólico que útil. El mástil estaba desnudo y Bartlett no lo veía apropiado. "El barco debería hundirse con su bandera", refunfuñó el capitán. En plena oscuridad y con el viento arreciando, el segundo oficial Charles Barker se encaramó con agilidad e izó la enseña canadiense. Munro comprobó la sala de máquinas por última vez, el agua alcanzaba ya los tres metros de altura y estaba a punto de tocar el techo. Había llegado el momento. No había orquesta tocando en cubierta como en el Titanic, pero aquel naufragio también tendría su propia banda sonora. En el último suspiro, Bartlett cogió el disco que había reservado y encendió la victrola. "Puse la Marcha fúnebre en el gramófono y, mientras el agua goteaba por la cubierta superior salpicando en la escotilla, me marché hacia arriba. Me di la vuelta y lo miré mientras se hundía por la proa en treinta y ocho brazas de agua. Podía oír la música, abajo en la cabina, emitiendo los acordes de la Marcha fúnebre. Me eché hacia atrás la capucha, descubrí mi cabeza y dije: "Adiós, Karluk"».
El Karluk no se rendía fácilmente y todavía guardaba fuerzas para levantar orgulloso la popa, como el soldado que mira al pelotón de fusilamiento
Pero en esta expedición nada parecía salir como estaba previsto. Cuando todos esperaban que el negro océano se tragara lo que quedaba a la vista, aquel terco y descacharrado barco aguantó. Las bodegas y todas las cabinas estaban llenas de agua y solo el hielo impedía que se hundiera. El Karluk no se rendía fácilmente y todavía guardaba fuerzas para levantar orgulloso la popa, como el soldado que mira directamente al pelotón de fusilamiento. Eran las dos de la madrugada del 14 de enero de 1914 y, cansados de esperar, algunos se fueron a dormir sin saber si, al despertar, aquel amasijo de madera, hierro y cuerdas seguiría allí. No resistió mucho más. Sobre las tres y cuarto, alguien gritó: "¡Se va! ¡Se va!". El bauprés, con un chirriante sonido, chocaba con el hielo mientras el mástil de proa se sumergía lentamente hasta la cofa. La presión de la banquisa le dio un último empujón y el Karluk se deslizó hacia las profundidades, desapareciendo con la triste dignidad de su bandera ondeando hasta el último suspiro. El Karluk se había ido para siempre. Sin nada que hiciera eco en kilómetros a la redonda, aquella estremecedora mezcla de crujidos y compases solemnes se extendía, funesta, hasta perderse en el infinito blanco del Ártico. Al final, como en tantas otras expediciones, llegaron el silencio, la soledad, la pesada sensación de estar perdidos. Allí donde estaba el barco tan solo quedaba un agujero de agua gélida que, en unas horas, se terminaría cerrando. En un truco imposible para cualquier mago, el océano había hecho desaparecer todo un barco en un abrir y cerrar de ojos. El frío volvió a congelar el hueco donde antes se encontraba su refugio y la expedición se encontró aislada de la civilización, rodeada de un interminable manto de nieve y niebla.
Encaramados en un témpano helado en mitad del océano Ártico, veintidós hombres, una mujer, dos niñas, dieciocho perros y un gato. Su posición, en la última lectura que Malloch tomó tres días antes, era latitud 72° 12′ 48′′ N, longitud 174° 59′ 15′′ O. El capitán Bartlett, profundamente conmovido, permaneció en pie todo el tiempo y, cuando el último centímetro del Karluk se había hundido, se retiró a descansar. Llevaba treinta y seis horas sin dormir.
Han pasado